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Al principio las había comenzado Ramuncho por divertirse, p o r echárselas de valiente, como hacen la mayor parte de los jóvenes, al igual que empezaba ahora mismo su amigo A r r a k o a al figurar en la partida de aquella noche; después, poco á poco había sido una necesidad continua en él la aventura en medio de las negras sombras, y abandonó, más cada vez, p o r este oficio peligroso, el taller de carpintería, á pleno aire, á que ella le había llevado de aprendiz á cortar listones de los troncos de encina para los cielos rasos de los techos. H e aquí en lo que se trocara la vida del pequeño Ramuncho, en otro tiempo tan cuidado en finos pañales, y p o r el que fantásticamente la p o b r e madre había concebido tantos sueños de grandeza: era contrabandista... Contrabandista y jugador de pelota; dos oficios cualesquiera que se unen muchas veces en algunos jóvenes del pueblo vasco. Francisca dudaba, sin embargo, todavía en dejarle seguir esa vida peligrosa. N o desdeñaba á los contrabandistas, no; su padre lo había sido, sus dos hermanos también; uno murió de un tiro en la frente, disparado desde la frontera española, una noche que atravesaba el Bidasoa á nado; el otro hubo de tener que refugiarse en América, huyendo de la cárcel de Bayona; á los dos se les respetó por su audacia y por su fuerza... N o pero él, Ramuncho, el hijo del extranjero, sin duda que hu- jas de esos plátanos podados- para que se entrecrucen en bóveda y que, según la costumbre del país, forman una especie de atrio delante de las casas. La severa Francisca, pálida y tiesa entre sus vestíaos negros, reconoció de lejos los pasos de su hijo; era la mujer que en otro tiempo había amado y seguido al extranjero; la que después, vislumbrando el abandono p r ó ximo, volvió valerosamente á su aldea para habitar sola la casa en ruinas de sus padres muertos. A quedarse en a ciudad populosa, allá lejos, sufriendo y mendigando, prefirió partir, renunciar á todo, hacer un simple aldeano del pequeño Ramuncho, que había entrado en su vivir de niño envuelto en ropas bordadas de blancas sedas. D e esto hacía ya quince años, quince años que volvip al pueblo, clandestinamente, en un anochecer parecido al de ahora. Durante los primeros meses, muda y altanera con sus amigas de la infancia, p o r temor á sus desaires, n o salía más que para ir á la iglesia, con la mantilla de vuelo negra, baja hasta los ojos. Después, á la larga, satisfecha la curiosidad del vecindario, había vuelto á sus costumbres antiguas, decidida á arrostrar las consecuencias de su extravío y tan irreprochable al mismo tiempo en su conducta, que todos la perdonaban. Al recibir y abrazar á su hijo sonrió de alegría y ternura; pero silenciosos ambos p o r naturaleza, recogidos en su interior, no atreviéndose á decirse lo que decir querían. El se sentó en su sitio acostumbrado á comer la sops y otro plato humeante que ella le sirvió sin hablar. La cocina. limpiamente blanqueada, se alegraba con el resplandor dorado de las llamas, devorando, bajo una chimenea alta y ancha, adornada con una cenefa de indiana blanca, un montón de ramas secas. E n cuadros, colga dos con simetría, había imágenes que recordaban la primera comunión de Ramuncho, y otros de santos y santas