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A C. LUNES Í 5 DE ENERO DE 1906. PAG. 11. EDICIÓN a le Jos pueblos damnificados, para que concurran á la llegada del ministro. Este visitará los pueblos más perjudicados. -Mir. X OeviMa, i5, 11 m. Ha Uegado el ministro de Obras Públicas. Le esperaban las autoridades y representaciones de las Sociedades. Una compañía de Infantería con bandera y música le tributó los honores. El ministro se trasladó al Gobierno civil, donde conversó con el gobernador y el presidente de la Cámara Agrícola, organizando la expedición á los pueblos damnificados. Hoy mismo visitará Morón y Utrera, regresando á la noche para asistir á la reunión magna de alcaldes. El ministro se ha informado de la marcha de la crisis agraria, y ha telegrafiado al director general de Obras públicas para que gire hasta 140.000 pesetas acordadas para continuar las obras. Acompañan al Sr. Gasset los Sres. Maluquer, Cuadrado, Serantes, Sánchez Ocaña, Prieto, del Río y Jiménez Prieto. El ministro se ha enterado por el gobernador de que solo se habían recibido 15o.ooo pesetas para obras, y entonces fue cuando telegrafió al director de Obras. También se enteró de los últimos sucesos de Marchena para los que el mejor remedio es la continuación de las obras públicas. -Mir. lo, procedió á interrogar nuevamente á los incomunicados, que persistieron en sus negativas, repitiendo cuanto tenían dicho. También tomó declaración á las mujeres de Mariano Plaza y Manuel Abascal, y á Micaela y su ahijada sin que esta diligencia diera por el momento resultado positivo. Tres son ya las acusaciones que pesan contra Mateo Díaz ViHarreal Una es la coincidencia de ser zurdo y aparecer en la diligencia de autopsia que la principal herida la recibió D Valentín en el lado derecho del pecho, suponiéndose que debió causársela persona que manejaba especialmente la mano izquierda. Otra la de su hermano Ramón. Ahora resulta una tercera y más importante. La de D Luis Peña, gerente de la Sociedad de los traperos. El Sr. Peña manifestó ayer ante el Juzgado que no hace mucho tiempo se avistó con é en el café de San Mateo, para tratar de una deuda de Í 5o pesetas, que Mateo tenía y que no estaba muy propicio á abonarlas. Representaba el Sr. Peña al acreedor, y cuando recomendaba la necesidad de liquidar amistosamente, sin intervención de la curia, Mateo, refiriéndose al representado por el señor Peña, advirtió que tuviera mucho cuidado, pues sería capaz de quitarle de en medio, como había hecho con otro. Asombrado el Sr. Peña, profundizó más en las frases inesperadas de Mateo y le dirigió varias preguntas, á las que añadió que él había quitado de en medio á un vejete de allá arriba, dándole una puñalada y escapándose saltando por las tapias del corral. v N UEVA ACUSACIÓN CONTRA M A T E O El Sr. Serantes, que apreció toda la importancia de estas manifestaciones, llamo á su presencia á Mateo, le refirió lo dicho por el señor Pena, y si bien recordó la entrevista en el café para tratar de unas deudas, negó votun damente que él dijera orne había matado á nadie Pero D. Luis Peña, con gran serenidad, repitió ante Mateo sus declaraciones, recordando detalles del lugar y de la conversación, y hasta invitándole á que hiciera memoria. Mateo respondió que todo era falso, que aquel hombre quería perderle, y fue presa de gran agitación que le hizo arrojarse en tierra con los brazos en cruz, dando grandes voces. Aunque en el careo no se pusieron de acuerdo, quedó en el ánimo del juez algo que pueda inclinarle á considerar culpable á Mateo Díaz. X AS P E S E T A S D E Con el libro at MARIANO PLAZA cuentas de la Sociedad de traperos ha comprobado el Juzgado que Mariano Plaza aportó á la Sociedad más de s 3.ooo pesetas, de las cuales sólo 10.000 pertenecen á Luis Peña. Al enseñar el juez á Mariano la hoja de dicho libro, donde consta su aportación y su firma, reconoció ésta como suya y con ello hizo resaltar más su contradicción al decir en ur principio que su participación social era sólo de 4.000 pesetas. í L LA PISTA DE UN CRIMEN AS 1 NTERR 0- Constituido el juez seM G ATO RÍOS ñor Serantes, á las doce de la mañana de ayer, en la Cárcel Mode- U A T R O PROCESADOS. A las diez y media de anoche volvió el Juzgado á constituirse en la Cárcel. Ya tenía el señor juez noticia de que el teniente de la Guardia civil no regresaría de Ariza hasta hoy. Sus trabajos se redujeron a la ampliación de 64 BIBLIOTECA DÉ A B C ABNEGACIÓN Y AMOR Í 1 que me impulsa á rechazar otra clase de ventajas. Tuve que ceder y nos casamos sin contrato. ¡Sin contrato! -exclamé. -Entonces puede reclamar la mitad de vuestra fortuna. ¿La mitad de mi fortuna? ¿Estás seguro? Entonces mi testamento es inútil, ó por lo menos, menos urgente de lo que creía; precisamente deseaba darle la mitad de mi fortuna. Pedro es rico por su madre; verdades que después de mi muerte dejaré algunos negocios embrollados; tengo algunas deudas, amigo mío: el castillo tiene una hipoteca; he contraído un préstamo en Besancon y otro en Dijon; en resumen, nada de esto tiene importancia. Si quieres, examinaremos juntos la situación cualquier día. Digo cualquier día y no ahora: de noche no tengo muy claras las ideas; ya me siento cansado por haber hablado tanto de esas enojosas cuestiones. Dejémoslas por ahora, jno te parece? He recibido esta mañana una carta de Pedro y te la traigo para que me la vuelvas á leer. Estaba sentado enfrente de mí y observaba, mientras hablaba, la alteración de sus facciones; cuando quiso marcharse, le acompañé hasta la puerta del castillo. Luego regresé á mi casa lentamente; estuve á punto de volverme, pero ¿qué pretexto dar? Trataba de tranquilizarme. Era sin duda la palabra testamento, pronunciada por él, la que me había entristecido. Mis colegas, pensaba yo, tienen razón al decir que soy demasiado impresionable. Después de ir y venir durante una hora del castillo á mi casa y de mi casa al castillo, sin tomar ninguna resolución me acosté. Dormí poco y mal; al despuntar el día, ya estaba levantado aguardando impaciente la hora de presentarme en casa del conde; me puse en marcha bajo la influencia de uno de esos presentimientos tenaces de que ni los más escépticos se ven libres. M e decía á mí mismo: VOY El señor de Varsange sonreía con una sonrisa de felicidad al verse rodeado por sus servidores antiguos. ¡Ah, qué bien se encuentra uno en tu casa, Onésftno, y qué deliciosamente descanso aquí! ¡Descansar! Esa palabra en sus labios parecía expresar el colmo de la humana felicidad. En efecto, parecía cansado y á veces anonadado. Aunque la condesa Laura tenía ya más de cuarenta años no modificaba sus costumbres; veía cada día mas