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A R C. 11 DE FEBRERO DE roo 6. PA. G 7. EDICIÓN de una ci iíis mota hTzn ánimo y busca sosiego en 1O Í p nsimieníos grandes. No hay mejor sedante para los dolores morales que la conciencia de haber cumplido un deber y no merecer esta pena que á todos los mortales inos fue impuesta. -Es cierto; hay que huir, como aconseja el maestro, del, pesimismo que envilece y aniquila... -Ese es el padre de las malas ideas que condricen á la muerte... -La vida se engendra y se vigoriza con el amor y la esperanza. EL DOCTOR FAUSTO CRON 1 QU 1 LLAS I Í N DI A A CA- Anteayer sábado encon RROZ S tré sobre mi mesa dos invitaciones bien distintas. Una para asistir el domingo, á tas diez de su mañana, al entierro de un lejano pariente; otra para visitar por la tarde, en unos solares, la carroza que lucirán n Carnaval unos alegres amigos míos. Sólo en un mes loco de remate, como e! mes actual, pueden ofrecerse á un hombre ocupaciones tan opuestas. Claro es que, cayendo en Febrero los carnavales y las heladas, tan lógico es que una persona se muera como que se disfrace; pero no obstante, hay que confesar que los dos quehaceres en que me vi obligado á repartir el día, no casaban muy bien. Sin embargo, k ambas citas acudí con punualidad. Lo que aún ignoro es en cuál de ellas Jo pasé peoi. Yo creo queme gustó más el entierro que la visita al solar. Y esto no es amor á la paradoja, esto es consecuencia de la más imparcial observación. Un entierro al uso tiene mucho de molesto y de doloroso; pero también, en una templada maraña de sol, algo de agradable. Sacrificios muy grandes impore la triste ceíemonia. Levantarse temprano, vestirse de luto, pagar un dineral al cochero y oír las vulgaridades que las gentes prodigan en tales casos, son actos enojosos, aunque ninguno de ellos tan terrible como el de la fúnebre toilette. Este es verdaderamente insufrible. Todos los hombres tenemos para estas ocasiones una corbata negra y un par de guantes del mismo color, pero ¿es seguro encontrar ambas cosas cuando se las buso? ¿Quién de vosotros no ha maldecido de las conveniencias sociales mientras cepillabais ¡a vieja chistera, elegíais el pantalón más obscui iio y se os saltaba el negro botón del cuello de la camisa? Por semejantes torturas pasé yo, antes de ponerme enfila detrás de los restos de mi pariente. Y confieso que todo este preámbulo me disgustó en extremo. Pero ya en mareba, observé que en mi coche entraba un rayo de sol que calentaba el ambiente y alegraba el árido paisaje Vi en los otros carruajes, amigos del muerto que charlaban entre sí sin gian pena, y noté en sus rostros cierta satisfacción de no verse todavía desempeñando el papel de protagonistas en aquel drama. El hombre, egoísta siempre, loes más cuando ve que un semejante suyo pierde la vida. Aganase entonces á ella con mayor ansia y parece pensar: A Ti te ha tocado antes jVaya por Dios! Si a esto se suma un poco de aura primaveial, un tibio dardo de so entonces la alegría de vivir aparece y no es extraño verla retratada en los concurrentes al cementerio, Yo experimenté todo esto. Los jardinillos del camposanto me parecieron risueños. La vista de Madrid desde los altos terrenos de ¡a Necrópolis, tenia sujestivo encanto. Hasta la carroza fúnebre parada junto á la verja y ya sin el cadáver, alzaba alegremente al sol sus penachos de plumas. Os aseguro que cumplido mi deber volví á casa tonificado, y almorcé con apetito. El espectáculo de la tarde fue cosa diferente. En un paitado solar del barrio de Sala- manca, tres ó cuatro señoritos bien vestidos giraban en torno de un asqueroso camión, forrado de percalina encarnada. Uno de estos hombres, vestido de chaquet y con una jicara en la mano, cubría á golpe de pincel unos escudos de madera. Otro joven cosía en los ángulos de la carroza flores de trapo y pedía á cada paso hilo para enhebrar su aguja. Los demás amigos contemplaban la obra y daban ideas para su mejor éxito. Un vientecillo frío movía todo aquel ostentoso conjunto que revelaba pobreza y mal gusto. Los panes de oro se desprendían de los emblemas y sus doradas hebrillas temblaban como dotadas de nervios. Las percalinas, levantadas por el aire, plegábanse sobre sí mismas, dejando ver las toscas ruedas del grosero carro. La luz era la triste, del crepúsculo. Los hombres sujetaban sus sombreros en lucha con el viento, y los faldones de sus levitas bailaban al compás de los trapos de colores. ¿Qué te parece? -me preguntó el amigo que me había invitado. -Muy bien- -le contesté por decir algo, alejándome con prisa de aquella carroza, más triste y desconsoladora que la que había, por la mañana, separado á mi pariente, para siempre, de los hombres que gastan su dinero y sus energías en disfrazarse de sardina ó en construir un carro griego con percal y papel de seda... Y este fue mi día de ayer. Un día dedicado á contemplar dos carrozas, no sé si ambas fúnebres ó ambas carnavalescas. Luis DE TAPIA EN ASTUD 1 LLO POR TELÉGRAFO I nauguración de una fábrica de electricidad. Mstudilío, 1 1, 6 í. Vencidas las innumerables dificultades que se oponían á la realización de las obras, mañana se verificará solemnemente la bendición de las máquinas que han de producir el alumbrado eléctrico de esta villa, inaugurándose la fábrica al mismo tiempo oficialmente, con asistencia de las autoridades locales. El propietario de la fábrica, D. Ángel España, recibe muchas felicitaciones. seguimos siendo salvajes en materias amorosas. ¿Salvajes? ¡Mucho peor! Nuestros queridos abuelos nunca matan por amor, ni se desvelan por celos; y si el caso se presenta nos llevan cierta ventaja... ¡Se comen á la parienta, mas no esgrimen la navaja! ¡Son los hombres superiores los que furiosos la esgiimen, y el templo de los amores manchan con sangre del crimen Y ya que en tal ocasión de tal modo se entretienen, dudemos de la razón de los seres que la tienen. Puede que á muchos asombre, pero, al ver estas molestias, yo sobre el amor del hombre pongo el amor ds las bestias. Se ven, se buscan, se estimai con afecto se conducen, se acudan y se aproximan, se juntan, se repioducen... Y- con la ley natural, cumpliendo- sin más deslices, por su lado cada cual, van contentos y felices. Ni sus pechos se arrebatan, ni se encelan, ni se insultan, ni se pegan, ni se matan, ni sus disgustos abultan; y sin riñas y sin voces, en un momento apurado, con un simple par de coces queda el asunto arreglado. t Bíen hacen los animales! De ellos, á mi parecer, en asuntos pasionales el hombre puede aprender... Así yo, aunque racional, cuando tengo una pasión, amo como un animal... ¡Dicho sea con perdón! G 11 PA RADO DE PALACIO S. M el Rey pasó el día ae ayer cazando en Aranjuez, acomparado del mirqués de Ja Mina, el conde de San Román y los señores Maura (D. Antonio) Líniers, Caro, Alabern, Zarco del Valle y Quiroga (D. Diego) D. Jacinto Martos, que estaba invitado poi S. M no pudo asistir por hallarse enfermo. D. Alfonso fue desde Palacio en el automóvil de 35 caballos, y desde la estación del Mediodía en tren especial con todos los expedicionarios. Al llegar á Aranjuez saludaron al Monarcf las autoridades, comisiones militares y varias distinguidas- personas. Inmediatamente tomaron los cazadores varios coches, dirigiéndose al cuartel llamado Miraflores en el jardín del Príncipe. Durante el día se dieron siete batidas, cobrándose 304 faisanes y varias chochas. Los cazadores almorzaron á mediodía. Al anochecer regresaron á la corte S. M e H Rey y sus distinguidos acompañantes, sumamente complacidos todos del resultado de la El infante D. Fernando ha demorado su viaje a Copenhague, por habeise tetrasado ios funerales de Christian IX. El encargado de Negocios de Dinamarca, Sr. Gamborg Andressen, oTiecio ayer sus itspetos á SS. AA. los infantes don 1 M. UJ I 1 resa y D. Fernando. G ACET 1 LLA RIMADA. PASIONAL jSocorro! Un tiro! ¡Favor! Señores, no ha sido nada... ¡Fue un hombre, Heno de amor, que atentó contra su amada! Para que Cupido ejerza su noble imperio soñado, hay que imponerlo á la fuerza si no quiere de buen grado... Y así la monotonía de la vida nacional se rompe... ¡No pasa día sin un crimen pasional! Tiene, en verdad, poco chiste ver en estas ocasiones de qué manera tan triste se terminan ¡as pasiones. Pues las eternas delicias por los amantes soñadas no son besos y caricias, ¡son tiros ó puñaladas! ¡Sangre! ¡Exterminio! ¡Quéhoiror! ¡Los tórtolos criminales! ¡Qué bromas gasta el amor en los seres racionales! Resulta que, aunque el Jurado comprenda el crimen y absuelva el hombre civilizado sigue viviendo en la selva. Pese á los libros, los trajes, la religión y otras cosas,