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A B C VIERNES r 6 DE MARZO DE 1006. PAG. 11. EDICIÓN i les correspondió ninguno y tuvieron que ir á la Gcan Peña a almorzar. Conocida la omisión les dieron todo género de excusas, tanto el alcalde como las personas encargadas de hacer las listas. Cuando terminó, la comitiva regia se dirigió á Palacio para disponerse á salir con dirección á la estación del Mediodía. Vestía D. Carlos el traje de coronel español con la banda de Isabel la Católica; S. M el Rey, de capitán general de gala, cruzando el pecho con la banda tricolor de las Ordenes militares de Portugal; la reina doña Amelia, precioso traje lila con abrigo de encaje negro sobre fondo blanco, pief de armiño y sombrero negro con plumas y esprit blanco. La Reina doña María Cristina, traje morado con abrigo blanco y sombrero gris, y ías infantas doña Isabel y doña María Teresa, trajes gris perla y morado, respectivamente, con abrigo blanco la última y sombreros morados. Los Reyes D. Carlos y D Alfonso revistaron la compañía, é inmediatamente subieron al tren los reyes de Portugal, después de besarse ambos monarcas y las Reinas. Calida del tren regio. El tren regio, que estaba preparado como cuando vinieron los soberanos portugueses, salió á las seis y media, ó sea con veintiocho minutos de retraso. Antes de partir el tren, el Rey y los infantes D Carlos y D Fernando se situaron delante de la compañía de cazadores, saludando militarmente. Al arrancar el tren se dieron varios jvivasl á los reyes de Portugal, mientras el Rey y los Infantes se inclinaban al pasar el coche que conducía á aquéllos. El rey D. Carlos y la reina doña Amelia permanecieron en el balconcillo del coche saludando aquél militarmente y su augusta esposa con el pañuelo TO egreso á Palacio. Los Reyes regresaron á Palacio subiendo por la calle de. Atocha, y recibiendo muchos ¡vivasl y aplausos por el camino. C n la estación. Fuerzas de artillería, caballería, infanteT onativo regio. ría y Guardia civil, cubrían la carrera desde la El rey de Portugal ha entregado al al- plaza de Oriente á la de Atocha, y en todo el calde 6.000 pesetas para que las reparta entre trayecto había enorme muchedumbre, deseosa los pobres. de presenciar el paso de las Reales personas. La estación estaba adornada lo mismo que el día de la llegada de los Monarcas lusitanos. C u el palacio de la infanta Isabel. A las dos y media de la tarde se celebró A las seis y cuarto una salva de cañonazos en el palacio de la infanta Isabel la anunciada anunció la llegada á la estación de la comitiva función teatral en honor de los Reyes de Por- regia. tugal. Iba precedida ésta deJ jefe de orden público, gastadores de! Cuerpo de Seguridad, coDesde el Ayuntamiento fueron los Reyes al regio alcázar y desde él salió á los pocos mo- rreos de gabinete y batidores de la Escolta mentos la comitiva para dirigirse al palacio Real. de S. A. La comitiva estaba formada por ¡i coches; Al llegar al palacio de la infanta Isabel es- los tres primeros á la gran D Aumont, que peraba ésta á la regia comitiva al pie de la es- ocupaban por orden respectivo los; reyes de lera, acompañada de la condesa viuda de To- Portugal y España, las reinas doña Amelia y reno, la marquesa de Nájera y el Sr. Coello. doña María Cristina y las infantas doña Isabel Como el teatro es sumamente reducido, no y doña María Teresa. El resto de los coches iban ocupados por se había repartido invitaciones más que para el los séquitos oficiales. séquito y la alta servidumbre palatina. Los infantes D Carlos y D Fernando monEl programa de la función lo constituía: i El susto de ¡a condesa, de Benavente, taban á caballo y formaban parte del Estado que ha sido interpretado por la Sra. Guerrero Mayor que seguía al coche de los Monarcas. Descendió la comitiva y penetró en el andén y los Sres. Mendoza y Cayuela. 2, El mensajero de paz, de Eusebio Blasco, sin detenerse en la sala de espera, llevando representado por los ya citados y los señores: D Alfonso del brazo á la reina doña Amelia y D Carlos á la reina doña María Cristina. Juste, Soriano, Viesca y Guerrero. Al entrar en el andén, la banda del bata 3. Et flechazo, de los hermanos Quintero, interpretado por Nieves Suárez y el Sr. San- llón de cazadores de Barbastro, que con bandera y música daba los honores, tocó el Himtiago. La fiesta resultó muy agradable, y ios reyes no de la Carta, mientras las personas reunidas de Portugal quedaron sumamente satisfechos en el andén dieron varios vivas! á los Reyes de ambos países. de ella, 04 BIBLIOTECA DE A B C RAMUNCHO 61 bien esto... Y, ademas, que no 10 comprendéis Jos chicos... Su sonrisa, al decir tales palabras, se extinguió tristemente, cambiándose en una expresión contemplativa, ó mejor de ausencia, que Ramuncho habíale observado frecuentemente. Madalén miraba con atención hacia adelante, donde no había, sin embargo, más que el camino sin viandantes, árboles deshojados y la masa pardusca de la montaña aplastante; pero se hubiera podido decir que la joven estaba sumida en melancólico éxtasis por dos cosas que desde allí se veían; dos cosas á que los ojos de Ramuncho no alcanzaban... Durante el breve silencio entre él y la chiquilla, se oyó el Ángelus del medibdía, extendiendo más paz aún que la reinante sobre el sosegado pueblo que se calentaba al sol de invierno; encorvaron los jóvenes la cabeza y fervorosamente se hicieron la señal de la cruz... Después, cuando acabó de vibrar la santa campana, que en las aldeas vascas interrumpe la vida, como en Oriente el canto del muezzin, Ramuncho se decidió á hablar. -M e da miedo, Madalén, verte siempre en su compañía... Y me atrevo á preguntarte: ¿qué ideas guardas en el fondo de la cabeza? Fijando en él la profunda negrura de sus ojos, contestóle ella con tono de dulce reconvención: No sé por qué me hablas as! después de lo que nos dijimos el domingo por la noche! Si te perdiese, entonces quizá... mejor diré, seguramente... Pero hasta entonces, ¡oh, no! estáte tranquilo, mi Ramuncho... El sostuvo largamente esta mirada que poco á poco le volvía la deliciosa confianza que perdiera, y acabó por sonreír con sonrisa de niño: ¡Perdóname, ya sabes que muchas vecesl digo unas tonteiías! ¡Oh, amigo mío- -le contestó Arrakoa, cambiando tíe tono y haciéndolo más grave, -en cuanto á mí, palabra de honor, me parece muy bienj... Y como preveo que la madre estará más dura, si tenéis necesidad de apeJar á algún recurso, yo os ayudaré; os lo prometo... La tristeza de Ramuncho se disipó como polvo que barre el viento. Encontró, después de eso, la cena deli ciosa, la posada alegre. Le pareció muy bien que las confidencias hechas á Madalén las supiese además otro de la familia, que no le rechazaría al entrar en ella. El había creído presentir que Arrakoa no le sería hostil; pero su concurso, tan noblemente ofrecido, sobrepujaba sus esperanzas. Pobre muchacho abandonado, tan consciente de la humildad de su situación, á quien el apoyo de otro joven, poco más experimentado que él en la vida, bastaba á darle valor y confianza! Vil Al alba incierta y un poco fresca se despertó en el cuarto de Ja posada con la impresión persistente de la alegría de la víspera, en vez de las enmarañadas angustias que tan frecuentemente le invadían al volver de sus pesares tristes. Afuera se oía el tintineo de los rebaños que marchaban á pastar; el bramido de las vacas al romper el día, las campanas de la iglesia y el chocar, contra el muro de la plaza, de los golpes secos de la pelota vasca; todos los ruidos de un pueblo del Pirineo que con el sol que sale vuelve á comenzar su acostumbrada vida. Todo ello parecíale á Ramuncho el amanecer de una fiesta. Muy temprano volvieron á subir Arrakoa y él al cochecillo, y metiéndose la boina hasta las orejas, para evitar el viento de la marcha, partieron al galope de su caballo por los caminos espolvoreados con el blanco rocío de la noche.