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CUATRO. NUM, 4 5o. CRÓNICA U N I V E R SAL ILUSTRADA. f MADRID, 6 DE ABRIL DE 1906. NÚMERO SUELTO, 5 CÉNTIMOS número de mariscales como él los lla- cierto fue muy comentado y criticado. maba, con los de los Imperios más pode- Pero caer al agua, sólo cayó una música. rosos; hallaba que nuestra nación sola te- Vamos, el segundo naufragio musical de nía tantos como la mayor parte de dichos la semana: el primero fue el del concierImperios junios, y deducía las consecuen- to Leoncavallo en el Real. cias, que el lector puede suponer. Todo La gacetilla judicial se nutrió con vaello se tuvo presente, cuando se hizo la rios informes: el del robo al duque de ley constitutiva del Ejército; á pesar de Prim, que con el de que ha sido víctima lo cual ha habido tendencia, en Jas amor- la condesa de Pino Hermoso son dos; la tizaciones, á no cortar de raíz el abuso, y detención de nuevos socios estafadores sin la abnegación del general Azcárraga, de extranjeros, la detención de una ratehasta hoy no se habría llegado al número ra de conventos, etc. de cuatro capitanes generales. Por la tarde, función de los alumnos de Mas, si la vacante del general Blanco declamación del Conservatorio en el Esno se amortiza, sino que en este caso y pañol. en cuantos análogamente ocurran se ha Por la noche, función en Lara en honor de tomar como norma que haya cuatro de la Reina madrileña y de sus damas de capitanes generales ¿qué quedará enton- honor en la Mi- Caréme de París. Fiesta ces para premiar servicios positivos é in- brillante, de la que fueron heroínas las discutibles de un teniente general, á quien tres lindas madrileñitas, recogiendo una la Patria llegue á estar gloriosamente buena cosecha de flores sin traducción, obligada? en español neto, que son las que más las ¡Que coexistan, como en el período agradan. citado, cinco, seis ú ocho capitanes geneY en la Princesa estreno de Trivolidad, rales, para que la Prensa extranjera nos que produjo en el auditorio... una friponga otra vez en solfa! volidad de regocijo. MANUEL TROYANO AEMECE CRÓNICA POLÍTICA NUMERO DE CAPÍ- ConsolaEL TANES GENERALES dora expresión de sentimiento nacional ha sido la ocasionada por la muerte del general Blanco. En su fondo había una justa estimación de las virtudes cívicas de un hombre, sobre quien gravitaron con mayor pesadumbre las desventuras de nuestro desastre en Cuba, y que supo soportarlas con superior dignidad. Mas, hay una disonancia en el duelo, sobre la cual conviene decir algunas palabras. Aún estaba de cuerpo presente el marqués de Peña- Plata, y ya se discutía sobre el teniente general que habría de cubrir la vacante, que en la más alta jerarquía militar deja aquél. Pero ¿queda, en efecto, tal vacante? Ahí empieza la cuestión. La ley constitutiva del Ejército fija en cuatro el número de capitanes generales. Entiende la inmensa mayoría de la gente que tal fijación corresponde á un límite máximo no una necesidad perenne del organismo armado. No es un cargo; es una dignidad, que coloca al nivel de los príncipes á quienes la poseen y debe representar servicios extraordinarios prestados con éxitos gloriosos á la nación. Esta la tiene por ello en elevadísima consideración y estima. Así la concesión del tercer entorchado se ha mirado siempre, no como un acto corriente de Gobierno, sino como un hecho trascendental. Quizá por no tomar esto debidamente en cuenta, no se aquilató, en algún período, semejante hecho cuanto era debido. Todo ello no cedía en prestigio de nuestro Ejército ante los extraños. Recuerdo haber leído allá por el año de 1877 un artículo de cierto periódico francés poco afecto á la Restauración, pero muy buscado allá entre los militares, donde se hacía un examen nada benévolo de la organización del Ejército español. Al tratar del Estado Mayor general, se extendía en comparaciones numéricas con os de las grandes Potencias europeas, y una de las cosas que satirizaba más era Ja abundancia de capitanes generales. Citaba en primer lugar al Rey D. Alfonso XII, á su padre D. Francisco de Asís y á su tío el duque de Montpensier, aunque tenía la bondad de advertir que estos últimos eran honorarios; luego, al duque de la Victoria que murió poco después; al duque de la Torre, al conde de Cheste, al marqués de la Habana, al general Zabala, á Martínez Campos y á Quesos; cit í? también á D. Ramón Cabrera, y, suponiéndole ya nombrado ó á punto de ser ascendido, á D. Joaqu n jovellar. Comparaba á seguida este formidable MADRID AL DÍA on el intervalo de unas cuantas horas de la mañana, la lluvia fue todo el día con Madrid. El campo lo agradeció y la villa lo gruñó no poco. La formación militar y el entierro del general Blanco tuvieron lo suyo esto es, público numeroso que no deja de asistir á un desfile de tropas aunque caigan capuchinos de bronce. El jefe del Gobierno marchó á Cádiz para recibir al Rey de vuelta de las islas Canarias. A despedir á D. Segismundo fueron á la estación muchísimos amigos suyos; que no hay como ser presidente del Consejo para tener muchos devotos. Sobre todo cuando se habla de probable y próxima disolución de Cortes. Los maestros canteros andan soliviantados con eso de los nuevos arbitrios municipales. No se resignan á pagar 15 pesetas por metro cúbico de piedra para construcción ni á sacar de las estaciones los bloques en ellas recibidos, y fueron á ver al gobernador para decirle que si no desface ese entuerto, no tiene corazón ó será de bronce ó oiedra, de la que tanto tributo paga. Se reunió la Asamblea de alcoholeros para protestar contra la ley de 1904, que consideran mala, tan mala ó peor que los alcoholes que nos suministran algunos estimables industriales. Produjo alarma el rumor de que el Rey se había caído al agua en Canarias al efectuar un desembarco; pero por fortuna, no se confirmó la noticia. El desembarco peligroso sí fue un hecho, y de él da cuenta un telegrama oficial, que por NOTAS TEATRALES T- I N A DI LORENZO. De la inolvidable expedición que, á cariñosas solicitudes de los periodistas italianos, hicimos á Italia algunos colegas madrileños y barceloneses, conservo, entre otras gratísimas impresiones, la de nuestra visita á Tina di Lorenzo, que con su compañía, y en función de homenaje á la Prensa española, interpretó Adriana Lecovreur en d teatro Arena Nazionale, de Florencia. La arrogante y esbelta figura de la actriz italiana, su majestad de mujer hermosa, la voz de matices dulces y sedosos en las mimosidades femeninas, llena y pastosa, con vibrantes acentos cuando la altivez sacudía sus nervios, nos sedujo desde las primeras escenas, y en el segundo entreacto, el imborrable Luis Taboada, Luis Moróte y yo, fuimos á su camerino para felicitarla. Con un gracioso gesto dio las gracias y bien pronto nos hicimos amigos, cambiando impresiones sobre nuestro arte y nuestro público, al que deseaba conocer vivamente. Terminado el espectáculo, Tina asistió á la fiesta que la Sociedad de periodistas había organizado con carácter íntimo, en obsequio de los camaradas españoles. ¡Todavía recordará Moróte el éxito que tuvimos cuando, á instancias de Tina, cantamos canciones españolas que deseaba conocer! Y aun creo que nos bailamos lo nuestro, dándonos dos pataditas con cierta gracial Han volado diez años. En aquel tiempo, Tin era una risueña esperanza del arte escénico; hoy es una de las actrices más eminentes de la dramática italiana. Las actrices bellas y célebres como Tina, son hoy las reinas de nuestra época de democracia, se ciñen las coronas reales y arrastran el manto de púrpura. El pueblo las adora y las admira, se interesa en sus dolores y es feliz con sus alegrías. Tina di Lorenzo, casada con Armando Falconi, un notable comediante, es no sólo la ac- Wt lñWLMJ rsmüL.