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A B C MARTES 6 DE MARZO DE Y 906. PAG. ío. EDICIÓN 2. LOS CRÍMENES DE PEÑAFLOR VISTA DEL PROCESO Oevilla, 5, 1 t. H comenzado la vista de i esta célebre causa. En los alrededores de la cárcel había escasísimo público, pues de antemano se sabía que Sstaba terminantemente prohibida la entrada en el local una vez que se ocupara la habitación donde el juicio se celebra. Son muchas las personas que han solicitado presenciar los debates, pero la circunstancia que dejo apuntada ha hecho que se queden sin entrada casi todas ellas. El público está compuesto en su mayoría de letrados. Antes de comenzar el juicio estuve conversando con Aldije, que se muestra tranquilísimo. El médico forense me dijo que acababa de iomarle el pulso y tenía 76 pulsaciones. En todas sus manifestaciones revela este procesado gran seguridad, y no pierde un momento la confianza que su causa le inspiró siempre. Muñoz, fiel a! proposito que formó indudablemente cuando fue detenido, no sale dé su mutismo. Se le interroga con habilidad, procúrase sorprenderle con preguntas ajenas á la causa, pero todo resulta inútil, Mira á todas partes con indiferencia y parece no enterarse de lo que á su alrededor ocurre. Sobre la mesa del relator se halla el famoso muñeco con el cual se derribaba á las víctimas que entraban en el Huerto. También está sobre la mesa el martilio que empleaban los criminales para rematar á ios infelices que con engaños eran atraídos á Peñafior. En el suelo hay un envoltorio que contiene Jas ropas que se quitó á los cadáveres cuando fueron descubiertos. Componen el tribunal los magistrados de la Sección segunda de la Audiencia de Sevilla, señoies marqués de Santa Amalia, Bárbara y Alonso (D. Evaristo. Representa ai Ministerio público D Ángel León, teniente fical de aquella Audiencia, y á la acusación privada D, Federico Herrero, que sustituye a! Sr. Serrano. La defensa de! Francés hállase á cargo de D Juan M Romero, estando confiada la de Muñoz Lopera al letrado Sr. Andreu Calcanp. Actúa además en esta causa el relator don Francisco Ordóñez. Hay citados 56 testigos, entre ésto, s las viuaas de las víctimas y toda la familia de Aldije. El fiscal califica los hechos como constitutivos de seis delitos complejos de robo, con ocasión de los cuales resultaron seis homicidios, considerando autores á los dos procesados. Entiende que han concurrido las agravantes de alevosía, premeditación, empleo de astucia, t abuso de superioridad y nocturnidad. Y pide para cada uno de los autores de estos hechos tres penas de muerte, inhabilitación absoluta perpetua caso de indulto, indemnización á las familias de las víctimas y pago de costas. La acusación privada formula idénticas conclusiones. El defensor de! Francés sostiene que no se ha probado ia participación de su patrocinado en los hechos que se le imputan, v solicita la absolución. El Sr. Andreu, que defiende á Muñoz, afirma en su escrito que este procesado limitóse á Jlevar á los jugadores ai Huerto, sin conocimiento de los crímenes que allí se perpetraban; es, pues, á su juicio, Muñoz Lopera autor de seis delitos de estafo, por cada uno de los cua ¡es debe imponérsele la pena de un año, ocho meses y veintiún días de presidio correccional. COMIENZA EL JUICIO Poco después de ¡a una de la tarde reúnese si Tribuna! Entre los asistentes aí acto encuéntrase el presidente de la Audiencia Sr. Vázquez Cernada. Hecho el sorteo de jurados, y previos el juramento y demás solemnidades de rúbrica, el presidente ordena que entre el público en la Sala de Audiencia. El primer jurado que salió de la urna es D Vicente Espinosa Morales, que será presidente si sus compañeros, haciendo uso del derecho que la ley les concede, no designan otro. Aldije entra sonriente y saludando á cuantas personas conoce. Viste traje pardo de americana, cuello alto y corbata morada. Muñoz, que es conducido en un sillón por dos dependientes de la cárcel, aparece envuelto en una manta, y cubre su cabeza con una gorra; su entrada en la Sala ha producido sensación profunda. Junto á Muñoz, que parece adormecido, toma asiento el médico de la cárcel. Al empezar el juicio sufrió un desmayo Muñoz, pero se repuso en seguida gracias á los solícitos cuidados del médico. El secretario da lectura de los escritos de calificación de las partes, lectura que se escucha con poco interés, porque absorbe la atención del público la actitud de los procesados. Aldije escucha con atención y sonríe cuando lee el relator las frases que el fiscal atribuye al reo. Las conclusiones son las que más arriba consignamos. MUÑOZ NO DECLARA El presidente invita á Muñoz Lopera á declarar lo que sobre los hechos le pregunte el fiscal, la acusación y las defensas. El letrado Sr. Andreu Calcano, fundándose en que la situación del procesado le impedirá defenderse de los cargos que se le hagan, pide que un médico reconozca nuevamente á su patrocinado y se suspenda la vista. 4 El fiscal se opone á esta pretensión, pues por encima, dice, de los ardides de un rebelde, están los fueros de la justicia. El acusador privado muéstrase conforme con el representante del Ministerio público. El defensor de Aldije se conforma, y la Sala acuerda que el juicio continúe por estimar que Muñoz puede hablar, si quiere abandonar la farsa que representa. DOS INCIDENTES Surge un incidente entre el letrado de Lopera y la presidencia, terminando por protestar el primero de indefensión. El médico de la cárcel, Sr. Lemus, asegura que el procesado puede hablar y que su estado no encierra un peligro inminente. Acuerda la Sala, en vista de esto, que declare Muñoz, pero como se obstina en callar, ordena el presidente que se lean las declaraciones que aquél prestó en el sumario. x El abogado protesta de esta última determinación, porque encontrándose en la Sala el propio Muñoz, debe declarar. Esta protesta origina otro incidente violentísimo entre el defensor y el presidente. Léense ¡as declaraciones que prestó en el sumario el procesado, oyendo éste lo que entonces dijo, sin que al parecer le produzca la menor impresión. El público aprueba la energía de la presidencia para resolver los incidentes promovidos por el defensor de Muñoz. Entre las varias declaraciones que Lopera prestó, hay una en la que confiesa que su primera víctima fue José López, natural de Almería; la segunda, Mariano Burgos, natural de Madrid; la tercera, Fernández Cantalapiedra; la cuarta, Federico Liornas, de Jaén; la quinta, Félix Bonilla, de Córdoba, y la sexta, Miguel Rejano, de Posadas. La lectura de estas declaraciones despierta poco interés, quizá oor ser los hechos muy conocidos. El acusador privado pide que reconozca Muñoz las firmas que puso en las declaraciones- que acacaban de leerse. El médico que se halla, como ya he dicho, cerca del procesado, preséntale los folios; pero Muñoz sigue dormido y nada se consigue. Cuando el presidente autoriza á la defensa para que interrogue á Lopera, dice aquélla: ¿Qué voy á preguntar á un cadáver? El presidente llama al orden al letrado. DECLARACIÓN DE ALDIJE Tócale declarar á Aldije, y se observa un movimiento de expectación en el público. A preguntas del presidente, dice que era prestamista y se dedicaba al negocio de grano. Añade que comenzó su negocio en Peñafior con 7.000 pesetas, y que durante algún tiempo se defendió bastante bien. Asegura que profesaba á Muñoz un cariño paternal, y que en alguna ocasión recurrió á él para que le prestase una cantidad. El procesado observa un movimiento de extrañeza en el fiscal, y dirigiéndose á éste, le pregunta sonriente: ¿Le sorprende que un prestamista se quede sin dinero, verdad? Pues así me ocurrió á mí. Dice que jamás tuvo el vicio del juego, pues no le gustaba ni presenciar una partida; por esta razón no intervenía en las que Muñoz organizaba en el huerto, y que fueron seis ó siete. Refiriendo luego su fuga de Peñafior, dice que obedeció al temor de que sospechasen sus vecinos que tuviera participación en los crímenes. Con afectada naturalidad agrega que á pesar de haber dicho á su familia que se iba a Brasil, rióse desde el primer momento del efecto que su vuelta produciría en Peñafior. Regresó á este pueblo por haber leído en los periódicos que se habían descubierto tres cadáveres en el huerto, y se consideraba al Francés autor de los asesinatos. Y añade con ironía repugnante, dirigiéndose al fiscal: Ya comprenderá usted, ¿oye usted? que no iba á volver para dar mi cabeza al simpático verdugo, ¿oye usted? Venía á presentarme para demostrar mi inocencia y salvar á mis hijos de posibles disgustos; venía, en una palabra, á decir la verdad. a Dice que la Guardia civil hízole á fuerza de golpes declarar una porción de patrañas. Querían, agrega, que declarase hasta el color del calzado, sin tener en cuenta que yo no soy ni he sido nunca limpiabotas. Insiste en que hizo algunas manifestaciones que le perjudican porque los civiles, añade, me brearon á palos El procesado muéstrase tranquilo, dominando la situación. El fiscal, que fue quien instruyó el sumario, recuérdale que ante él declaró haber empleado el muñeco para realizar sus crímenes; pero Aldije no sabe ahora nada de esto. Habla atropelladamente, tratando de explicar aquellas declaraciones por la situación terrible en que se encontraba después de haber sido objeto de toda clase de burlas por más de 4.000 personas que salieron á recibirle cuando entró detenido en Peñafior. Afirma que, en tales condiciones y por evitarse los malos tratos de que era objeto, hubiera declarado que había asesinado á su padre. A nuevas preguntas del fiscal, procura involucrar las cuestiones, huyendo de cuanto le perjudica. El público acoge con rumores la actitud del procesado. Hasta las cinco de la tarde no ha ocurrido en la vista nada digno de mención. Aldije persiste en negar su participación en los hechos, á pesar de lo que tiene declarado