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DE COMO EL BARÓN, BUSCANDO DISTRACCIONES, SE DISTRAJO EN EFECTO, Y LO QUE LE SUCEDIÓ CON UN LEÓN Y UN COCODRILO Ale hallaba en Algeciras aburrido, cosa que alguna vez me ha sucedido. Mas cuando así rae veo procuro distraerme y me decido y me mando á paseo. M e obedecí: cogí el bastón, y andando... andando, andando, andando... á la ventura, con el rumbo incierto, yo no sé cómo, me encontré en el puerto, y no sé cómo, me metí en un barco, y no sé cómo, atravesando el charco, en África me vi... junto al desierto. Como no me esperaba aquel gran viaje y me hallaba sin armas ni equipaje y en un lugar extraño... francamente, eché á correr precipitadamente; corría, y de repente un rugido escuché de gran fiereza, y al volver la cabeza vi, por desdicha mía, ¡que era un fiero león que me seguía! Sin más armas que un palo, juzgué que la defensa era imposible; dije con altivez: ¡Esto va malo! ¡y di á correr de un modo indescriptible! Nadie ha visto correr por el estilo. ¡De pronto se presenta un cocodrilol Delante el cocodrilo me esperaba, por detrás el león me perseguía; cada vez más el uno adelantaba, cada vez más la boca el otro abría. Yo estaba entre los dos... ¡feroz instantel ¡horrible por detrás y por delante! El cocodrilo, al verme ya cercano, abrió de par en par la boca horrible; el león africano, encogiendo su cuerpo, ya el terrible saltó dio y... con angustia y con anhelo tuve el talento de arrojarme al suelo. El león, que con rauda ligereza en el aire ya estaba, pasando sobre mí dio de cabeza en la boca del otro que aguardaba. Cerróla al punto el cocodrilo y ¡claro! cortó el cuello al león, y entonces yo no tuve ya reparo y agarré mi bastón, y empujando, empujando del león la cabeza, antes de que pudiera irla mascando se la hacía tragar en una pieza, hasta que pude ahogar a! cocodrilo, ¡y entonces... me quedé yo tan tranquilo! C. L. C. LOS BUENOS AMIGOS CUENTO MORAL J uan y Pepe eran íntimos amigos, y aunque la posición de sus respectivas familias era muy diferente, existía entre ellos tan recíproca simpatía, que en la escuela á que ambos asistían los llamaban los inseparables. La escuela, el hogar de la ciencia, funde con su benéfico calor todas las clases de la sociedad en una sola; desaparece la idea de la familia aristocrática ó plebeya, rica ó pobre, ante la única que allí existe: allí no son todos más que condiscípulos. Tenía Juan diez años y Pepe nueve, y en su corta edad sentían sus almas en tan alto grado la amistad sincera, que hubiera podido servir de admirable ejemplo á personas formales su leal afecto. Hemos dicho que la posición de las familias era muy distinta, y debemos añadir que la más afortunada era la de Juan, pues si bien no estaba en la opulencia, vivía con mucho desahogo, mientras la del pobre Pepe se hallaba en H escasez, rodeada de privaciones y necesidades. En las muchas relaciones que sus padres sostenían con familias distinguidas de la corte, contaba Juan con amigos, y aunque todos ellos se presentaban con mejores trajes que Pepe y tenían abundancia de juguetes y golosinas, ninguno le era tan simpático como éste, siendo su mayor placer ir á su humilde casa lo más frecuentemente que le era posible. N o eran idénticas las aficiones de ambos niños; pero su unión y buena armonía les hacían prestarse gustosos á sus respectivos deseos, siendo muy general que en sus entrevistas se jugase de bien diversa manera. Tal vez después de decir misa y recorrer los pasillos procesionalmente, solía representarse una comedia, y en otras ocasiones, después de un sermón ensalzando las ventajas de la paz, se daba una reñida batalla. Excusamos decir que con esta unión y leal cariño, los dos niños eran felices y pasaban juntos deliciosos ratos; peto como en todas las edades y condiciones de la vida viene siempre la amargura á demostrar lo efímero de la felicidad de este mundo, no tardó en presentarse una nube que veló ls brillante claridad de aquel cielo de su alegría. Pepe cayó en cama, y su cuerpo fue todo invadido de lo peligrosa enfermedad de la viruela. Mucho afligía á su buen amigo. Juan la dolencia de Pepito, que le proporcionaba cruel sufrimiento; pero aún fue más grande la pena que experimentó su alma al verse privado áz verle, pues su familia, temiendo el contagio de la enfermedad, prohibió á Juan ir á casa de su compañero, dando órdenes terminantes á los criados para que no le llevaran aunqu? lo pidiese. Por si eran pocas las amarguras que Juan sentía con este motivo, vino á aumentarlas la idea de la pobreza de Pepe, que no permitiría á su familia tener un buen médico pava asistirle en un mal tan peligroso, y temía su tierno corazón por la existencia de aquella criatura á quien tan de veras estimaba. Una tarde entró Juan en el despacho de su padre y le dijo: -Papá, como me veo privado de la compañía de mi amiguito, á cuya casa no queréis que vaya, y yo estaba acostumbrado á jugar con él siempre, no puedes figurarte lo triste y aburrido que estoy estos días, y si tú quisieras que me llevaran á casa de mi tío, me distraería jugando con mis pumos en el jardín. -Como quieras, hijo mío, le respondió el padre; es muy justo lo que deseas, así te distraerás; y dio orden á un criado 1 para que acompañase al niño á casa de su tío. Fueron, con efecto, y en cuanto el criado le dejó en la casa, antes de ir al jardín en busca de sus primos, se dírig ó al gabinete de su tío Santiago, que era uno de los médicos de más fama en Madrid, entablándose entre tío y sobrino e) diálogo siguiente: -Hola, buen mozo, ¿qué traes de bueno? ¡lina desgracia muy grande, tío! ¡Canario! ¿qué ocurre? ¿Hay alguien enfermo en tu asa? -N o señor. -Entonces, menos mal; sepamos qué es ello. -lin favor muy grande que necesito de usted. ¿Tú? ¿Qué gran favor es ese? -Que se venga usted conmigo inmediatamente. -Eso sí que es difícil, querido, porque precisamente ahora va á empezar la hora de la consulta, y en ¿oda la tarde no puedo moverme de aquí. -Pues es preciso. ¡Preciso, preciso! ¿Qué pasa, canario? -Que jugando... he herido á un niño. ¡Caracoles! ¿Esas tenemos? -Está en casa de un amigo, y es preciso que antes de ir á la suya le vea usted, porque yo no sé si es muy grave U herida. ¡El diablo son estos chicos! ¡A ver, el coche inmediatamente! ¡Ay, tío! ¿llegaremos á tiempo para salvarle? -Calla, calla, tunante, y vamos corriendo. Se llegaron á casa del supuesto herido, que no era otro que Pepe, y al llegar á la puerta de la alcoba, arrodillándose Juan ante su tío, le dijo: