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Me arrastró hacia un coche; hablamos poco durante el trayecto; las palabras no llegaban á mis labios, le comtemplaba. ¡Dios mío qué buen mozo era! ¡Qué bien le sentaba ese uniforme severo y serio! Sus cabellos eran más obscuros que antes; unos bigotes negros, unos bigotes que hubiesen evitado toda rivalidad entre nosotros si se tratara de desempeñar el papel de Querubín, sombreaban sus labios. ¡Pedro, Pedro! -Me complacía en repetir su nombre, me parecía que no tenía otra cosa que decirle. Ate hizo subir á su casa. -Compartiremos la habitación- -me dijo; ¡tenemos tanto que hablar! Y hablamos día y noche, siempre que el servicio le dejaba algunos ratos de libertad. Hablamos de todo; del pasado primero, de los años de colegio, de sus éxitos, de sus. triunfos, de la época en que trabajaba yo en la notaría de Besangon; luego de nuestros proyectos para el porvenir, de nuestras esperanzas, de todo, en fin, menos de lo que me había traído á su lado. Con tanto cuidado evitaba toda alusión á su padre y á Varsange, que temblaba en el momento de entablar la lucha y la aplazaba. La aplacé cobardemente hasta la víspera de mi marcha. Nos paseábamos por el campo, silenciosos los dos; de repente me dijo: ¿No te parece que esto se parece á aquello? Era de noche, y las cimas redondas de las montañas se parecían, al aparecer entre las sombras que las rodeaban, a las rotos ae Varsange. familia; me dijo que insultábala la pobre muerta; que había violado las leyes de la hospitalidad. -Ha escogido usted entre ella y nosotras: ¡Adiós! Pero para mí fue todavía más doloroso tener que implorar el perdón de mi hijo; si supieras con qué angustia aguardaba su contestación; cómo palpitaba mi corazón cuando abrí el sobre... Cuando leí las tres líneas implacables, con las cuales contestaba á mi súplica, me vi condenado. Mi casamiento fue triste, á pesar del encanto, de la belleza de la novia; á pesar del cariño que nos unía. Niza, donde podía encontrar á mis primas, me fue odiosa; pero la vuelta á Varsange me asustaba; temía la acogida severa de mis criados antiguos, la censura de mis amigos, la curiosidad maliciosa de los indiferentes; yo soy quien ha querido viajar; Laura se ha doblegado á todos mis caprichos, aparentaba no advertir mi tristeza, aunque á menudo me invadía una melancolía poco habitual en un recién casado. La aconsejé que saliera, que se distrajera. Rara vez la acompañaba. Hice mal. La afición a! movimiento, al placer, innata en ella, se desarrolló exageradamente con esa vida artificial de los balnearios. Yo no era celoso, porque sabía que era leal, honrada, esclava de sus deberes; pero ese torbellino de fiestas me apartaba de ella demasiado; entonces fue cuando decidí regresar á Varsange; era tarde: la vida mundana era ya para ella una necesidad; comprendí que sufriría al renunciar á ella. La dejé obrar como quisiera, y sólo impuse mi autoridad cuando de algo grave se trataba. Últimamente me he negado á asistir á las fiestas dadai por ese barón Coupon du Kanna! ese miserable estafa dor, cuya fortuna escandalosa... He prohibido á Laura que trate á esas gentes poco honradas; tenía grandes deseos de conocerlos, atraída por las diversiones que proporcionan á sus amigos; hoy día todo e! mundo va sia