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D C JUEVES P, E 10 G LA BODA DEL REY Y DE LA PRINCESA ENA. 1 EL OBISPO DE NOTTJNGHAM. 2 EL PÁRROCO DEL ANTIGUO, D. JOSÉ MARÍA AR STIZABAL. 3 EL MARQUÉS DE V 1 LLALOBAR, EN EL HOTEL DU PALA 1 S DE SAN SEBASTIÁN Fot. Frederic. ¡QUITA, CHICO! Para Mariano de Cavia. C i es verdad que mis contemporáneos reco nocen en mí bondad y dulzura de carácter, al decir del popular é insigne escritor, conste jue heredé ambas cosas de mi santa madre, quien, sin obligarme á ello, tan sólo con su ejemplo me hizo odiar la mentira y el vicio, todo lo que, en realidad, es bajo, sucio- ó feo. A despecho de mis vehemencias de carácter aprendí á sufrir, y amé lo bueno y me extasié ante lo bello, pues bella y buena era aquella inolvidable señora, cuyo recuerdo vive y perdura en mi corazón. Por eso me siento ahora por dentro tan niño como en los felices días en que ella vivió. Una mañanita de Abril pasábamos muy temprano por los jardines de la plaza de Oriente. Nos llevaban á beber el agua ferruginosa de la C: sa de Campo. Yo me quedé rezagado, y ansioso de ofrecer á mamá una rosa que atisbé al paso, la cogí; pero apenas la tuve en la mano, cuando sentí un golpe brutal en la cabeza que me hizo rodar por el suelo. La ley, por mano de un guarda embutido en amplio levitón, cruzado e ¡pecho por blanca bandolera y armado de un látigo, caía sobre mí cuerpecillo delicado con la rapidez de una guillotina. Cogió la ñor y la pateó; y mientras yo pugnaba por levantarme, unos granujillas (entonces no se llamaba golfos á los chicos de la calle) indignados acaso por el hecho, insultaron y apedrearon al energúmeno, le torearon ¡indamente y yo pude incorporarme á mi familia renqueando, dolorido y avergonzado. Nada dije de mi aventura, pero no la olvidé. Había hecho mal, sia duda, pero ¿acaso procedió bien el iracundo guarda? Desde entonces no he visto que se trate con piedad ni con afecto á niños, animales y plantas. Los débiles no tienen derecho á la protección; quizá se les perdona la vida porque pueden ser útiles el día de mañana, no por concedérseles positivo valor social. La perdigonada del guarda jurado ese que mal hirió el domingo á un niño encaramado por una verja, ha sido para mí tan dolorosa como el pescozón de antaño, Los ilustres, le- trados de la Sociedad Protectora de los Niños, Hernández Iglesias, Suárez García, Lastres y otros muchos, podrán decir con arreglo á derecho si procede castigar esa injustificada agresión. Después de todo, es un símbolo de plomo de la frase que oímos en el hogar, en la escuela, en la calle, en todas partes, cuando un niño estorba ó molesta: ¡Quila, chico! LAS PRINCESAS BEATRIZ Y ENA Y S. M. EL REY SALIENDO DE MJRAMAR EN AUTOMÓVIL ANTEAYER POR LA TARD 8 -ot, Gofli