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A B C JUEVES n DE MARZO DE roo 6. PAG. 4. EDICIÓN i. guna oficina allá por el- año 1860 ó 1872; no lo sabemos á punto fijo; él tenía entonces ciertas ideas revolucionarias; eí porvenir le sonreía- D. Manuel Ruiz Zorrilla tm día que entraba en una casa de la calle de Fuencarra! de la cual salía Emilio, íe estrechó efusivamente la mano; otro día Rispa y Perpiñá le escribió una carta á un amigo y hablaba de él en la postdata; en otra ocasión- -él se acordará toda su vida- -tuvo un altercado tremendo con un cura porque no quiso quitarse el sombrero mientras pasaba una procesión; en su casa en un cajón de una vieja cómoda- -si es que todavía tiene cómoda- -hay números amarillentos de Porvenir, de La Broma, y folletos de Suñer y Capdevila y de D. Fernando Garrido. Y fueron transcurriendo los años; las esperanzas se marcharon; se murió Zorrilla; no se hizo la revolución; todo continuó lo mismo. Y ahora, este pobre, este buen Emilio, en estos tiempos en que ya no hay hombres, ni energía, ai nada, ha tenido una ilusión suprema, única, una última ilusión: la de poner su nombre en este bello automóvil que se hallaba parado junto á la acera en que él toma el sol y charla todos los días... Concepción se llaraa otro de ios misteriosos madrileños que han firmado en el automóvil áz Sr. Demolder. Esta Concepción, ¿quién será? ¿No será una de estas madrileñitas menudas- -como la Maja, de Goya, -flexibles, ondulantes, bullidoras? Concepción, ¿no llevará un recio mantón sobre sus hombros? ¿No irá maravillosamente peinada, como todas estas madrileñitas, con un henchido reborde de negro pelo que deja caer sobre la frente una suave sombra en la cual fulguran sus ojos anchos y un poco melancólicos? ¿No caminará dando linos ligeros golpecitos con sus pies menudos, lindamente calzados? Concepción se ha aproximado también al automóvil y ha puesto en él su nombre. Un día, al levantarnos por la mañana ó bien por la noche cuando estemos en el café, leeremos en nuestro periódico que en las Ventas, en los Cuatro Caminos ó en alguna casa sospechosa de tal ó cual sórdida callejuela, un novio ha dado una terrible, una espantosa puñalada á su novia; la víctima habrá muerto instantáneamente ó estará expirando en el hospital. Y nosotros no sabremos que esta pobre y buena muchacha es Concepción, es Concha, la que en cierta ocasión al pasar por una plaza escribió las letras de su nombre en un automóvil... Nos queda Lola; no tenemos ya espacio para hablar de esta Lola. Lo sentimos mucho. Lola es tal vez una de estas muchachas que no vienen ni van á ninguna parte; viven acaso en el Pacífico, en la ca le de la Esgrima, ó allá por las Vistillas; os ofrecen un periódico muy sobado ó upa flor ajada; tienen unos ojos en que brilla una luz de precocidad y de malicia; dan á veces grandes gritos llamándose de xn extremo á otro áz la plaza; corren y se recelan de los inflexibles mantenedores del Orden. Vosotros vais de prisa; queréis i egar á vuestro café ó á vuestco teatro; quiza en un momento de alucinación compráis este periódico que os ofrecen, y no podéis sospechar luego, cuando lo desplegáis snte vosotros y percibís su olor á tabaco, quién habrá pasado sus ojos por estas páginas... He aquí Jas cuatro evocaciones que han hecho surgir en nuestro espíritu estas líneas que el Sr. Demolder ha escrito en el libro que acaba de publicar en París. Estos buenos madrileños que pusieron su nombre en el automóvil, no podían sospechar que iban á pasar á la histona mente un, ajio empleados de I estación de VIcálvaro; pero un día tuvieron la fatal ocurreacia de abrir un cajón que veaía destinado á Madrid, y esta curiosidad insana les perdió, porqtte al enterarse de que fo que contenía aqttét era dinero, trataron de repartírselo como buenos amigos, y lo hubieran hecho así si las codiciadas monedas no resultan falsas. Pero uno de los cinco activos funcionarios, quiso comprobar en seguida si era verdad tanta belleza, y al efecto, dio en una tienda del pueblo varias pesetas de las facturadas, pesetas que, como era natural, fueron rechazadas por el comerciante, con gran asombro del empleado y de sus compañeros. En vista, pues, de que el dinero no pasaba, decidieron cerrar nuevamente el cajón y remitirlo á Madrid, no sin enterrar antes las monedas- que habían sustraído y que ya- era peligroso guardar. Y así lo hicieron; pero uno de los consocios de esta empresa, queriendo vengar pasadas ofensas, denunció á la Guardia civil lo sucedido y, tras de algunas pesquisas y diligencias encaminadas á comprobar los hechos, descubrióse el delito y fueron detenidos los empleados cuyos nombres hemos consignado al comenzar esta crónica. Por su parte la policía de Madrid detuvo al que fue á la estación á recoger las monedas, y con independencia, de esta causa fue también procesado. Y ayer comenzó a celebrarse en la Sección cuarta la vista del proceso. Los acusados niegan- haber realizado acto alguno punible y hasta el mismo que denunció los hechos parece arrepentirse de la denuncia. El fiscal insiste en considerarlos autores de un delito de expendición de moneda falsa, en grado de tentativa, sosteniendo los defensores la inculpabilidad de sus patrocinrdos. Este juicio, en el que intervienen como letrados los Sres. Muñoz Rivero, Miller Massa y Valentín Gamazo, terminará mañana. A B A L A S ARISTAS? No sabemos si por afición á los juegos malabares ó simplemente por afición á lo ajeno, los hermanos José Antonio y Manuel González venían dedicándose con éxito al hurto de bolas, pinas doradas y otros adornos más ó menos esféricos de los que se acostumbra á colocar en las barandillas y pasamanos de las escaleras. Pero un día fueron sorprendidos por un portero madrugador, que, al observar el asoramiento de los muchachos, los entregó á dos guardias, y éstos comprobaron, contando las bolas que en un saco llevaban, la existencia de cuatro delitos de hurto. Instruyóse el correspondiente sumario; pasó la causa á la Audiencia, y el fiscal, entendiendo que existía además de lo expuesto un hurto frustrado, y otro delito de tenencia de útiles para el robo (á uno de los detenidos se le encontró tina llave en el bolsillo) calificó apreciando seis delitos. Al celebrarse ayer ei juicio en la Sección tercera, los procesados declaráronse autores de los cuatro hurtos consumados; pero negaron los otros dos, no obstante ¡o cual, el representante de la ley sostuvo sus conclusiones. El defensor de ambos hermanos, que lo era nuestro compañero D. Manuel Tercero, pidió al Jurado que reconociera los cuatro delitos confesados; pero que declarase inculpables á Manuel y á José de la tenencia de útiles para el robo y del hurto frustrado. Y los jueces populares, después de breve deliberación, emitieron un veredicto de conformidad absoluta con las pretensiones del letrado defensor. FJOR UN B E S O Ignoramos si eí sereno de Colmenar Viejo conocería estos populares versos de uno de los más admirados poetas españoles Por una mirada un mundej por una sonrisa un cielo, por un beso... Yo no sé lo que diera por un beso; pero si no! os había leído, es inJudable qufr al acompañar cierta noche á una garrida mu chacha, que llena de miedo por la soledad de la caite, reclamó su auxilio, coincidió en el pensamiento con el vate. Porque al llegar á la puerta de! a casa, en vez de abrirla abandonó chuzo y capote, y rápidamente, sin que nada hiciera presumir tales intenciones, arrojóse sobre la muchacha y la estampó en la cara dos ó tres ósculos fuertes y sonoros. Pensó la joven que era peor el remedio que la enfermedad, pues el sereno, lejos de guardarla, constituía un verdadero peligro para su virtud; dio voces de ¡socorrol y á ellas acudieron algunos vecinos, que detuvieron al arre; vido. Este compareció ayer en la Sección primera, acusado por el fiscal de haber ofendido al pudor y á las buenas costumbres coa hechos degrave escándalo; pero en el acto del juicio rao- dificó el representante de la ley sus conclusio- v nes y el delito quedó reducido á una falta que se castigará en el Juzgado municipal con una multa de 5 á s 5 pesetas. Que es la que por lo visto cuesta dar un beso á una muchacha. CONSEJ DE MINISTROS p l celebrado ayer tarde en la Presidencia empezó á las dos y media y terminó después de ¡as seis. La nota oficiosa facilitada á la Prensa dice así: El presidente del Consejo manifestó á sus compañeros que los reunía para poner en su conocimiento la negativa de S. M á admitir la dimisión que en la noche anterior le presen- tó en nombre de todo el Gabinete. Ei Rey funda su determinación en la interpretación de sus deberes constitucionales, los cuales! e llaman á resolver las crisis, cuando la división entre los ministros, ó la falta de apoyo en las Cámaras, impiden a los Gobiernos continuar dirigiendo los negocios públicos. Ninguno de estos casos ocurre en el presente, puesto que el Gobierno había obtenido en el Senado una de las votaciones mayores que se registran en la Alta Cámara y contaba con el apoyo incondicional y entusiasta de la mayoría del Congreso. En estas condiciones, la Corona no tiene orientaciones ni indicaciones que pudieran guiarla en la sustitución del actual Gobierno, y no teniéndolas, cualquiera resolución que no fuera ¡a de reiterarle su confianza, carecería de un fundamento constitucional. Por otra parte, el Rey considera que el cambio constante y la instabilidad de los Gobiernos producen graves daños á los intereses públicos, y entiende que también por esta razón debe continuar el actual Gabinete, pues hace sólo ocho meses que e! partido liberal ocupa el poder y no ha tenido aún tiempo de presentar á las Cortes los proyectos y reformas que tiene preparados. En vista de la resolución de la Corona, los ministros discutieron la actitud que debían seguir, acordando continuar los trabajos parlamentarios, sin más interrupción que la indispensable por la proximidad de las fiestas de Semana Santa y por la necesidad de llevar á la práctica las resoluciones que las Cortes han tomado en materias aranceladas, económicas y sociales y de la preparación ya urgente del presupuesto. En su consecuencia, el Gobierno rogará á los presidentes de las Cámaras convocme- n á se- AZOR 1 N D E SORPRESA. Tomás Ruiz, José Patino, Felipe Silla, Ramón Molina y Franc; sco Aguilar, erar, hsce próxima-