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A B C LUNES 26 DE FEBRERO DE c 9o6. PAG. 4. EDICIÓN i. El discurso del ilustre sabio fue un canto á la verdad, pero parte del auditorio sólo aplaudió en los crescendos; y en casi todas las obras musicales las bellezas no suelen ser más abundantes en los fuertes que en los pianos. A curarnos las contusiones fuimos todos por la tarde á la Castellana, donde la carcajada de la ficción pintoresca contestó á los arañazos desapiadados de ¡a verdad desnuda exhibida en la Zarzuela. El Carnaval fue animado; pero no modelo de alegría ni de buen gusto. Carrozas hubo muchas; pero notables, pocas. Estuvo á punto de acabar trágicamente con el incendio de una tribuna; pero el siniestro pudo evitarse á tiempo. Una nueva gracia de las serpentinas, que fueron las que consciente ó inconscientemente encendidas produjeron el pánico á ía caída de la tarde. ¿Desaparecerán desde hoy, según tiene ordenado el gobernador? También está prohibido el uso de los perfumadores y ayer se hizo un derroche de esas sorpresas sucias y molestas. Pero si en carrozas, en comparsas y aun en tribunas se observó algo de buen gusto, en cambio no hubo una máscara que revelase ingenio en su disfraz. Alguno hubo que reveló otra cosa. Vestía una túnica blanca, cuyo adorno consistía en murciélagos vivos, cosidos por las alas. El premio á este prójimo debió dividirse en dos lotes: la cárcel para el máscara y la cesantía para los agentes, de la autoridad que consintieron la exhibición de esta salvajada. Por la noche hubo cien bailes, todos concurridos y rebosantes de juventud y de alegría. Y la nota más Saliente y más simpática de la jornada fue la de que, no obstante la poderosa intervención que en ella tuvo Baco, el orden fue completo y no se registró ningún crimen de importancia. AEMECE tomar todos posesión de los amplios sillones y de las síüas. Cavia se marcha á un proscenio seguido de su fiei cubiculario. Alguien dice que ha visto entrar á D Francisco Giner y que le ha visto melerse en un rincón, apartado de todos, para oir á sus anchas en santa calma; otro trae la noticia de que Troyano acaba también de llegar. Son ya las once y cuarto; gentes que apenas salen de su vida diaria y pacifica aportan hoy, insólitamente, á esta asamblea. En torno de una mesa se han acomodado cuatro, seis, ocho taquígrafos; reclaman otra mesa los periodistas y es traída rápidamente, en volandas. Y en este momento, allá en el fondo de ¡a sala, una puerta se abre con estrépito y comienza á entrar corriendo, dando grandes trancos, una multitud que se posesiona de las butacas; en los palcos aparecen también muchedumbre de notas blancas de las caras que destacan sobre el fondo negro. rAhí está Gloria dice Moróle, que está sentado en la mesa presidencial; todos miramos y vemos de pie, esbelta, en una platea, á la condesita de Requena; detrás de ella aparece, y se acomoda junto al antepecho, doña Emilia Pardo Bazán... Y ya el conferenciante ha llegado también al teatro. Todo, palcos, patio, paraíso, pasillos de butacas, está completamente lleno, rebosante de espectadores. Que llamen á D. Miguel dice Junoy sentándose en el sillón presidencial y poniendo la chistera sobre la mesa. Transcurre un breve momento; aparece Unamuno rodeado de varios amigos y todos nos ponemos de pie; el orador pasa á colocarse detrás de su mesilla y una atronadora, una jigantesca salva de aplausos resuena en el teatro. Unamuno va sencillamente vestido, con el mismo traje que lleva siempre- -su terno de lanilla azul obscuro; -su sombrero es su sombrerillo flexible y semiesférico de siempre. El orador coloca su sombrero y sus notas sobre la mesa y permanece un instante de pie, mientras duran los largos y clamorosos aplausos, haciendo de cuando en cuando un ligera cortesía. Cuando el silencio se restablece, Junoy se pone de pie y dice: Señores voy á ser muy breve; me voy á limitar á hacer la presentación del sabio, del hombre bueno, del hombre amante de la verdad; ésta será la arenga más breve que he pronunciado en mi vida de revolucionario: ahí está Unamuno y vosotros estáis ansiosos de escucharle No ha dicho muchas más palabras Junoy; los aplausos que las han seguido se han disipado, y en medio de un silencio profundo, denso, Unamuno se ha levantado y ha dicho con voz limpia y clara: Españoles... No vamos á hacer un traslado puntual de todo lo que ha expuesto el conferenciante; no intentaremos tampoco hacer un extracto; éste es uno de esos discursos que han de ser leídos y pueden ser leídos íntegramente. Unamuno va hablando con sencillez, con afluencia; no es su oratoria la oratoria del Parlamento y del mitin; no es la oratoria inarticulada, seca, imperativa, uniforme; es algo fluido, familiar, incisivo, insinuante, que cambia á la par de la materia de que se trata y que es ironía unas veces, desdén otras, y otras audacia. El maestro va hablando sosegadamente y el auditorio le escucha Heno del más vivo, del más dramático interés; han transcurrido tres, cuatro ó cinco minutos; cuando el orador, aludiendo á los auditores de guerra que le escuchan, dice que él no quiere que se interpreten mal sus palabras y que supone que los que le hayan de oir tendrán bien ejercitadas sus entendederas estalla un aplauso unánime, ruidoso en la sala. Yo no diré- -añade después- -que odio al Ejército; yo no diré tampoco que lo amo. Odio la guerra porque la creo injusta. Otra formidable salva de aplausos corta la palabra al orador: el auditorio sigue sus frases ávidamente. Y ahora- -dice Unamuno- -voy á hablar de lo que se llama el militarismo. Se produce un movimiento de profunda ansiedad en la sala; el orador hace una pausa, que redobla la expeeración, y bebe entretanto un sorbo de agua. Y habla luego de la vida que en España hacen los militares, muy distinta de la hierática y exclusivista de las demás naciones, mezclados á los paisanos y conviviendo unos y otros familiarmente en loa casinos (los casinos, dice, donde sólo se encuentran (razares malamente educativos habla también de que, triunfe ésta ó la otra jurisdicción, el espíritu de los tiempos se impondrá á cualquier tribunal que haya de juzgar. Y al llegar á este punto, al hablar de ciertas presiones que pudieran hacerse, exclama: Eso no puede ser; porque podría sospe- charse que se trata de evitar la fiscalización de nuestros desastres. Pocas ovaciones hemos presenciado tan fervorosas, taji largas, tan repetidas coma la que ha seguido á esta frase; el teatro entero aplaudía y aclamaba a! orador; se oían voces más estentóreas que las demás que gritaban: ¡Duro! ¡Ahí duele! Y cuando los aplausos se iban desvaneciendo, allá en las alturas han voceado, creyendo fatigado al conferenciante: ¡Que descanse! Unamuno ha levantado los ojos al paraíso y ha replicado con voz incisiva: ¡Hoy no es tiempo de descansar en España! Y la ovación formidable y atronadora ha vuelto á comenzar. Repetimos que nos es imposible hacer un resumen de esta maravillosa oración. No ha sidc un discurso unilateral, hecho de acuerdo con las ideas ó las doctrinas de un partido, de una clase, de un grupo; ha sido una crítica de todo y para todos, hecha, con una admirable alteza espiritual, ante una masa popular cuyo ap auso, cuya aprobación no tenía para nada en cuenta el conferenciante. Tras áei militarismo ha llegado el orador con sus censuras á la Prensa; más tarde se ha ocupado del partido republicano (al que ha acusado de haber sido el que más ha adulado al Ejército en nuestro país luego se ha ocupado de los estudiantes y de las llamadas clases directoias: Estas clases- -dice- -que pasean el cuerpo en automóvil y el espíritu en carreta. J Y otra ovación inmensa corta el hilo de su discurso. Y no necesitaremos decir que el orador ha dedicado unas consideraciones á lo que él ha llamado rla mentira religiosa Y yo quiero terminar- -ha concluido su discurso diciendo- -yo quiero terminar diciéndoos con un apóstol, con San Pablo: ¡La verdad os hará Ubres Largo rato ha aplaudido fervorosamente el auditorio al orador. A la salida, una muchedumbre le ha seguido un buen trecho aclamándole. Hablar- -dice Tomás Carlyle- -si no es como preparación al trabajo, no vale nada. ¡Que las palabras del maestro caigan en los co razones amigos y fructifiquen! AZOR 1 N LA CONFERENCIA DE UNAMUNO A las once la multitud se agolpaba ante las puertas cerradas del teatro; hemos hecho un esfuerzo enorme para llegar á la puertecilla que conduce al escenario; todos querían entrar; nos pedían invitaciones para el acto; reclamaban que se dejase la entrada franca. En el escenario, cuando hemos llegado, colocaban ante la concha la pequeña mesa y el sillón que habían de servir al conferenciante. Había una penumbra grata; allá en lo alto, en el techo de la spla, lucían con una débil claror las redondas lucarnas. Unos mozos de servicio discutían sobre dónde se había de colocar la mesa para los periodistas; se ha puesto al cabo á la izquierda; á la derecha se ha colocado otra Jarga mesa cubierta con tapete rojo y unos amplios sillones también bermejos. Ya comenzaba á llenarse de gente el escenario; un señor envuelto en una castiza capa entra lentamente y se detiene ante la roja mesa presidencial; es Mariano de Cavia; Junoy- -el presidente- -va de una parte á otra dando órdenes. Junoy está desconocido; nos llena á todos de estupefacción: lleva, como cosa inaudita, excepcional, un sombrero de copa y viste levita correctísima. Se oyen gritos rápidos en el escenario mandando traer otras mesas; comenzamos á EL DÍA DE HOY CULTOS. Santos de hoy: Santos Néstor, obispo; Papias, Diódoro, Conon, Claudíano, Fortunato y Félix, mártires; Alejandro, Faustiniano, Porfirio y Andrés, obispo, y Víctor, confesores. La Misa y Oficio divino son de Santa Martina con rito semidoble y color rojo. Se gana el Jubileo de las Cuarenta Horas en el Oratorio deL Caballero de Gracia. Visita de la Corte de María: Nuestra Señora del Buen Parto, en San Luis; de la Esperanza, en San tiago, ó del Sagrado Corazón de Jesús, en las Ni ñas de Leganés. TIEMPO. Probable: Variable. La temperatura en Madrid en las últimas veinticuatro horas, ha sido: Máxima, 15,8 grados. Mí nima, 3,6 Invierno hasta el ai de Marzo, que empieza la Primavera. ENTIERROS. El de D. Jerónimo de Robador y Herrán, á ¡as diez de ia mañana, desde la calle del Prado, núm. 24, á la Sacramental de San Justo. ESTRENOS. En U Princesa- Mala cabeza.