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Y Madalén le había impuesto la p e nitencia que ífhora iba á cumplir. -Varaos, Ramuncho- -le advirtió ella alejándose; no omitas nada de lo que decir debes. Y le dejó soló delante de la Santa F a z cuando comenzaba á murmurar las letanías en voz baja, mientras q u e Madalén se acercaba á la vieja para ayudarle á cambiar el agua de las margaritas blancas q u e había en el altar d e la V i r g e n C u a n d o llegó la noche, lánguida y perezosa, estando Madalén envuelta e n t r e sombras, en su banco de piedra, soñando Dios sabe q u é una forma humana surgió d e repente á su lado; alguno que se había acercado con alpargatas, sin hacer más r u i d o que el de desplegarse d e seda de los buhos al volar p o r el aire. Venía el intruso del fondo del jardín, sin duda adonde había entrado p o r medio de alguna escala, y estaba allí, recto y erguid o con la chaqueta al h o m b r o era aquel á quien dedicaba la joven todas las ternuras, al que encarnaba el ardiente sueño de su corazón y de sus sentidos... Ramunchol- -dijo ella. ¡Me has asustadol... ¿A qué has salido á estas horas? ¿Qué quieres? ¿P o r q u e has i venido? ¿P o r qué he venido? Para imponerte una peniten. cia; que ahora me toca á mí- -dijo él riéndose. -N o dime la verdad: ¿qué vienes á h? cer aquil ¡A verte solamente! Mira lo que vengo á hacer! ¿Quieres que no nos veamos nunca? T u madre me aleja de ti más cada día... Y después de todo, no hacemos ningún mal; ¿no vamos á casarnos, verdad que sí? Y ya lo ves; si lo desean, vendré todas las noches sin q u e se entere nadie... -O h no, no vuelvas a hacerlo, te lo suplico... Y hablaron un instante bajo, muy bajo, más callando bra, bajo este clima tibio, envuelto tan frecuentemente Cii nubes. P o r detrás, un huerto mal cerrado daba á un camino solitario, muy á propósito para pasco de novios y aventuras amorosas. ¡Qué radiantes de luz las maiíanas de aquella prima vera y cómo se desplegó en sus tardes tranquilas el coloi de rosa... Después de una semana de luna llena, alumbrando los campos hasta el amanecer, con rayos azules y de plata, días en que la gente de Jtchúa no trabajaba- -pues tan g r a n d e era la claridad d e la noche y tanto se iluminaban con cristalinos resplandores los valles brumosos de loí Pirineos y de E s p a ñ a -v o l v i ó á tener atractivos el fraude en la frontera, é hízose más sugestiva la empresa d e realizarlo cuando el corvo menguante esparció una luz pálida y como de alborada. Al volver el buen tiempo ahora, tenia no pocos encantos el contrabandear en U frontera, oficio de soledad y de meditación; parecía q u e cuantos lo ejercían aumentaban el vigor de sus pechos, esforzados en la contemplación del cíelo y de la tinieblas puntuadas p o r las estrellas de o r o algo de lo que sucede á los marineros que velan la marcha de lo buques en medio de la noche, y de lo que ocurría en otro tiempo á los pastores de la antigua Caldea. También era favorable este tiempo para los enamora dos; los días siguientes á la luna llena de M a r z o mostrábanse con sus noches obscuras, en que todo era negro en torno de las casas, negro en los caminos abovedados de árboles, y negrísimo detrás de la huerta de los Detcharry, en aquel sendero abandonado p o r donde nunca pas ba nadie. Madalén gastaba estar en el banco de delante de sft pui rta, y cada tarde permanecía más en él. Es que se sentaba, como todos los años, para recibit á las comparsas del Carnaval y mirar los grupos de j ó