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A B C SÁBADO 27 DE ENERO DE i 9 o6. PAG. 12. EDICIÓN í. a ha. oído con caima, desea que se le oiga con la misma tranquilidad. El Sr. Soriano no ha hecho más que ocupar ia atención de la Cámara con una serie de discreteos. El señor conde no duda de que todos ios diputados tienen derecho á traer denuncias á la Cámara. oPero lo que no se puede hacer- -añade el orador- -es aprovechar esta libertad de acción del diputado para lanzar, para insinuar toda clase de imputaciones y ¡levar la intranquilidad, la angustia y e! desprestigio á un hogar. Yo expliqué- -añade el orador- -mi pensamiento respecto á la agresión contra el Sr. Soriano El señor conde añade después que se dijo que el hijo del marqués de Cayo del Rey había acometido por la espalda y que esto no es exacto. El sejüor Soriano- -dice el orador- -ha hecho aquí Ja imputación gravísima de que fue por la espalda, y yo he visto en su cara las señales de las dos bofetadas Estas palabras del orador producen un escándalo formidable; vocifera exaltado el Sr. Soriano; se increpan unos y otros diputados; habla á gritos el señor presi dente y golpea furiosamente con la campanilla sobre la mesa. El señor conde de San Luis permanece inmóvil, impasible. Y oímos entre el indescriptible alboroto, que el señor presi, denteidice que un deber, un deber de honor no consiente que tales palabras se mantengan deben ser retiradas. Pero nadie hace caso al señor presidente; todos gritan; discursea también con voces estentóreas el presidente; y al cabo cuando la calma se restablece, el señor conde de San Luis manifiesta, contestando á los requerimientos de la presidencia, que él lo que ha hecho ha sido alegar frente á la versión del Sr. Soriano de que la agresión había sido por la espalda, el hecho de que él había visto ia prueba de lo contrario, las señales en su caras. Se produce un ligero diálogo entre e! orador y el presidente, y el señor conde de San Luis continúa en su peroración. Trata ahora el orador de lo que dijo el abogado de! Estado; éste opinó que no comprendía al marqués de Cayo del Rey la ley de i852. No había por lo tanto- -añade el orador- -necesidad de derogarla Y nos habla después el señor conde de que el Sr. Soriano manifestó que al banquero de! marqués de Cayo del Rey se le había concedido, después de todos estos hechos denunciados, la cruz de Carlos 511. En efecto- -dice e! señor conde- -aquí está la Guía oficial y de ella resulta que la cruz se concedió en i 895, mucho antes de estos sucesos Y el orador termina diciendo que si tiene documentos decisivos el Sr. Soriano, esos documentos deben ir á los Tribunales para que ellos resuelvan; puesto que poseer pruebas y no ponerlas á disposición de los que han de hacer justicia es convertirse en amparador de los defraudadores Y si el señor Soviano resulta, por el contrario culpable de calumnia y viene aquí un suplicatorio- -ha añadido el orador- ¡no tenga cuidado el Sr. Soriano, que todos trabajaremos para que no se conceda y no vaya á la cárcel! Ha terminado con esto! a primera parte de esta borrascosa sesión. Nos quedaba todavía la segunda, más accidentada que la primera. El Sr. Soriano manifiesta que el señor conde de San Luis no tiene derecho á tergiversar los hechos. Lo de! as huellas en el rostro no es exacto; la agresión fue por la espalda. ¡El duque de Tamaraes- -grita el orador- -me tiíjo, consultado por mí, que me prohibía plantear una cuestión de honor con un vulgar criminal! B. Estas palabras levantan una tempestad de murmullos. Las cartas- -prosigue el orador- -se entregarán á la Mesa. Y si el señor conde de San Luis tiene tantos deseos de verme en la cárcel- -añade el orador- ¿por qué no me prendió una noche que siendo gobernador quiso prenderme? ¡S. S. -grita e! siñor conde- -fue quien vino á decirme que le metiese en la cárcel para hacer efecto en Valencia! Ríe la Cámara á carcajadas durante largo rato las palabras del señor conde. Y luego el orador dice velada, misteriosamente que acaso venga otro suplicatorio contra el señor conde y que de esto se ocupará mañana... Y claro está que esto no podía tolerarlo la Cámara. Una formidable gritería se ha levantado en los bancos conservadores. ¡Ahora, ahora! se voceaba indignadamente. El presidente de la Cámara ha intervenido leal y habüísimaraente. Un miembro del Parlamento no podía quedar bajo el peso de la reticencia del Sr. Soriano; esta reticencia había que aclararla ó retirarla Y se ha hecho un profundo silencio en el salón. El Sr. Soriano saca un papel del bolsillo, lo desdobla y manifiesta que se trata de una querella criminal que va á ser presentada contra el señor conde de San Luis. Hay un momento de gran rebullicio en la Cámara; gritan los conservadores; vocea dando grandes campanillazos el presidente. ¿Es que acaso pueden traerse á la Cámara las confidencias de esta naturaleza? ¿Es que el Parlamento puede hacerse eco de las ligerezas, de las precipitaciones, de la mala fe de cualquier persona que quiero proceder contra otra- -ella sabrá por qué- -ante los Tribunales? Esta es la doctrina del señor presidente de la. Cámara; sus manifestaciones son seguidas por un aplauso unánime, fervoroso de toda la Cámara. Y el Sr. Soriano dice: Yo, señor presidente, mantengo... ¿Qué es lo que mantiene su señoría? pregunta atajándole el Sr. Canalejas. S ¡S. S. no tiene pruebas- -añade; -si S. S. no puede hacerse solidario de esa acusación, S. S. debe confesarlo noblemente, porque en otro caso eso le apartaría de nuestra consideración. Yo sólo he querido anunciar un hecho á la Cámara replica el Sr. Soriano. ¡No, no puede estar el Parlamento español á merced de un querellante! -grita el Sr. Canalejas. ¡Y yo aprovecho esta ocasión Dará manifestar que no se puede venir aquí á atentar contra la santidad del hogar, á inmis: uirse en la vida privada... Se oye en estos momentos la voz del Sr. Maura que grita con intensa energía: ¡Celebro la resurrección de la doctrina que creía enterrada! Unas palabras cordiales en que el Sr. M o ret ha manifestado que ios Tribunales decidirán y que no quedará impune el delito, si lo hay, han puesto término al debate. El país verá si todo esto puede ser útil para la reconstrucción moral de un pueblo... AZOR 1 N directa, se casó con una cristiana, comía de todo y, lo que es más, bebía con las más desastrosas consecuencias. No oí ni la más pequeña reconvención á los más fanáticos musulmanes, que respondían á quienes les hacían alguna observación: hua habib u hua cairaf (El es santo y él sabe) Mientras el Sultán se entretuvo con las baratijas que le traían de Europa, cuando se limitó á montar un ferrocarril Decauville y á instalar el telégrafo sin hilos, todo fue bien, no había morabito, aunque se sintiera receloso, que no hiciera grandes elogio de su saber y de la inspiración que del cielo recibía... X Q e r o un día se supo que en el Maghzen se pre paraban grandes novedades en materias financieras, y se dijo- -era á mediados de J 900- -que los tributos iban á sufrir profundas transformaciones; que las cargas ordenadas por el Koran se pagarían en otra forma y lo mismo que las administrativas, y que se pagaría sueldos decorosos á las autoridades y entonces se empezó á murmurar, no contra 3 Sultán, ni aun contra sus consejeros, sino de los demonios de extranjeros que los embrujaban. Pasaron tres años, y el terbib, la nueva tributación fue sancionada por el Cuerpo diplomático acreditado en Marruecos. La limosna, tributo koránico, precepto religioso, como el diezmo lo fue entre nosotros, pasaba á ser una contribución corriente, cobrada por el Gobierno, que reformaba ¡a administración de tal suerte, que señalaba sueldos á sus autoridades, se encargaba de dotar á los morabitos y jefes de Congregaciones religiosas é igualaba á todos, haciendo que todos tributasen. Entonces las murmuraciones no se dirigieron ya conLra los extranjeros, y una comisión de lo más notable y rico de Fez se presentó airada al Sultán imponiéndole que despidiese á los europeos de su lado, y el caudillo rebelde dejó su nombre de Bu Hamara y de Roghí para llamarse el Pretendiente en el país y Sultán en su campa nento. X C n Marruecos, donde el único lazo de na cionalidad es la religión, forzosamente tenía que haber algo que la mantuviera, y ese algo son las Asociaciones religiosas, especie de nasonería muy bien montada. Tienen esas So; iedades una parte de conveniencia para sus ideptos, por ser de socorros mutuos; la inmensa mayoría de éstos, los ignorantes, son fanáticos; los jefes lo son ya menos, y los directores, los que imprimen la opinión, no lo son en nada, aunque lo aparentan mucho. Sin ellos el Sultán no podría vivir, ni ellos sin el Sultán. Estos son los que predican la fe, la obediencia, etc. etc. y ellos son los que recaudan la limosna, el regalo y otros tributos de origen ko J acia muchos años que en Marruecos no ránico, que, con el ierbib, la reforma econó se había presentado una insurrección de mica, se les van de entre las manos. tan extraños caracteres como la del Roghí Las zuñías, donde habitan esos morabitos, actual. Cien veces ha podido ser extinguida, y son lugares donde afluye muchísimo dinero; unas por disensiones entre la camarilla xerifia- pero donde se reparten grandes limosnas. Con na y otras por pereza del Sultán no lo fue el terbib todo eso desaparece, como desapareantes de 1903; hoy ha de costar gran trabajo, cería el que dejasen de tributar los agricultores porque los insurrectos verdaderos no son los pobres. que están en el campamento rebelde: los que Como se ve, la reforma fiscal era una revomantienen la insurrección están en las ciuda- lución más intensa que la desamortización hedes, en los aduares y sobre todo en las xttnias. cha en España el pasado sigio, pero sin sus Si es cierto que los rebeldes han recibido ventajas. ¿Es posible creer que Mendizábal auxilios de algunos franceses, no han sida lo hubiera logrado su intento si por todos los essobrados para mantener la rebelión y en pañoles se hubiera pensado como pensaba don cuanto al país, ha tenido escasa importancia el Carlos María Isidro de Borbón? que haya visto que el Sultán se relacionase con Pues en Marruecos, sin distinciones, por extranjeros y se gastara el dinero en juguetes unanimidad, se piensa, incluso por las autorieuropeos. dades, contra esas reformas hijas de un. buen El Sultán es más respetado como Emir deseo y que no han tenida otro resultado que atmumenin (Príncipe de los creyentes) que como aumentar el poder del Pretendiente, y no paRey, y se le considera más infalible que al garse desde entonce ni los tributos nuevos ni Papa entre los cristianos; no ya él, el xerif de los antiguosWassan, cuya descendencia del Profeta es más X CONFERENCIA