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BENEDICTINOS ÚNICO DEPÓSITO EN MADB LHARDY, Carrera de San Jerdpímo, ÚNICOS DEPOSITAEIOS EN BUENOS AJRE 8 6 VALE NÚM. 47 Sres. GARCÍA HERMANOS Y CARBÁLLO Almacén EL. IMPARCIAX Victoria, 1.001 O2 BÍBUOTECA DE A B C A C M E Q A C Í O N Y AMOR 2o3 En el momento de la procesión he visto pasar a Jaco ba; gruesas lágrimas corrían por sus arrugadas mejillas; he comprendido en seguida que algo grave había sucedido al Sr. Onesimo. jCon qué angustia he aguardado el final de la misal Como siempre, hemos salido las últimas de la iglesia; mamá encuentra que eso es de buen tono, porque al hacerlo demostramos que no nos ocupamos de los quehaceres de la casa. Yo tenía, á la vez, miedo y prisa. Jacoba estaba todavía cerca de la pila de agua bendita, tn un grupo de mujeres á quienes contaba su pena. M? perqué y oí estas palabras: -Sí, es cierto; ha dado la orden de vender la casa y todo lo que le queda, y de que le enviemos el dinevo. Ha perdido mucho; ha estado muy enfermo con fiebres de las que abundan en aquellas países. Una mujer le ha dicho: -Escríbale usted que vuelva; dejará sus huesos allí. -No lo conoce usted- -ha contestado Jacoba; -preferirá morirse á... No he oído más; mamá, que andaba delante, al ver que no la seguía lia vueito la cabeza y he tenido que alcanzarla 1 y de Si le dijera esto, papá contestaría que SJ; pero mama... mamá no querrá nunca... Vaya, mañana lo haré. 20 de gasto. Hoy también rué ha faltado valor. ¡Oh, qué cobarde soy! 2 5 de Agosto. Nada he dicho todavía; voy á misa todas las mañarrs, vezo por él, vuelvo á la iglesia por la tarde; únicamente allí es donde encuentro alguna calma. Papá está preocupado con mi devoción; le he oído decir á mamá: -Es demasiado piadosa, demasiado juiciosa; y aae más está triste, pálida, no quiere casarse. ¿Qué será di nosotros cuando nos deje... Quiero que siga cen ese temor; quizá así sea más fá cil convencerle. 5 de Septiembre. No quiero que muera allí. El remordimiento se apodera de mí; día y noche tengo horribles pesadillas, le veo tendido sin vida. Quiero hablarle á mi padre, echarme á sus píes, suplicarle. Le diré: -Sólo un hombre hay en el mundo, aunque no haya querido nunca confesárselo, que ame á Micaelita apasionadamente; ha comprometido por ella su salud, su fortuna, su vida; será para ti un hijo respetuoso; jugará contigo al ajedrez; escríbele que vuelva y aeremos todos felices Q. ué emoción! No sé qué creer. Esta imñana, al salir de misa, he ido al cementerio. Voy allí muy á menudo. Rezo arrodillada, las manos juntas, ante el sepulcro de la santa condesa; le ruego que me proteja, que le salve. Esta vez había sido tan ardiente mi ruego, que no oí unos pasos que se acareaban. Reprimí un grito: era ei conde de Varsange. Creí que había venido para anunciarme la muerte de su amigo, y con un gesto de espanto alargué hacia é! mis manos juntas, gritando: -Por piedad, no me lo diga usted; sé que es mía la culpa y me moriré de remordimiento. Se adelantó hacia mí: ¡Pobre niña, qué pálida está! Sosiégúese usted; no traigo ninguna mala noticia. ¿Es cierto? -Le doy á usted mi palabra