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ABC- JUEVES 5 DE ABRIL DE! 9 o6. PAG. 14 EDJC 1O N 1. TSeconocimiento facultativo. Reconocido por los médicos el minero Berton, han declarado aquéllos que su estado es relativamente bueno. Según é ¡ha declarado, tuvo que sufrir menos que los otros supervivientes durante los veinticuatro días que ha permanecido en las entrañas de la tierra, pues pudo alimentarse con las provisiones que encontró en los saquitos de los muchos que perecieron en los primeros momentos. Berton ha manifestado que tiene la completa seguridad que en el fondo de la mina era el único superviviente. Después de los últimos trabajos se- ha perdido la esperanza de encontrar más supervivientes. 1 mpresión en el público. La noticia del salvamento de Berton se ha extendido rápidamente en toda la cuenca minera, causando extraordinaria emoción. Una imponente muchedumbre se agolpa á la entrada del coto minero. Los dragones á duras penas pueden impedir que se precipiten las turbas en el recinto de las minas. El ingeniero del Estado, Mr. León, que ha llegado con objeto de dirigir los trabajos de salvamento, al entrar en las minas fue rodeado por la muchedumbre enfurecida; una mujer le golpeó. La exaltación es horrible. Se teme aue surjan graves incidentes. Los médicos hacen frecuentes visitas al interior de las minas provistos de globos de oxígeno, pues según rumores, y á pesar de negarlo Berton, se cree que aún quedan más supervivientes. Todas las entradas de la mina están guardadas por centinelas. En la escalera de hierro que conduce á la bajada principal hay más de 200 personas, mujeres en su mayoría, que acusan á los ingenieros Lavauss, Domaisony otros por haber causado la muerte de sus maridos i hijos. Uno de los mineros dijo a un periodista, a El ingeniero Levauss ha matado ¡mi hijo, yo le mataré á él y quedaremos pagados. JÍ ás detalles. Cuando los salvadores encl. ttraron i Berton, éste exclamó: Estoy aquí desde el día de la explosión. Al ser conducido á ia enfermería, encargó que avisaran á su mujer; pero que la preparasen antes. En aquel momento ¡legaba el capataz Payen, y Berton le dijo: Diga á mi familia que acaoo ae subir; deben creerme muerto, porque el día de la explosión, cuando treinta camaradas y yo corría mos en busca de la salida, caí al suelo y dije á mi primo que me dejara morir en aquel lugar. Los médicos le apreciaron 56 pulsaciones y 36 grados de temperatura. Las heridas de la cabeza y las de las piernas son poco profundas; la de la mano fue produ cida por la mordedura de una rata, pues raien tras dormía, las ratas acudían á comerle sus provisiones. Al ir á curarle dichas heridas, exclamó: No se moleste usted, doctor, ellas se curarán solas debajo de la costra del carbón Por fin accedió á dejarse curar, y hallando se en esta operación, entró su esposa en la enfermería. La infeliz mujer, que vestía de luto, se abrazó á su marido, llorando amargamente. La escena que entre ambos se desarrolló fue conmovedora en extremo y produjo enorme impresión en el ánimo de cuantos la presenciaron. A 1 subirle fue preciso taparle la cara para evitiu lo accioii de ¡a luz, que le producía do 3o rosa impresión. Inmediatamente se le prestaron por el médico de la Compañía los primeros Mixilios, siendo trasladado á la enfermería. Berton tiene las piernas completamente acriOilladas de heridas; pero son poco profundas, Explicando su estancia en la mina, dice que sólo pudo dormir unas diez veces durante los veinticuatro días de su encerramiento, agobiado por la inmensa fatiga que le producía su peregrinación por las galerías derruidas de la mina en busca de un agujero que le devolviera á la vida. Los primeros días se alimentaba con el café f aguardiente que encontraba en las vasijas. Bien pronto, la elevada temperatura que allí reinaba produjo la descomposición de los cadáveres, llegando á ser irresoirable la infecta mósfera. En un momento de desesperación, creyendo que le sería imposible encontrar salida Berton se puso á buscar un hacha con objeto de cortarse la mano y apresurar su muerte. En el momento de la explosión cayó perdiendo el sentido. Cuando despertó estaba solo en medio de la obscuridad más completa; sintió fuertes dolores en la cabeza y terribles náuseas, que le obligaron á vomitar. Sintiéndose muy débil, se echó en uno de los carros portadores de carbón, donde quedó profundamente dormido. Al despertar, empezó á errar á la ventura por las galerías de aquel sepulcro hutiano. Había perdido la noción del tiempo, A tientas, en la obscuridad más absoluta, descendió por una galería transversal á la vena Josefina, donde encontró algunas provisiones, tomando además los vestidos y el calzado de algunos muertos para preservarse del frío.