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Oigo algo de lo que dicen: -P e s a bien tus palabras, no te apresures demasiado al contestar; ten dignidad. ¿Y p o r qué no proceder á la buena de Dios? -P o r q u e eso no se hace. Debes hablar también del domicilio conyugal, de dónde irán á vivir. N o quiero que nuestra Micaelita corra de guarnición en guarnición- ¿P e r o si tiene empeño en no dejar su carrera? -H a z l e comprender que eres bastante rico para permitirte el lujo de un yerno que no haga nada. D e todos modos, haz reservas para los veranos. ¡Qué sería de nosotros sin nuestra hija en este inmenso castillo! -Puedes estar tranquila. P e r o no me parece que sea fácil imponerle algo que no le guste. -Q u é quieres, es un gran señor y te intimida. Y papá, ahuecando la voz prosigue: -U n hombre vale lo que otro h o m b r e Nadie me intimida. N o tengo miedo. En el fondo no está tranquilo. Teme disgustar al conde ó descontentar á mnmá. Se ha puesto una levita nueva; mamá también se ha vestido con una hermosa bata de casa; están consternados porque tengo puesto mi traje de siempre, un poco pasado de moda, un poco ajado, j A h si supieran! 7 de j P o b r e pnpá! ¡Pobre mamá! ¡Qué iiorrorosa desilusión! Eí conde de Varsange ha venido y no se ha mente grnerosa para renunciar á esa ridicula bambolla, tendrá bastante valor para ir hacia ti y vencer los obstáculos que os separan? ¿Lo crees? ¿Lo esperas? -No, P e d r o no lo espero, no lo c r e o -E n t o n c e s tienes que irte, no verla más. No verla más! ¿Es esto posible? N o puedo abandonar la notaría que me da con qué vivir. ¡N o verla m á s ¿Pero no comprendes que deseo saborear esos instantes de triste felicidad, esos últimos momentos en que todavía está libre, en que puedo vivir de irrealizables ilusiones? ¡N o verla m á s ¿Cómo quieres que la olvide? La encuentro idealmente hermosa, distinguida, encantadora, perfecta, en fin. N o advierto la vulgaridad de su familia. T o d o lo que la toca de cerca se ennoblece á mis ojos; ante el más insignificante gesto suyo me inclino en una muda admiración. A d o r o sus ojos de niña tan límpidos y tan dulces; su risa, sus caprichos, sus travesuras; en fin, la amo como no creía fuese posible amar. P e d r o de Varsange m u r m u r ó ¡P o b r e amigo! H u b o unos momentos de silencio, -Amala- -exclamó, -pero ten! a fuerza de voluntad de no decírselo nunca. E n una abnegación absoluta hay grandes sufrimientos, pero también inmensas alegrías. Yo también amo sin esperanzas. ¡Tú, Pedro! -H e tenido muchas veces la intención de decírtelo, ¡pero sufría entonces t a n t o N o has olvidado mi desesperación cuando supe la ruina de mi padre ni las lágrimas que derramé. Vi que estabas sorprendido; me creías con más valor. L o que lloraba yo era mi amor p e r d i d o E n t r e la que consideraba como mi novia y y o acababa de levantarse un obstáculo, un obstáculo infranqueal le; sabía que cumpliría mi deber, p e r o sabía también que ya no podía ser feliz.