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He declarado que ya sabía yo lo que era preciso hacer ante todo. -Para que vuestra madre se cure- -he dicho, -necesita aire sano, orden y limpieza; supongo que no se opondrán ustedes á que mande limpiar la casa. Hemos quedado en que blanquearían las paredes y los techos, en que daría yo colchones y ropa; en fin, he pro metido un traje á cada una de las muchachas, si en ade lante estaba la habitación limpia y en buen estado. Veremos pronto el resultado de este ensayo. Jacoba me ha llevado después á casa de la viuda Jacquot; me he quedado allí largo rato; las dos mujeres hablaban de la condesa Edith y no me cansaba de escucharlas. Aunque haya muerto hace veinte años, parece que las ha visitado ayer mismo: tai es el recuerdo profundo que ha dejado. Luisa me contaba su historia; tenía lágrimas en los ojos; también Jacoba lloraba. -Al perderla lo hemos perdido todo- -decían; -sin la desgracia que ha sucedió, el Sr. Pedro serta todavía dueño del castillo. ¿Que desgracia? -pregunté, Jacoba bajó la voz; papá. -Pues bien, por él sabré si existen en e! pueblo faínilias merecedoras de nuestra ayuda; luego votaremos subsidios. ¿Estás satisfecha? ¿No es eso? -Todo dependerá de los subsidios, señor castellano 28 de Mayo. Era después de comer; jugaba yo con papá al ajedrez. A papá le gusta mucho el ajedrez; lo juega en París con sus amigos; aquí, como no tiene adversario? me ha propuesto enseñarme á jugar. He aceptado para darle gusto, pero no me dívievte e ¿juego; jaque al rey, jaque á la reina; además pierdo siempre y muy á menudo me regañan porque no he previsto una jugada ó porque no he sabido defenderme. Estaba, como siempre, perdiendo la jugada, cuando anunciaron la visita del Sr. Dupuis. Papá díó orden de hacerle entrar y no queriendo perder las ventajas adquiridas, le pidió permiso para terminar la partida.