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Pedidlo hoy mismo Al hombre deseoso de recobrar sn juventud, que quiera sentirse como en los dias en que brotaba su virilidad, ofrezco un libro que le enseñará el camino á la felicidad, un libro que le ilustrará y le animará á entender las causas de sus padecimientos y el modo de curarlos, un libro que le enseñará los escollos y le guiará para huir do ellos, para llegar salvo á on porvenir de salud y felicidad. Es un libro hermosamente ilustrado. Dice al lector doliente cómo han sufrido y cómo han curado otros hombres. E s t e l i b r o n a d a c u e s t a Le enviaré f r a n q u e a d o á cuantos lo pidan, refiriéndose i. este anuncio. reedifica á los hombres deeaíÍDs, restaura la juventud y la humanidad, haciendo al hombre parecer y sentirse fuerte. Esce Aparato, e! mejor que ha existido, cura toda clase de reúma, debilidad nerviosa, padecimientos del Estómago, Riñónos, Hígado, Dolores do la espalda, la Ciática, Vaneocele, las pérdidas vitales y todas clases de debilidad, tanto en hombres oorao CH mujeres. Este VIG 0 R 1 ZAD 0 R no fracasa, no puede fracasar su tratamiento; infunde en todas las partes debilitadas del cuerpo Fuerza, Potencia y Vida. EL 1 G 0 RIZAD 0 R ELÉCTRICO DEL Dr. IcLanÉIia LEED LA OPINIÓN DEL PÚBLICO Nervios, Vahídos, dispepsia atónica, pérdidas seminales Alicante. Sr. Dr. MeLaughlin. -Madrid Muy señor mío y dc mi más alta oasiderseiÓH: Sólo agradecimient puedo manifestar á usted, y eon el alma le quedo reconocido, y lo estaré siempre. Su Aparato estoy seguro quo ha sido mi verdadero médico, mi salvador, y le repito que no encuentro frases bastantes para demostrarle migratitud. Puede siempre disponer desa atento seguro servidor, q. s. m. b. E. Francisco Selles. Su casa, Plaza do San Francisco, núm. 21. T e n e m o s n i n c h o s t e s t i m o n i o s c o m o e l a n t e r i o r d o p e r s o n a s m u y aoxtocidas EL YÍG (MAÍ) OR ELÉCTRICO del Dr. MGLAÜGÍILIN es indiscutiblsmeots el mejor qu existe koj sobra la Tierra -f nf I J CIUFOS a la persoaa qü aos iemuestr qse alguno do los jj I ó n o s e s c r i b a lo ragalaremos na hermoso Liiro ilustrado eoa SS páginas, A lOuO 61 QU 6 DOS YlSllC P r e l 1 e podrán enterarse do la naturaleza do EKJ padecimientos y ol proeo 3 dimiento qno deben emplear para resobrar 1 saUtl. O. UUU testimonios quo psblicamosao es roal y efactiv CALLE DE SEVILLA, 16, eníl. 0 MADRID HORAS: De nueve mañana á ocho noche 02 BIBLIOTECA DB A B C RAMUNCHO 83 rsta casa, que era la de sus difuntos padres, dedicando á ello parte de la suma que le entregara el extranjero al nacer su hijo. El resto del capital Jo tenía convenientemente colocado; además, trabajaba en hacjr vestidos c repasando rcpa blanca de algunos vecinos de Etchezar, y tenía alquilados, á colonos de una tierra próxima, dos cuartos bajos con la cuadra, en la que metían sus vacas y sus ovejas. A Ramuncho mecíanle en su cama diferentes y deli ciosas musiteces: el ruido constante de un torrente muy cercano, algunas veces el cantar de los ruiseñores, y casi siempre las alboradas de los pájaros. En primavera, sobre todo, las vacas, sus vecinas de abajo, excitadas sia duda por el olor del heno fresco, movíanse durante la noche toda, agitábanse sin cesar en medio de su sueño y tintineaban continuamente sus cencerros y campanillas. Muchas veces, después de una larga expedición nocturna, echaba e 1 muchacho! a siesta, con sueño profundo, tendido á la sombra, en algún rincón de musgo ó sobre la hierba. Como los demás contrabandistas, tampoco era muy madrugador Ramuncho, comparándolo, sobre todo, con otros jóvenes de la aldea. N o pocas veces se despertaba después de levantarse el sol en el horizonte, cuando ya por entre las mal juntas tablas del suelo pintábanse rayos de luz, vida y alegría que surgían del establo, cuya puerta quedaba siempre ancha, completamente abierta, después de salir el ganado á pastar al monte. Entonces iba á la ventana, empujaba la antigua puerta de cs- staño macizo pintado de verde, y de codos en el alféizar miraba el correr de las nubes ó el brillar del sol de la mañana naciente. Y cuanto veía allá, en los alrededores de su casa, era verde, verde, esplendorosamente verde, como lo son en primavera todos los rinconcilios de este país de sombra y de lluvia. Los heléchos, que toman en otoño un color calient? que tiende al rojo, estaban ahora, en Abiil, en el brillar arrogante de su más verde frescor, y cubrían las laderas de las montañas como inmensas alfombras de rizada lana, en que las flores de digital eran como manchas rosáceas. Abajo, en una hoyada, el torrente rugía bajo las ramas. En lo alto, grupos de hayas y de encinas se agarraban á las pendientes, alternando con las praderas, y por encima de este tranquilo edén, hacia el cielo, elevábase la grandiosa cresta desnuda de la Gizune, la soberana de la región de las nubes. Distinguíase también desde la ventana, un poco más atrás que ese paisaje, la iglesia y las casas: Etchezar, solitario y alto, encaramado sob e uno de los contrafuertes pirenaicos, lejos de todo, lejos de las vías férreas que han surcado y roto la parte