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A B C DOMINGO 8 DE FHBHT 5 RO DE 1906. PAG. 4. EDICIÓN i. Y nada más. Amagos ó anuncios de han sido castigados, ¿se pretenderá- -dice el huelgas para la semana próxima, y una Sr. Alvarez- -que un tribunal militar nos insparcial y efectiva de cocheros, que ape- pire más confianza que un tribuna! ordinario? Nos dreadaron á los vehículos de la cochera entra á vemos forzados á condensar; ellaorador seguida defender la Prensa; cuyos servicios abandonaron. Sólo les sa no puede ser állevada á una jurisdicción Prenexenfalta eso á los coches de alquiler que dis- ta; es un instrumento de cultura popular y sólo frutamos en Madrid para acabar de res- los tribunales populares deben entender en sus taurarse: unas cuantas pedradas... ¡y so- delitos. Y es inútil, aparte de esto, que pensemos en que el Ejército entienda en juzgar y licitamos los funerarios! penar los delitos que contra el Ejército se coAEMECE La gentil doncella se considera ya comprometida para siempre, pues el vasco se respeta lo bastante para no caer en el perjurio, y ha biendo respirado el aire del pais de la fidelidad, D Alfonso X 1 S 1 y Ena de Battenberg no pueden temer ninguna ruptura en el porvenir. IMPRESIONES PARLAMENTARIAS M ELQUÍADES No es posible ofrecer ALVAREZ en pocas líneas un trasunto completo del discurso que en la tarde de ayer pronunció en la Cámara el Sr. Alvarez; esta oración parlamentaria es una maravillosa obra de elocuencia y de patriotismo. Cuando el gran orador se inclinó marcadamente sobre el respaldo del asiento delantero y dijo: Señores diputados se hizo un silencio súbito, profundo, en el salón; un cambio radicalísimo pudimos observar en la concurrencia; hallábase el auditorio cansado, abrumado, por los discursos anteriores, y de repente en todos los rostros se pintó la más viva ansiedad, y todos tos bustos lacios y fatigados se irguieron en los asientos. Y el Sr. Alvarez fue hablando poco á poco, con entonación suave, insinuante; él se proponía ser sincero, pero él quería que esta sinceridad fuese hermanada con una exquisita discreción. Quiero saber- -añadía el orador- -qué motivos ha tenido el Gobierno para ta presentación del proyecto que se discute; en el país se habla de muchas cosas; corren los más extraños rumores, y es preciso que aquí, en el Parlamento, quede todo aclarado. La voz del Sr. Alvarez ha ido subiendo gradualmente de punto; ya es recia, amplia y cubre y domina toda la sala. Y ya estos ademanes discretos con que al comienzo acompañaba á sus palabras el orador, son enérgicos, vibrantes, rotundos. El orador ha entrado ya en esta fiebre- -que todos los artistas conocen, -que ha de poseerle durante una hora y que ha de dictarle, hechas en la región de lo subconsciente, redondas, enteras, como esculpidas, sus más hermosas frases... metan. Siempre que una clase social, que un grupo, que una institución ha monopolizado la justicia, han surgido muchedumbre de desenfrenos é iniquidades. Y estas iniquidades- -continúa el orador- -no hacen sino volver la opinión en masa, ardientemente, contra la tal institución que se ha abrogado la justicia. La condenación de Dreyfus ha levantado en Francia el clamor antimilitarista; las condenas militares de los socialistas italianos, han provocado en Italia una profunda hostilidad contra el Ejército. ¿Y queréis vosotros que aquí, donde no había antimilitarismo, se forme, como secuela de condenas injustas, un ambiente de odio, de irreductible aversión al Ejército? exclama el orador. ¡Yo no lo quiero- -grita después- -y por eso me opongo á la aprobación de ese proyecto! Algunas frases más sobre su amor á la libertad, sobre su deseo de que en España se implante una política amplia, progresiva, de bienestar, de tolerancia, y el orador termina su discurso. Una hora próximamente ha estado hablando el gran orador; no ha habido en su frase fluidísima, limpia, cristalina, ni una digresión, ni un desmayo, ni una palabra de mal gusto. Eí auditorio escuchaba suspenso el admirable discurso. De obra patriótica lo hemos calificado al principio. Quiero la unión del Ejército y del pueblo- -ha dicho en resumen Melquíades Alvarez; -sin Jal consorcio es imposible pensar en patriotismo; y por que amo al Ejército, me opongo á que una ley injusta haga surgir el antimilitarismo. Toda la Cámara elogiaba, al acabar la sesión, esta obra de valiente civismo. Nosotros hemos procurado reflejar con imparcialidad el pensamiento del insigne orador. AZ 0 R 1 N SOBRE LA CONFERENCIA CUEÑO Ó REA- Al terminar el día, que L 1 DAD fue para mí de ruda labor consultando notas, periódicos, libros y mapas, muy preocupado por el desacuerdo entre Francia y Alemania en el asunto de 1 organización de la policía interior ds Marruecos, no puede por menos de pensar en la única solución posible del problema, solución que todos podrían aceptar sin desdoro, y cuyo pensamiento, si no se debe á M r Revoil, fue acogido por él con entusiasmo en un día de Julio de 190! Salvado ya tan gran escollo, á mi memoria se presentó una dificultad mayor, en la que hasta aquí nadie ha pensado seriamente, y ensimismado, fatigadisimo el cerebro, decayeron mis fuerzas, los párpados se cerraron á mi pesar y me quedé profundamente dormido. Encontréme en Tánger, como años atrás, en mi dispensario, al que asistían centenares de moros de todas partes del Imperio, cuando entró un soldado del gobernador de las afueras de la ciudad; iba á rogarme que, montando en una hermosa muía, que al efecto me traía, pasase á una huerta situada en el camino de Tetuán, en la que se hallaba herido uno de los más entusiastas defensores del baxa Sid Amed ben Abdalá el Raisuli. Dos horas después, ya terminada mi misión, me encontraba sentado en un delicioso lugar, desde el que se contemplaba la bahía de Tánger, apurando una infusión de té aromatizado con otras plantas y un ámbar riquísimo con que me obsequiaba el caudillo que tanto ha dado que hacer y aue decir de pocos años á esta parte. -Habla, Tebib- -decía, -habla sin temor, dime lo que de mí piensan los que están al otro lado deí Estrecho; ya sé que de mí, como de ningún creyente, lo han de hacer con agrado. -Estás bien informado; allí no se comprenden como aquí las cosas, y saben que te has rebelado contra el Sultán, que te has apoderado de bienes que no son tuyos, que has secuestrado personas y has obtenido por su rescate dinero y poder, y que por la fuerza de las circunstancias te has nombrado autoridad, cuando eres... ¿Un bandido? Pues sí; pero de eso que dices sóio es cierto la mitad; me rebelé contra el Sultán porque sus gobernadores fueron injustos con mis hermanos; porque me llenaron de martirios durante cuatro años en la isla de Mogador; porque cuando volví, gracias á Sid Mohamed Torres, me encontré con que el nuzvo gobernador de Tánger, inepto y cruel, había pasado á cuchillo á mis amigos y parientes de Arcila, y si secuestré á Harris y á Perdícaris fue para demostrar que el Hach- Abd- esSelam era irn baxa inútil, y si pedí dinero fue porque sabía quién había de pagarlo: primero, el Maghzen; después de éste, el gobernador, que tanto daño me había hecho; además, sor artificios de la guerra y de ellos me aproveché como lo hacen todos los que guerrean. ¿Y no temes- -le pregunté- -que tú y algunos como tú, seáis la causa ó el pretexto de que el mundo civilizado se reúna en Algecirsu para traer la paz á este desdichado país? ¡Pero si nosotros nos encontramos bieí. 25 U- -me interrumpió. -Además, en Álgecirsts no harán nada, porque no han contado con El proyecto de que se trata- -dice el orador- -no responde á una necesidad natural. ¡No; -grita el Sr. Alvarez- -responde á un Oegún la Prensa de París, la nota en estos capricho de aquel elemento en quien encarna momentos de la vida de las princesas de la fuerza! ¡No hay nadie á estas horas en Battenberg, es el recogimiento. España- -añade vibrando de pasión- -que no Guardan luto al rey Christian, y la gentil crea que ese proyecto es el fruto bastardo de princesa Ena, atenta, sin duda, á muy inmeuna revolución incruenta! ¡Yo no puedo diatos cambios de íntimos sentimientos, á que creer- -agrega después- -que ese Ejército tan la ¡leva antigua vocación, busca gustosa eí poésumiso, tan fiel, á quien ni aun las vergüenzas tico retiro de Versalles. de Cuba lograron quebrantar, se coloque en Las augustas damas reciben á muy pocas una actitud de indisciplina! ¡Nadie ha creído personas en estos días. que la indisciplina ha existido! ataja al señor Por las tardes ó por las mañanas suele verAlvarez el señor general Luque. El orador se se su automóvil en el camino de París. detiene un momento y alude luego al telegrama Todos los días van desde París á Versalles que el Sr. Luque envió á Barcelona. ¡Felici- á visitarlas dos distinguidos diplomáticos estaba a! capitán genetal por haber restablecido pañoles: el consejero de la embajada de Lonla disciplina! grita e! Sr. Luque. Y en toda dres, señor marqués de Villalobar, y el agrela Cámara se producen grandes, clamorosos gado de. la embajada en París, Sr. Quiñones murmullos y risas, ante esta ingenuidad del de León. señor ministro de la Guerra. Y el Sr. Alvarez El marqués de Vülalobar, después de pasar entra ¡uego á relatar lo sucedido en Barcelona. cuarenta y ocho horas en a capital de Ingla ¿No creéis- -pregunta- -que es un acto de se- (terra, regresó hace cuatro días á París. dición el realizado por aquellos oficiales a! peUn periodista francés hace notsr que su manetrar en las redacciones de los periódicos? jestad el Rey D. Alfonso XÍII y su prometida ¿No era un acto de sedición el realizado por la princesa Ena de Battenberg, han hecho mula oficialidad de Alcoy, escarnecida, injuriada, chas excursiones por el país vasco. es cierto y yo lo condeno, pero tomándose ¡a ¿Es esto un símbolo para los jóvenes enajusticia por su mano? La indisciplina tiene morados? más trascendencia, es más funesta que los ataAsí lo asegura el indicado periódico, pues ques al Ejército que con elia se trata de repridice que aquel país es el país de la fe jurada y mir; es un incentivo al desorázn; se siembra nada en el mundo puede separar á los que en con ella la desconfianza. Y sí estos hechos no Vasconia se prometen mutuamente fidelidad. LA PRINCESA ENA