Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
3 S! c DE ENERO DE 1906. PAG. cor. gritos y ex la sc Oní s y vwas zap? íet s Tendrá tin éxHo Alraodóvar brindando en la Conferencia. pues nuestra suerte es tan perra, por mi ar Tanto á! a Luna vamos á ver las estrellas! GIL PARRADO misino y scíbirá por convertir el templo de Tal K en vestíbulo de lupanar ó salón de tasca. ¡SÍ. sí; es indudable! Lacla verde, la ola de la inmoralidad y de la desvergüenza ha rebo- P L TEATRO EN 1906: LA OLA VERDE En muchas ocasiones he sentido con toda mi alma no ser autor dramático de ios que cultivan con fortuna e! género chico; pero ahora lo siento más que nunca. Porque si lo fuera, si tuviera influencia decisiva sobre los empresarios y, además, una fecundidad maravillosa, á estas fechas habría empezado yo solo la batalla en todos los teatros de zarzuela, pequeños y grandes. Una batalla ei toda regla, á sangre y fuego, sin piedad ni cuartel, hasta vencer gloriosamente ó caer arrollado para no levantarme nunca. Porque corre prisa, es una necesidad urgente detener a) público en esa carrera desenfrenada y ¡oca que ña emprendido de pronto por los amenos campos del arte sicalíptico sembrados de guindillas, y hay que contener á toda costa el impetuoso avance de esa pornografía descarada y procaz que va tomando por asalto los escenarios entre resoplidos de burdel y gritos de taberna. Ciego ha de ser el que no vea que ia laguna cenagosa se ha salido del lecho pestilente, y una ola de cieno, con empuje avasallador, ha roto los débiles diques que la contenían y amenaza envenenar al ingenio español, degradándole y envileciéndole. No es esto una diatriba contra el género ínfimo. Bien se estaban donde estaban la pulga, los tangos y las coplas con estribillo indecente, acompañados de guitarreo voluptuoso, de taconazos de las bailarinas y de alaridos de los espectadores... Bien estaban también, y en su sitio, las piececitas alegres, con música juguetona y ligera, con chistes entreverados, pero ingeniosas, satíricas, cultas. No ha de pasarse la vida la humanidad entera bañándose en agua del Jordán y rezando por las necesidades de la Iglesia. Se puede, pues, tratar de todo, se puede decirlo todo... menos groserías. Los viejos verdes, los jovenzuelos viciosos y canijos y los hombres hechos y derechos ansiosos de excitantes, reúnanse enhorabuena en los tugurios á atracarse de mostaza, y ¡desgraciados ellos que la necesitan! pero esa literatura de ¡Menéate más! ¡ole tu madre! y ¡ars pa arriba! debe encerrarse en sus covachas y encontrar, cuando pretenda salir á la luz, una barrera infranqueable. Esa barrera la constituía antes el género chico, tropa menuda del arte, cuyas avanzadas se mezclaban con las enemigas; pero ahora, adormecidas por el beleño de los melodramas comprimidos con romanza triste y dúo de pasión reconcentrada, se han visto sorprendidas de pronto, han quedado desconcertadas y mal heridas, y el ejército entero huye á la desbandada. El público, harto de sufrir con las penalidades de las tiples y la desesperación de los barítonos, ha dado de repente un salto hacia adelante y, pasando la raya, no se contenta ya con menos que con la orgía estúpida de bodegón y merendero. Dentro de poco todo le parecerá soso, deslabazado y desabrido; habrá que servirle la sal en terrones y la pimienta en grano; habrá que decirle las obscenidades secamente, bárbaramente, sin los adornos de la gracia y sin los cendales del ingenio. Lentamente irán desapareciendo las zarzuelitas regocijadas y entretenidas, cada libreto no será más que un pretexto para intercalar números de varieléi con caídas de ojos, suspiros entrecortados, pataítas y revuelos de faldas, y el público, electrizado y frenético, aullará con alegría salvaje, olvidará el respeto que se debe á sí tque al cabo está de romate y eso es preciso en tal fecha! Será Fiscowich abierto y Garibaldi un asceta, y Weyler, completamente se planchará una chistera. Oh queridísima Luna, diosa de mis entretelasl ¡Cumple ese dulce programal ¡No dejes mal al profeta! Tú que á los gatos amparas si á sus amores se entregan... y á los novios apadrinas y ayudas á los poetas, ampara, apadrina, ayuda también la esperanza nuestra, ya que tu mando aceptamos con admiración sincera. Nos ponemos en tus cuernos sin miedo á una coincidencia, porque eres bien española, por más que serlo no quieras: ya por tu cara de fraile, ya por tu amable tristeza, ya por tener cuatro cuartos- -lo mismo que nuestra Hacienda, ya, en fin, porque, airosamente, -uando la noche es serena. pareces una estampilla del cupón de las esferas... Atuestratenos en creciente si no quieres ciarte llena, y no en rajas te nos brindes, Que ros perderlos p e el! iCuién saoe si ei ¿no r c o. sado por los bordes de su vaso, inunda ya los teatros pequeños y salpica de vez en cuando las tablas de los grandes. Hay que detenerla, aguantando su envite antes de que lo arrolle todo y los espectadores pidan ¡tango! en un drama de Galdós ó en una comedia de Benavente... Porque el teatro bueno, el artístico, el grande, tal vez no influya poco ni mucho en las costumbres; pero ese, el malo, el de la grosería audaz y provocadora, se refleja inmediatamente en el vulgo y lo envilece y le encanalla. Los que dicen indecencias á voz en grito en las salas de espectáculos, las dicen después más gordas en la calle, faltan al respeto á las mujeres y acaban por creer que el mundo se ha hecho para que camoeen libremente su imbecilidad y su insolencia. ¡Triste herencia la de la derrota! Los pueblos humillados y vencidos se han hecho siempre la ilusión de que no han perdido la virilidad y la fuerza, dando esas pruebas de abyección y de rebajamiento moral, como el hombre gastado, anémico, herido de muerte, se figura que es todavía robusto y vigoroso hartándose de ajenjo, inventando refinamientos en un placer que no puede gozar y abofeteando á las hembras. ¡Hay que detener la ola! Y no lo hará el público mismo porque, con el gusto más estragado cada vez, acabará por digerir las viandas más picantes; y no lo harán los empresarios, porque la ganancia les pondrá una venda en los ojos. Tienen que hacerlo y pueden hacerlo únicamente los autores: los que valgan algo, los que tengan autoridad, los que se sientan con valor para cambiar y para dignificar el género. Prescindan y renieguen de la tentadora utilidad fácilmente obtenida con los hombros desnudos y las caderas dislocadas; piensen que es vergonzoso medrar con el impudor ajeno, y den rienda suelta á su legítimo orgullo de hom- i bres superiores no dejándose arrastrar humildemente por el público, sino dirigiéndole, guiándole, imponiéndose á él con voluntad de bronce. Porque combatir en pro de! buen gusto e; algo más que buscar una satisfacción de amoi propio; es bastante más que granjearse los aplausos y la simpatía de las personas cultas, es trabajar para la reconstitución de la patria. ¡y es honrar á nuestra madre! SINESIO DELGADO