Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C MIÉRCOLES 7 DE MARZO DE t 9 o6. PAG. 4. EDICIÓN i este mesón ae un pueblo ignorado vivía el pobre mercader; antes había pasado una larga temporada en una venta situada cerca del pueblo. Tal vez, como indicábamos ayer, en esta xenta había una moza linda, fresca y blanca... Y pasó el tiempo. Un domingo amaneció el cielo claro; era un día tibio y luminoso de Noíiembre. Si no habéis estado un día de éstos n un pueblo de Castilla, de la Mancha ó de a Alcarria, no sabréis lo que es y lo que valen as horas, los minutos que lentamente caen. La da de la semana se ha paralizado; en los rincones reposan las estevas; las garlopas y las sierras del carpintero callan inmóviles; sobre los yunques no golpean sonoros los martillos- -ístos constantes, recios amigos; -si hay algún ejo telar no anda la premidera entre la sutil malla... Todo reposa; una campana toca de cuando en cuando con unas vibraciones crisíañnas, alegres; pasa acaso sobre ei azul del cielo una bandada de palomas blancas, y los viejos labriegos van lentamente con sus gabanes pardos ó platican parados en las encrucijadas de ¡as calles, en tanto que de sus labios tostados, íecos, pende la punta de un cigarro. Los cronistas han averiguado que el mercader de nuesira historia se levantó temprano este día; á las ocho de la mañana, dicen los vecinos que le vieron en el estanco; una hora después, á las nueve, el mercader sacó unas muías y las llevó á la fuente. Si habéis estado en los pueblos, habréis presenciado seguramente esta operación importantísima; un mozo conduce ¡a primera muía del ronzal; detrás veréis dos ó tres más. Canturrea el mozo alguna vieja, tonada; wenan recios, sonoros, en la calleja los pasos de las muías, y de cuando en cuando el grito de un muchacho, una ráfaga de viento que agita una cortina, hacen que estos animales se sobresalten, se yergan, pataleen y vengan á suministrarnos de este modo un argumento más á los que creemos con D. Fermín CabaHero, en su Tratado de la población rural, que Éstos son unos seres tercos, indóciles, espantadizos, de los que no podemos sacar ningún partido. Pero dejemos esto. Los cronistas de este hecho misterioso siguen observando que á las once de la mañana el mercader de aceites fue isto en la taberna; después, á las doce, el mercader comió; más tarde, hasta las tres, se le advirtió también en diferentes parajes; luego, á partir de las tres, desapareció en absoluto. ¡Dónde estaba este mercader? ¿Cómo, siendo amigo de bullas y recreos populares, no aparecía por donde se bailaba y se jugaba á la pelota? Y entra en este punto otra parte interesante de este drama; la moza linda de la venta fue observada y vista durante todas las horas de la mañana; á partir de las tres de te tarde, rti ella ni una su amiga íntima, fueron notadas. Y por la noche, á las siete, el mercader volvió reaparecer; algunas horas después, á las once, salió de la posada. ¿Por qué salió? ¿Dónde iba? ¿Intentaba acaso, después de vanos y pertinaces trabajos, una última prueba, un postrer esfuerzo que hiciera que una pasión amorosa que ardía en su pecho fuese correspondida? Y si iba á una última entrevista, ¿qué planes y qué ideas eran los suyos? No es posible averiguar cosa mayor; ia noche era de una cerrazón profunda; nadie oyó nada; á la mañana siguiente, lerca de ¡a vertta, detrás de ella, apareció el iadáver del mercader; á su lado tenía una pistola; una ancha herida se descubría en su pesho y no aparecían en su cuerpo ni las más ligeras señales de lucha y de violencia. Este es el drama; es el drama de Larra, que aespués de una última, dolorosa é ineficaz entrevista con su amada, cuando ésta apenas acaí a de trasponer la puerta, se coloca vestido con la más exquisita elegancia delante de un espejo y se agujerea la sien con una bala; es el árama de siempre. Las mentalidades pueden ambiar; son más altos ó más bajos los actores del drama; son refinados intelectuales ó labriegos; en el fondo y eternamente es la misma pasión v la misma tristeza la que mueve los corazones Y este drama profundo, angustioso, es el que ayer el Sr. Maestre, con palabra efusiva, acabó de poner de manifiesto ante la Cámara. AZORIN amenazado a quien con tiempo se na apercibido y se ha puesto en guardia. Mún no es tiempo, y Alemania es una confederación compuesta de elementos muy heterogéneos, mal consolidados aún y en ¡os que tal vez se rec hiera con los brazos abiertos á quienes trataran de devolverles su independencia. Ya comprenderán nuestros lectores el porqué esperábamos y esperamos aún que los asuntos de Algeciras tengan una solución aceptabk para todos, pensando lógicamente y con razonamientos que no dejan de tener fuerza. Contra ellos no puede ponerse enfrente otra cosa que la ambición, el amor propio y la soberbia, que ciega á los pueblos como á lof hombres á quienes Dios quiere perder, A España, tanto como á la que más, convienl una solución satisfactoria que permita la pacífica reorganización de Marruecos, siquier sea en la parte del territorio frecuentado por los europeos. No es posible pensar ya en el antiguo statu quo que hemos defendido á costa de muchos sacrificios, incluso el de nuestra colonia, y que ya ni es político ni factible sostener en ¡a misma forma que antes. Debemos, sís mantener la autoridad del Sultán, porque á eso nos hemos comprometido, y porque es preciso tener alguien de prestigio con quien podamos entendernos; pero debemos á toda costa desarrollar la colonia española en cuantos puntos pueda establecerse, protegiéndola muy de veras contra todos los obstáculos que se la pongan y evitando que con ella acontezca lo que con los españoles que fecundizan y enriquecer el suelo argelino. Una guerra, á la que Marruecos sirviera dt pretexto, tendrá el principa teatro en aquellos territorios y en los vecinos, y á toda- costa debemos evitarlo, por las muchas razones que nuestros lectores apreciarán tanto como nos otros. Nuestra represeníación diplomática, presidida por el duque de Aimodóvar, trabaja con afán para conseguirlo, auxiliada, animada más bien por los extraños que por los propios; la cuestión de Marruecos, en la que nos jugamos, no el porvenir, sino el presente, parece que no nos afecta. Y á poco que se reflexione se verá que nuestros derechos en el Atlántico africano son algo como el engarce de esas perlas que se llaman Canarias, y que las Chafarinas, Melilla y Ceuta, bien compuestas, constituyen la defensa de otros algos que forman parte de nuestro ser. Tiene razón E! Heraldo en un artículo, donde se veía e! espíritu de Canalejas, cuando amargamente se dolía de semejante indiferert cía. Cuando leemos la Prensa extranjera, cuando vemos en ella cómo preocupa nuestra suerte hasta en remotos pueblos, y cuando presenciamos las discusiones en que hombres de clarísimo entendimiento emplean su inteligencia sin acordarse de que tenemos en casa huéspedes presenciando cuadros propios de una Bizancio degenerada, y sin que les preocupe el problema nacional que se resuelve en Algeciras, sentimos pena profundísima ante la soledad de Aimodóvar, de Pérez Caballero y de cuantos ali: trabajan con denodado esfuerzo, sin el auxilio de la pública opinión, para sostener los derechos de España, de Sa débil España, ante ios poderosos de! mundo. Y analizando el porqué de esto que sucecte, y preguntándonos la causa de esta anemia del pueblo español, sólo se nos ocurren estas palabras de nuestro poeta: Todos en El pusisteis vuestras manos. FELIPE OV 1 LC SOBRE LA CONFERENCIA preveíamos, contra la opinión general, nada terminante se acordó el sábado, ni el lunes en Algeciras, como es probable que suceda en la reunión del jueves. Hace más de treinta y seis días que los trabajos de la Conferencia están paralizados, esperando que los Gabinetes de las grandes Potencias encuentren un arreglo decoroso para iodos; lo que demuestra la importancia de lo que se debate, sea lo que sea, ó tenga el alcance que quiera. No vale Marruecos tanto, que por sí diera origen á tan grandes preocupaciones; si allí no se debatiera otra cosa que la suerte del decadente imperio de los Sherifes, ya hace tiempo que satisfactoriamente se hubieran terminado los trabajos de la Conferencia; pero es que detrás de esa cuestión hay arduos problemas que sólo con las armas podrían resolverse; por eso se hace grandes esfuerzos para excogitar medios y encontrar recursos que faciliten la salida del im pace en que se encuentran los pueblos en Algeciras. A ninguno puede convenir la guerra, aun siendo indispensable para alguien, en estos momentos: Rusia ha agotado todos sus recursos en la lucha con los japoneses, se encuentra en presencia de itna revolución formidable, si no se reconstituye pronto sucumbirá, yapara reconstituirse necesita dinero. ¿Quién se lo proporcionará si se la ve meterse en locas aventuras ó si amenaza al mundo una conflagración universa! Rusia forzosamente ha de ser, y seguramente lo será, la nación que haga los mayores sacrificios para conservar la paz. Austria, ligada con fuertes lazos al Imperio alemán, está amenazada por una guerra civil que la separe de Hungría, precisamente por los sacrificios que ha reclamado la triple alianza de sus subditos para sostener los enormes gastos que ocasiona la organización de un ejército numeroso. La guerra sería impopularísima en el país y público y notorio es que el emperador Francisco José ha manifestado que Austria no se lanzará á una campaña que no tenga un origen genuinamente europeo. En Italia se piensa de igual modo y no se recatan sus estadistas para manifestarlo con palabras y con hechos. ¡Qué mejor demostración que la conducta de Visconti- Venosta, á quien los amigos de la paz y su Gobierno no agradecerán nunca bastante su habilísima gestión en Algeciras! Y de Alemania podemos pensar lo mismo; hemos indicado la situación y el pensamiento de sus aliados; en realidad está aislada en ia ocasión presente; dispone de un ejército admirablemente organizado, tal vez como ningún otro; cuenta con recursos para los primeros meses sin tener que recurrir á nadie; su escuadra no es tan numerosa como la francesa, ni tan potente y amaestrada como la inglesa; pero es respetabilísima... pues á pesar de todo, ni la conviene, ni puede pretender, á lo que solamente habiendo perdido el sentido parece pretende ir. Nadie quiere la guerra, todos- -quizá con ¡a sola excepción de Inglaterra- -la temen, y una guerra provocada tercamente por Alemania la enajenaría las simpatías que la queden en esta ocasión, en la aue apuntando á Francia ha La población de Alemania POR TELÉGKAFO D e r l í n 6, i o n E ¡censo de la población de de toda Alemania, según cifras provisio nales, es de sesenta millones de habitantes.