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Le interrumpió. -Es inútil; nadie me tomará sin referencias; me han avisado de que si me quedaba en Niza, dirían por qué me han echado. -Pero, ¿que le echan á usted en cara? Laura se sonrió amargamente. ¿No lo ha adivinado usted? Hizo con la cabeza un gesto vago, lleno de turbación. Pero esa mujer de treinta años sabía, sin duda, lo qu vale una palabra dicha á tiempo; repuso con firmeza y y con tristeza: -Es qite han comprendido que le amo á usted. Si se lo confieso, es porque me voy y no le volveré á ver jamás. ¡Adiós! Por vez primera le hablaba sin aludir á su título de conde, como sí la entrega de su corazón la hubiese puesto á su nivel. Se sintió invadido por una profunda emoción; casi sin darse cuenta de ello murmuró: -jPobre muchacha! Yo también la amo á usted. Estas palabras contenían todo su pensamiento. Sin duda la amaba, pero también y ante todo, sentía por ella un paternal afecto; sentía una imperiosa necesidad de protegerla, de arrebatarla á los azares de una situación equívoca, á las humillaciones de la domesticidad, de no dejarla subir en ese coche de tercera clase, y luego temía perderla para siempre. Los empleados del ferrocarril llamaban á los viajeros; se levantó resignada y triste; entonces cedió á todas esas ternuras, al terror del aislamiento, al caballeroso deseo de devolverle centuplicado lo que había sacrificado por él; murmuró el ruego que tantas veces le había dirigido: -No se marche usted; no me abandone usted. gían galanterías anticuadas, ios mas generosos la traían dulces: todos se alegraban de verla. Cuando penetraba en ese salón frío de mujeres viejas, con sus ojos negros, la gracia flexible de sus menores gestos, un rayo de luz Jes calentaba el corazón. Era encantadora, encantadora hasta el punto de hacer la conquista de Ofelia de Varsange, cuyo carácter atrabiliario se calmaba, mientras la avaricia de Valeria capitulaba. Para pintarla bastan pocas palabras: tenía exuberancia de vida. El ardor de vida que emanaba de todo su ser formaba tan gran contraste con esa sociedad tan llena de mesura y de fría corrección, que todo el mundo se sentía influido por él. ¿Cómo era posible que el conde resistiera á tales encantos? Un día que hablaba emocionado de su incurable tristeza, encontró los ojos de la lectora fijos en los suyos. En medio de su dolor, le sirvió de consuelo la simpatía de la joven; no pensaba que obraba mal; no cambiaba con ella ni una palabra, si acaso una frase de cortesía cuando le ofrecía el té. A veces, cuando no había visitas, se sentaba enfrente de él en la mesa de whist. Mientras las señoras se lamentaban de la ausencia de sus amigos, Laura ocultaba mal su alegría que se traducía por alegres risas, cuando la favorecía la suerte. j Las viejas la regañaban: l -Laura, querida Laura, se conduce usted como una niña mal criada. Pero el conde, poco propenso á la melancolía y á la tristeza, hubiese hecho con gusto trampas para verla reírse así. Pasó el invierno; hablaba siempre de su pena y mucho le hubieran sorprendido al decirle que esa pena disminuía. Un día, que debía acompañar á sus primas al sermón de un famoso predicador, no llegó á la hora convenida. Ellas no le esperaron, temerosas de no encontrar sitio, é