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A B C MARTES 3 DE ENERO DE i 9 r 6 PAG. 4. EDICIÓN i. En labios de todo el mundo, como tema general, i a boda de Rey. ¿Para cuando? Un colega dice que se ha adelantado á Abril. Otro que se ha aplazado hasta el otoño. Más claro, ni el zenit. Por la noche dos estrenos teatrales: en la Comedia, Don Pedro Caruso, traducción del italiano; un éxito. En el Gran Teatro, Cuesta abajo, de la señora Pardo Bazán, cuesta abajo... AEMECE tan poco eficaz y los tiempos han cambiado de tal modo, que con Conferencias ó sin ellas es punto menos que imposible continuar así. Cartagineses, romanos y árabes, en sus buenos tiempos, emplearon con éxito, para domeñarlos y convertirlos en leales amigos, la prudencia, el consejo, castigos muy duros aplicados á tiempo, y el más profundo respeto á sus costumbres, de ando que entre ellos se gobernasen sin mezclarse en sus asuntos de familia. Para entenderse con ellos empleáronse siempre personas muy discretas, llenas de abnegación y conocedoras de su modo de ser. X T ebe saberse que, además de su bravura, son numerosos; hace doce años que diez kábilas, las que podríamos decir que forman la esfera de acción de Melilla, contaban con N LAS FRON- De las razas que pue- 43.000 combatientes de á pie y 3.ooo de á caT E R A S blan Marruecos es la ballo, que hoy están armados con fusiles de más importante por su número la aborigen, el repetición. Muchos de ellos forman parte del pueblo mauri; los mauros délos romanos, los contingente del Rogí, aunque, según mis notibaraber de los araberes, los berberiscos de los cias, no están con él por voluntad. españoles, de los que son una rama importanX tísima nuestros vecinos los rifeños. ue la discusión del tema que se aborda en Algeciras en estas sesiones habría de La célebre caballería númida, con la que dio Aníbal tantos disgustos á Roma, y las tropas ser muy laboriosa, ya lo habrían supuesto de Tarik, que facilitaron á los árabes la con- nuestros lectores; pero de ello á pensar que Francia se oponga á que España se encargue quista de España, estaban formadas por bere beres, gentes indomables y que en realidad no de cuanto pertenezca á sus fronteras, es un han sido dominadas completamente por nadie. absurdo que es necesario ver para creerlo. Por aquella tierra pasaron fenicios, cartagi ¿Con qué razón exigiría Francia un derecho neses, romanos, vándalos y árabes, sin que para sí que negara á otro que está en sus misnadie pudiera jactarse de haberla conquistado. mas circunstancias? ¿Entonces, á que ir á ConAquellas civilizaciones, empleando la astucia y ferencias? ¿Para qué el Tratado anglo- franeés? Ja fuerza con el ingenio, convirtieron á los be- ¿Para qué el franco- español? reberes en buenos amigos, en auxiliares podeLa carencia de noticias, la competencia de rosos, pero nunca lograron que se fusionaran los que están allí para comunicarlas, puede dar con ellos, y cosa notable, los mauritanos, que lugar á que como válidas se den algunas que conservaron y conservan de tal modo sus cos- corren bajo un cielo muy meridional, pero tumbres, que la descripción que de ellos hace que no resisten la crítica. más somera. Herodoto puede servir hoy día, no tuvieron FELIPE OVILO inconveniente en aceptar la religión de los invasores en todo aquello que r. o atacara á su NA PRINCESA INGLESA, salvaje independencia. REINA ESPAÑOLA Así es que han conservado rastros en sus costumbres actuales de aquellas religiones. Por Que el rey D. Alfonso se casaba pronto, fue lo general, el beréber es monógamo, sus muje- noticia descontada desde que, no obstante sus res van descubiertas, ellos comen jabalí, apa- pocos años, se le declaró mayor de edad. Ya gan el fuego con la mano, entre sus amuletos es tiempo de casar ai rey se dijo hasta en las está la cruz al lado del puño cerrado con el Cortes; y como en ellas y en otras partes se índice y el meñique estirados, que llevaban las supiera que cierta princesa inglesa rera muy banderas romanas, y sus mujeres en el acto de fermosa y muy apuesta de todas buenas cosser madres invocan á loba Meriam- -la virgen tumbres fueron y vinieron mensajeros, hiciéMaría. ronse proposiciones, y poco después... el rey De la religión mahometana se han asimilado D. Afronso, el octavo de Castilla- -que de él, la creencia de que morir por su independencia y no de nuestro D Alfonso XIII es, lectores, es ir á gozar en el acto toda clase de placeres; de quien por ahora hablo- -celebraba en Taray ellos, que sin este acicate son capaces de ios zona sus bodas el año 1170 con la princesa mayores heroísmos por defender lo suyo, y Leonor, hija de Enrique 11 de Inglaterra. que se educan desde niños sin apego á ninguna Parcas son las crónicas de aquella época en comodidad, son con aquella creencia invulne- hablar de la reina; extinguidos los esplendores rables como todo aquel que siente de verdad de sus bodas, la interesante silueta de Leonor desprecio de la vida. desaparece de la Historia tras los muros del Son tan rigoristas que cuando uno de sus castillo rea! erigidos por ella en modelo de jefes rehuye un combate, es afeitado, pintado y hogares. Sin duda que si para juzgarla hubievestido de hembra, y así se le entrega á las ra de emplearse el tecnicismo moderno, dimujeres, que, provistas de zarzos, le azotan jérase de la reina Leonor que fue el prototipo con ellos los días de mercado, en los que, mon- de las reinas consortes constitucionales. tado en un asno, recorre la kábila á los gritos Las bodas fueron fechas muy ricas y muy honrade: ¡quién compra esta mujerzuela! das, dice el cronista. Desde lueñes tierras vino Por lo general siempre están en lucha unas la Princesa á España con lucido séquito, que fcábilas con otras, y de esta suerte han podido dirigía el noble y magnífico D. Ñuño de Lara. entreverlas los Sultanes. Pues bien; esta gente, Llegó á Tarazona, y en la que era á la sazón que prefiere las armas á la comida, es la que, preciada perla de la corona castellana celebróse vive en los límites de las fronteras francesas y el enlace, al que acudieron no sólo muchos caespañolas, y á las que deben vigilar Francia y balleros, condes y ricos- homes de Castilla, y España para reprimir aquel contrabando que entre ellos el arzobispo de Toledo, sino tamlastima tanto á Marruecos como á los dos pue- bién la flor y nata de la nobleza aragonesa que, blos europeos. escoltando á su glorioso rey Alfonso II, quiso Con arreglo á los tratados que desde hace festejar con su presencia al monarca vecino y más de un siglo tenía España con Marruecos, aliado. Dos días después, terminados los regode la conservación del orden en las fronteras y cijos nupciales, los de Aragón tornaron á sus de la represión de todos los delitos está encar- tierras y los castellanos á Burgos. De la reina gado el Sultán; pero ha resultado su acción Leonor casi no vuelve á ocuparse la Historia más que al citar las fechas del nacimiento at sus hijos. Asociado está el nombre de la descendiente de los reyes de Inglaterra, sin embargo, en muchos documentos oficiales, según las usanzas de antaño, á fundaciones y fueros que encabeza también el de su esposo Alfonso; pero singularmente en dos de ellos se advierte la decisiva influencia de Leonor. Uno de ellos es la creación de la Universidad de Paiencia, á la que fueron llamados los maestros más sabios del extranjero. Otro, la erección del histórico monasterio de las Huelgas, que pava hacer enmienda á Dios después de la derrota de Alarcos, aconsejó la Reina que se construyera. Si aquella enmienda trajo consigo la esplendida victoria de las Navas de Tolosa, como piadosos escritores sostienen, ¿quién dudará de la oportunidad del consejo? Fueron cuarenta y cuatro los años de su feliz reinado. Al cabo de ellos, una fiebre maligna arrebató de su lado á Alfonso VJ 11 el Noble, el Bueno, el de Las Navas. Castilla toda se afligió. La reina doña Leonor, t efiere Flórez, como quien más amaba, penó más. Entregóse tan de lleno en ios brazos del dolor, y éste la apretó de tal manera, que la quitó la vida á los veintiséis días. Algunos años después, dos santos reyes, San Fernando III, que ya ostentaba la doble corona de Castilla y de León, y San Luis, que lUvó la de Francia á las Cruzadas, bendecían, ennobleciéndola, desde sus respectivos tronos, la memoria augusta de su abuela, aquella Leonor de Inglaterra, madre de sus madres, doña Berenguela y doña Blanca de Castilla. Aerá el lector malicioso alguna doble inten ción en mí cuando, después de leer el recuerdo histórico que precede, contemple muy ceica de estas líneas el retrato de una princesa inglesa contemporánea que es también, á no ser que mientan los fotógrafos y las menos apasionadas referencias, muy fermosa y muy apuesta de todas buenas costumbres? Si así fuera, no seré yo quien se defienda de tal sospecha. Pronto se ha de decidir una suerte que no es sólo la suerte de una pareja enamorada; es también la de un país, cuya paz, cuyo porvenir, cuyas bienandanzas ó desventuras pueden depender, en gran parte, de esa decisión. Y como yo gusto mucho de los ejemplos de la Historia, he querido evocar la simpática figura de la hija de Enrique Plantagenet, referir su vida ejemplar, su preclara descendencia y la buena sombra que proyectó sobre la marcha de la nacionalidad española, porque en estos días de escepticismo y de desconfianza en todo, tal vez aliente con alguna bienhechora esperanza el espíritu, siempre dado á auspicios, de los españoles, parándose á considerar que si Leonor de Inglaterra trajo consigo las Navas de Tolosa, y tras ella á su hija Berenguela la Grande, en quien se unieron definitivamente los Reinos de Castilla y de León, otra princesa inglesa y reina española, doña Catalina de Lancaster, fue también á su vez prenda de paz, fin de competencias, según los autores, y sangre de sus venas había en las de su nieta excelsa, la Católica Isabel, madre de un hemisferio. Mucho ha rodado el mundo, redondo desde entonces; pero desde entonces no ha vuelto á cruzarse con la de nuestros reyes sangre inglesa. Confiemos en las consabidas repeticiones de la Historia, y ¡ojalá! que, si es inglesa nuestra futura reina, sea para España nuncio de venturas, y de ella pueda decirse ademís lo que de doña Leonor dice la crónica de Alfonso el Sabio: Fue asosegada y muy fermosa, e mucho limosnera contra los pobres de Dios, muy amabre a su marido el Rey; e mucho honradera a todas las gentes, cada uno en sus estados. ¿Quién podrie contar las nobre zas e los compridos bienes que en ella habie? F DE LLANOS Y TORRIGLJA SOBRETLA CONFERENCIA E