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E I C R S N E V R H ÚNICO DEPOSITO EN MADRID: LHARDY, CARRERA DE SAN JERÓNIMO, 6 3 0, 3 ÍBU 0 TECA DE A B C ABNEGACJON Y AMOR i ¿Coreo expresar ia terrible angustia de estos adolescentes, cuyes abuelos habían sido los héroes de la epopeya imperial, y que sólo debían conocer la amargura de las derrotas, el dolor agudo de las capitulaciones Alrededor de nosotros, en ese Franco- Condado tan guerrero, los hombres partían antes de que los llamaran. La condesa Edith los recibía á todos, los animaba; á cada uno de ellos entregaba una bolsa bien repleta, una medalla bendecida, y luego en la frente de esos niños que b. abía visto nacer y que se iban hacía la muerte, depositaba- un beso materna! algo as! como el espaldarazo de lo; caballeros. ¡A h! si hubiésemos podido p a r t i r nosotros también! Nuestra inacción constituía para nosotros un verdadero tormento. Eso decidió de la vocación de Pedro. Había oído decir á menudo que la superioridad numérica de la artillería prusiana había aplastado i nuestro ejército. ¿Oyes, Onésimo? Quiero ser oficial de artillería. Le hice señas de que entendía, de que comprendía, y como para mí oir á Pedro é imitarle todo era uno, declaré que también quería ser oficial de artillería. Esta determinación nos calmó; nos parecía que e 1 holocausto de nuestra mezquindad iba á restablecer el equilibrio de las fuerzas y hacer que la balariza se incli para hacia nosotros. Y, sin embargo, prosiguió la tempestad desapiadadamente nefasta, y luego pasó como pasan todas las tem pestades. El Conde volvió sano y salvo; los árboles mutilados se llenaron de nuevo de robustas ramas, el grano ger minó en el suelo devastado, las lágrimas se secaron. Pero la determinación de Pedro era inquebrantable. Volvimos al colegio, reanudamos nuestros estudios; una esperanza nueva había nacido en nuestros corazones de niños, madurados bruscamente por seis meses de angustia. Pedro no se apartó ni an instante del objeto que se proponía, ¡nfluía en mi espíritu, estaba yo dominado, fascinado por la varonil esperanza de ser, como él, un oficial del ejército. Dos años pasaron de trabajo febril; nos preparábamos para los exámenes del bachillerato, cuando un día vinieron á avisarnos que el director del colegio nos llamaba. Con frecuencia lo hacía, para darnos consejos ó animarnos, pues éramos sus alumnos preferidos. Su llamamien-