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NÚM. CUATRO. CRÓ- NICA U N I V E R SAL ILUSTRADA. MADRID, 18 DE ENERO DE 1906. NÚMERO SUELTO, 5 CÉNTIMOS. lo que dijo, y más aún, sobre lo que insinuó el general Luque, tiene ya concepto formado la opinión pública; por lo tanto, la negativa de afirmaciones que se hallan en el ánimo de todos, quizá daría resultado en las Salesas; en la alta Cámara, colino en la Cámara popular, no cambia poco ni mucho ese estado de opinión. Por esta causa, lo que dijo el Sr. Montero Ríos, como lo que añadió á ello por su parte el general Weyler, no influirá pgco ni mucho en el juicio que la masa social ha formado del conflicto pendiente y de la gestión y conducta del Gobierno anterior tocante al asunto. Aún en el Sr. Montero Ríos, por sus antiguas costumbres de informar en el foro y de defender en él las más complicadas y sutiles cuestiones jurídicas, los recursos en la discusión habida están explicados; mas no así en el general Weyler, quien ayer apareció como un abogado listo, cuyo primer cuidado es negar á su adversario la base de su argumentación. Sin embargo, el general debía de estar muy persuadido de que el auditorio sabía muy bien, en este punto, á qué atenerse. Porque no sólo á causa de las noticias insertas en la Prensa sino por lo que ha oído cada cual en el círculo de actividad de su vida; por lo que liega á los oídos de cualquier ciudadano mediante conductos diversos; por lo que se escucha en todas partes y á todas horas, el conjunto de los hechos sobre los cuales discutieron ayer en el Senado los tíes citados personajes, es ya bastante conocido y está suficientemente remachado en la mente de la gran mayoría de los ciudadanos, para que su concepto se altere por las fáciles negativas del general Weyler ni del Sr. Montero Ríos. Una ventaja hubo de rraer en la sesión senatorial de ayer tarde esta manera ya algo arcaica y demasiado conocida de ventilar el asunto que provocaba gran expectación. Merced á ella se aguó el vino lo bastante para que no se subiese á la cabeza de los contendientes, y el debate terminó con relativa tranquilidad. La verdad hubiera movido más las pasiones y la contienda habría sido más cruel. MANUEL TROVANO DESDE ALGECIRAS CRÓNICA TELEGRÁFICA Miércoles, 17, n n I NTERMEZZO. La visión rápida, cinematográfica de los sucesos á través de esta fiebre repleta de avideces y curiosidades sufre una interrupción rápida. Diríase que la serpentina de acetileno que ilumina este gran aparato de proyecciones se ha roto de repente. Estábamos los espectadores de galería y los habitúes de telón adentro contemplando embelesados el trepidante cono de luz que proyecta el reflector sobre esta gran pantalla de concupiscencias reprimidas, ambiciones malsanas y bastardos intentos, tela blanca gigantesta manchada con retazos de cielo color de añil, surcada por nubarrones opalinos, en donde van apareciendo vertiginosas siluetas de moros humillados y cristianos triunfantes, que los observan á hurtadillas á través del monóculo, sonriendo plácidos y dejando escapar entre corteses saludos el botín que todos ambicionan, porque ninguno de ellos tiene la seguridad de que sus acechos felinos puedan hallar la anhelada presa que impide devorar la acometividad briosa de su compañero, la paciente malicia del vecino, la osadía imperiosa y glotona del que á todos congrega. Hay una pausa. El patrón de la barra a grita desde las tinieblas: Señoras y eñores, un poco de calma para que pueda continuar el espectáculo. Luis PARÍS es la máxima esencialmente madrileña: mientras dura, vida y dulzura. En las Cortes hubo bastante animación. El Congreso admitió la dimisión del marqués de la Vega de Armijo y continuó discutiendo la reforma arancelaria en medio de la más espantosa de las soledades. Se comprende. Es asunto de gran importancia para el país. En cambio hubo gran animación en el Senado, donde se sabía que habían de contender Montero Ríos, Weyl- er, el ministro de la Guerra y Moret. Esto sí que tuvo público. Pero agracias todo ello á que hubo mejores noticias de! estado de Bombita; que si no, jni aun eso! De lo de la Gran Vía se supo que no se sabía nada, ó que, probablemente, de lo dicho no hay nada, que viene á ser lo mismo. Cerca de Aravaca un automóvil atropello y mató á un pobre caminante. El automóvil redobló la marcha y desapareció. La gente sigue pensando que se impone el uso de pistola- maüsser para repeler siquiera las agresiones. El proceso del crimen de Bellas Vistas siguió su curso. Diez ó doce careos diarios. ¡Ni una sesión de Cortes! De Algeciras no se comunicó nada interesante. En el Ayuntamiento no hubo sesión por falta de número de concejales. Desgraciadamente, la habrá otro día. Y pasó el día sin crisis, y esta fue la mayor novedad de la jornada. AEMECE CRÓNICA w POLÍTICA NA OBSERVACIÓN. Regresamos a en todo á la peor j época de nuestros hábitos parlamentarios, de nuestros gustos, de nuestros resabios, de nuestra mentalidad. En vez de considerar al Parlamento según su naturaleza, esto es, como á un Jurado que ha de juzgar según su conciencia estimando más el espíritu que la forma de los actos y de las cosas, aún se pretende tratar de los asuntos en él con toda las fórmulas y todos los ritos curialescos, y todas las habilidades, argucias y exigencias de los que actúan ante un tribunal de derecho y en conformidad con procedimientos rigurosamente marcados. Así, cuando en Jas Cortes se discute sobre hechos acerca de los cuales ha dado su fallo la conciencia colectiva- -cual ocurrió ayer en el Senado, -se pide á quien ¡os toma como base de sus razonamientos poco menos qus un acta notarial. Sobre IMPRESIONES P ARLAMENTAR 1 AS C N E L SENADO. La contestación dd MADRID AL DÍA I a fiesta de San Antón fue lo que es todos los años: un pretexto para holgar medio día, para pasear por la calle de Hortaleza, para que se luzcan algunos pañolones de Manila y para que exhiban los caballos que guardan en conserva los contratistas de los de las corridas de toros. Esta fiesta, como la de El Pardo y como tantas otras, está llamada á desaparecer; pero ya se sabe cuál señor general Luque al Sr. Montero Ríos excitaba vivamente nuestro interés: hemos ido al estamento de los proceres. El salón de sesiones se hallaba repleto de diputados y senadores. A las cuatro horas menos once minutos- -queremos ser exactos- -ha hecho su aparición el Sr. Montero Ríos; un minuto después, á las cuatro menos diez, ha entrado el señor general Luque. El Sr. Luque entraba hablando con el secretario de la Cámara Sr. Mora! luego se ha separado de este señor y ha continuado hacia su asiento, erguido, con el sombrero en la mano derecha, con el brazo caído y balanceándolo hacia delante y hacia atrás, Como ésta ha sido una jornada histórica, deseamos dejar á la posteridad todos sus detalles. El señor Luque se ha sentado en el banco ministerial; sobre el pecho del señor ministro, asomando por la abertura de la levita, se veía un papel; el Sr. Luque ha sacado este papel, lo ha desdoblado y lo ha puesto extendido encima del pupitre. Mientras tanto en la Cámara había un rebullicio considerable de charlas, exclamaciones y carraspeos. El Sr. Luque mientras leían el acta limpiaba y volvía á lirapiar sus lentes con un pañuelo... ¡El señor ministro de la Guerra tiene la palabra! -ha exclamado el señor presidente de la Cámara.