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A B: -C- V ÉRNES DÉ TCUTOMOVTLTyE. 25o CjIBALLOS con el que su dueño, el yanqui Mr. Marríoí, ha hecno en ti Concurso celebrado en Ormond (del cual Concurso nos ocupábamos ayer en una Postal Europea dé nuestro corresponsal en París) 2 o5 kilómetros á la hora, cubriendo la milla inglesa, 1.609 metros, en 28 segundos y un quinto de segundo. Fot, u, duquesa, y el duque de Montpenster. Delante de la Reina, muy hueca con su 1- 4 oy hace cincuenta y cuatro años, y traje de corte, abultado por el miriñaque, de los que figuraron en el terrible iba aquella simpática y noble dama que suceso, quizá la única que vive es la niña se llamó la marquesa de Povar, llevando que aquel día memorable iba á ser pre- en sus brazos y envuelta en encajes crusentada por su augusta madre á la Vir- zados, por la banda de María Luisa, á la gen de Atocha, patrona de los Reyes de recién nacida heredera de fa corona, que es hoy la simpática y popular infanta España. Se ha narrado muchas veces la escena; doña Isabel. Pérez Galdós la incluye en uno de sus La escolta de alabarderos la mandaba recientes Episodios Nacionales pero no su jefe, el veterano y glorioso duque está demás recordar estos sucesos, que de Bailen. r fueron tan conmovedores. No hay que decir cómo estaban las El día 2 de Febrero de J 85 a había galerías de Palacio, abarrotadas de gente, dispuesto S. M la reina doña Isabel 11 para ver pasar á la Reina y á su corte. ir con su corte á Atocha para presentar La Soberana sonreía satisfecha y feliz, á la Virgen la augusta niña que cuarenta saludando con aquellas inclinaciones de días antes había nacido y que era Prince- cabeza tan graciosas y peculiares suyas, y algunas veces, cuando las aclamaciones sa de Asturias. Estaba entonces la Soberana muy her- eran más entusiastas, se llevaba á los ojos mosa, y la majestad y la gentileza se el pañuelo de encaje para enjugar las láunían en su esbeltísima figura. Lucía un grimas que no podía contener. vestido de terciopelo color granate con Al llegar á la parte de la galería doncastillos y leones bordados en oro, y ce- de están las ventanas del cuerpo de guarñía su, cabeza una diadema con florones dia de los alabarderos, un remolino de de perlas y brillantes, colocada sobre los gente hizo detener lá comitiva, y la Reina bandos lisos y ahuecados, que eran su pei- vio á un sacerdote que, contenido por los nado favorito. guardias, hacía esfuerzos por avanzar, lleLa acompañaban, en primer término, vando- un papel en la manó. su augusto esposo D. Francisco de Asís; ¡Dejadle acercarse! -dijo bondadosu madre doña María Cristina, que con- samente Isabel s alargando la mano servaba rasgos de su espléndida belleza y para coger lo que creía que era un meiücía riquísimas joyas, y sus hermanos la morial. x Recuerdo hi stóri co El sacerdote- avanzó é hincó la rodilla en tierra delante de la Señora, y al mismo tiempo que con la mano izquierda daba el papel, sacaba de entre los hábi- tos con la derecha un agudo puñal, que clavó violentamente en el pecho de la Soberana, diciendo fríamente: -jYa tiene bastante! Isabel II exhaló un ¡ay! y cayó desmayada, exclamando débilmente: -j L a niña! jLa niña! Doña María Cristina fúé. Ja que la sóstú vó; y en tanto, el coronel de alabarderos D. Manuel Muros cogió de los brazos dé la marquesa de Povar á la Príncesita y se internócon ella en las habitaciones reales. Por ésto se le concedió el título de marqués del Amparo, que desde i8 g 5 lleva dignamente su sobrino D. Carlos Muros y Ezpeleta. La Reina fue conducida á sus habitaciones sin volver de su desmayo, y sirmadre fue la más solícita en desnudarla y colocarla en el lecho. Del primer reconocimiento, la herida resultó que era poco profunda por haber resbalado el puñal en uno de los castillos bordados y en la ballena del corsé. Bravo Muríllo, que era presidente del Consejo de Ministros y que con sus compañeros de Gabinete esperaba á la Reina en Atocha, corrió á Palacio en cuanto llegó á él la notic a, acompañado del ca-