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A. B C. VIERNES s 3 DE MARZO DE IQO 6. PAG. 8. EDICIÓN i. Acif ilí reoión andaluza es ia segunda patria dé nuestra alma; amamos aquel Cádiz Un iigno de ser amado y protegido, y a! saber que también alia se destruyen ¡as inútiles rauiaüas, con gran entusiasmo popular, nos regocijamos íntimamente, esperando que la regeneración de ese pueblo está próxima y será fecunda en bienes para España. Pero no basta derribar, es preciso construir inmediatamente, transformando! as ruinas en firmes y modernos baluartes de la civilización y del progreso. De poco servirá desbaratarle! pétreo cinturón que oprime una ciudad y ía impide respirar, si no se desvanecen ¡as invisibles ataduras que en lo moral la asfixian lenta m ente. Por esta causa, en la renovación incesante de la sociedad española contemporánea, se impone la necesidad de acabar para siempre con las rutinas, con los vicios familiares, no por ocultos menos graves, transformando la vida del o que andan por esos mundos con el corazón y el cerebro vacíos, una profunda y redentora piedad. MANUEL DE TOLOSA LATOUR tras flaquezas cor los prestigios de la mcna: quia! Se levanta la sesión! dijo e) señur IMPRESIONES PARLAMENTARIAS I A SUGESTIÓN D E UN Todavía esta ENTORCHADO mos sumidos en una profunda estupefacción. ¿Qué quería el Sr. Moret? í, nos preguntábamos llenos de asombro al tener noticia de la insólita reapertura de la Cámara. ¿Para qué se celebrará esta sesión? nos decíamos unos á otros todos los parlamentarios. ¿Qué será lo que va á hacer en el Parlamento el señor presidente del Consejo? tornábamos á interrogarnos. Y todos andábamos perplejos, desorientados, absortos, por los teatros, por los cafés, por las tertulias, esperando que llegara el momento de salir de estas perplejidades y de estos enigmas. Y cuando ayer se acercaba la hora de la sesión, todos nos íbamos encaminando hacia la Cámara popular. Los pasillos se llenaron de representantes del país; discutíamos todos sobre lo que iba á suceder en el salón. ¿Usted sabe algo á punto fijo? se preguntaba. Nada- -se contestaba; -es posible que Moret quiera explicar la crisis. Yo creo que la sesión se celebrará para aprobar el catastro observaba un tercero. Tal vez sea eso también contestaba otro señor... Y en esto comenzaron á sonar los timbres; eran las tres y veinte. Aparecimos por la tribuna y vimos al señor presidente de la Cámara ya en su sitial; en el banco azul se hallaba también sentado el Sr. Moret; vestía el Sr. M o ret de uniforme lleno de dorados bordados; una banda azul atravesaba su pecho; en sus labios vagaba una dulce sonrisa. ¡Ábrese la sesión! gritó el Sr. Canalejas; comenzó á leer el acta de la anterior el Sr. Garnica y apenas había pronunciado unas palabras cuando se oyó una voz ibrante que gritaba: ¡Pido la palabra sobre el acta! El rebullicio que atronaba el salón se calmó un poco ante esta demanda; acabó de leer el acta el Sr. Garnica y se puso en pie el Sr. Süvela. Se hizo un profundo silencio. En el acta que se acaba de leer- -dijo el Sr. Silvela- -consta una declaración del señor presidente del Consejo de ministros referente á que el Gobierno se encontraba en crisis, y siendo así, yo entiendo que tales manifestaciones deben aclararse, puesto que es cuestión de dignidad y de honor el explicar esta crisis No pudo el Sr. Silvela decir más: un fuerte campanillazo cortó su palabra. ¡La manifestación del Sr. Silvela sobre el acta- -gritó el señor Canalejas- -está ya hecha y no es posible añadir más! No dijo otra cosa el señor presidente de la Cámara; inmediatamente se levantaron en el salón unos clamorosos murmullos. ¡Pido la palabra! exclamó el Sr. Moret poniéndose en pie con un papel en la mano. El señor presidente del Consejo tiene la palabra dijo el Sr. Canalejas. Salió el Sr. Moret del banco azul y se dirigió á la tribuna: pocos pasos eran menester para llegar á ella, pero vimos en el gesto y en los movimientos del señor presidente del Consejo, durante este fugaz paseo, una viva contrariedad y una profunda tristeza. Los rumores y las protestas de los señores diputados habían subido de punto al ver salir del banco azul al Sr, Moret; casi no se creía lo que se estaba presenciando. Y el señor Moret, con sus bordados, con su banda, iba leyendo y leyendo con voz suave y melancólica en medio del formidable estrépito de voces y protestas. Cuando acabó su lectura, las voces redoblaron. ¡Esto es un insulto al Parbmento! se oyó gritar. ffjEsto es intolerable! decía otra exaltada voz. Y el Sr. Silvela voceaba con palabras ardientes: ¿Remediáis, vues- hogar, que es, en muchos casos, malsana, irregular, patológica. Digámoslo muy alto, ya que otros no han querido decirlo: es urgente derribar casas como la Casa de García, que los. hermanos Quintero han presentado en el teatro, echando abajo toda una medianería y exhibiendo las miserias morales de unos seres sin sentido moral, abúlicos, degenerados. No será teatral ni bonito el cuadro; pero es verdadero, es real, y no comprendo bien por qué han de rechazarse esas fealdades psíquicas, extasiándonos en cambio, ante un actor italiano que finge morir envenenado por estrignina. Declaro que esas agonías no son ni serán para mí, jamás, motivo de emoción eslética. En cambio tiene una importancia ética de primer orden contemplar cómo se descompone una familia por falta de amor y educación. Esos jóvenes indolentes, lascivos, perezosos, coquetuelos, ignorantes y vanidosos que no viven más que para satisfacer sus caprichos, an siosos de goces, faltos de sensibilidad, egoístas, tiranuelos, sin perjuicio de humillarse ante el fuerte, existen en número inconcebible. Hay, de otra parte, padres aún más odiosos que fomentan directa ó indirectamente las malas pasiones de sus hijo dando rienda suelta á las propias. ía Casa de García es un reducido estuche de falsas alhajas; pero confesemos que en lujosos escaparates, y á toda luz, vemos á centenares otras tan despreciables como aquéllas. Venga, pues, cuanto antes la piqueta demoledora que derribe manzanas enteras, que en este caso, además de ser de la discordia, están podridas; pero pongamos de otra parte todos nuestros anhelos en contribuir á formar nuevos hogares. Y para ello nada mejor que instruir á la mujer. La mujer instruida tiene elementos de positiva- defensa social; no necesita dedicarse á la busca y captura del marido rico y complaciente; podrá elegir compañero, y, sobre todo, sabrá educar á sus hijos para hacerlos dianos v honrados. No hace muchos días que una Junta de señoras distinguidas é inteligentes ha inaugurado las tareas de una Escuela de madres de familia. Es de esperar que las enseñanzas de ese centro de cultura serán aprovechadas por las mujeres madrileñas. Porque es curioso que á toda hora se diga á las jóvenes que su misión estriba, en regir la casa y cuidar de. los niños, y nadie se ocupe ni preocupe en proporcionarles medios de instruirse convenientemente para realizar estos fines. No culpemos á los hombres de todo el mal que efectúan en la sociedad, cuando no son honrados ó virtuosos; pensemos en las madres que debieron formarles el corazón y no lo hicieron. El que tuvo á su lado una madre honrada y buena, buscará por el mundo compañera Q te se le asemeje, sabrá amarla, y sentirá por ÍJU hacia íüs desventurados y las desgraciadas presidente dando un fuerte campanillazo. Y en! os escaños vimos iracundos, exaltados, lanzar apostrofes á los señores ministeriales. Se dirigían unos a! señor conde de Romanones; replicaba el señor conde á los villaverdistos diciéndoles que ellos que habían tenido cerradas seis meses las Cortes no eran los llamados á protestar; voceaba indignado el Sr. Groizard diciendo que no había derecho á hacer esto con una mayoría que durante tres meses híbía sido modelo de lealtad y de disciplina gritaba el señor barón del Sacro Lirio que en. vez de congregar las Cortes para leer el decreto, bien hubiera podido publicarse en la Gacela... t Nosotros abandonamos ¡a tribuna y bajamos á los pasillos. En un grupo el Sr. García Alix, el Sr. Celleruelo y el señor marqués de la Vega de Atmijo comentaban lo sucedido. ¡Y lo peor es- -gritaba el Sr. García A ix- -que un presidente de la historia de Canalejas se haga cómplice de esta burla! Apenas acababa de pronunciar estas palabras el Sr. García Alix, cuando salió del salón de sesiones el señor ministro de la Gobernación; salía el señor conde precipitadamente y riendo á carcajadas. r ¡Ahí están exaltados esos gritó, y desapareció por el salón de Conferencias. Dimos una vuelta por el pasillo; todos hacían á voces sus reflexiones sobre lo ocurrido. Vea usted- -nos dijo el Sr. Aparicio- -sí encuentra un ministerial piadoso con el jefe Eran, c: i efecto, ¡os ministeriales los más indignados. Esto- -oíamos decir al Sr. ViHanueva- -es una cuestión de dignidad. Es el final del segundo acto nos confesaba sonriendo el señor Merino, Género grotesco añadía el señor Aura Boronat. Y el Sr. Alonso Castrillo nos contaba que en cierta ocasión queriendo el señor Sagasta leer el decreto de suspensión y habiendo pedido el Sr. Alvarez la palabra al ir á leerlo, tuvo Sagasta tres días la casaca en el despacho de ministros esperando á que ¡a discusión terminase No era preciso recoger más opiniones; era media tarde y nos parecía conveniente- dar un paseo. Un buen amigo, candidato á una cartera en la pasada crisis, nos ha brindado con su coche y nos hemos dirigido al Retiro. Paseamos plácidamente por la ancha alameda, cuando nuestro amigo nos ha dicho: -Querido Azorín, ¿usted no se ha fijado en el uniforme de Moret? -Sí, sí- -hemos contestado; -es un uniforme maravilloso. ¿Y no ha visto usted nada en la bocamanga? -ha totnado á preguntarnos nuestro amigo. Nos hemos quedado un tanto perplejos. -En la bocamanga- -hemos d i c h o dc pués hemos visto unos entorchados. ¿Cuántos? -ha preguntado de nuevo nuestro amigo. -Dos- -hemos replicado firmemente. ¡No; t es! -ha replicado también él. Y como nosotros manifestáramos nuestra sorpresa, puesto que en España siempre los ministros han llevado dos entorchados, nuestro acompañante nos ha referido la breve y amena historia de este nuevo entorchado. En efecto, en nuestro país nunca los consejeros de la Corona han usado en las mangas de sus uniforme- más de dos entorchados; esto, sin embaroo, no le pareció bien a! Sr. Cánovas. El Sr. Cánovas, como es natura no podía ¡levar ur; uniforme igual al que llevaba el Sr. Castdbno, ó el Sr. sasa, ú otro cualquier señor de los que el hacía ministros. El Sr. Cánovas decidió un día añadir un nuevo entorchado ¿los dos usuales; para esto, dictó una Rea! orden, y esu Rea! orden hubiese sido llevada á la práctica Ja muerte no se hubiera atravesado en el camino de aquel político. Pasó el tiempo, y cuando el Sr. Maura liego á la Presidencia úcl Consejo; cuando después del avcní do de Bar