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27 DE 35o. CROYERSAL ILUSTRADA. en que declarándose- ¡solamente él podía formular la preciosa declaración! -correcto ministerial, de oposición al ministro de la Guerra, trataba de echar el toro encima al Gobierno, mientras que por un sarcasmo de la suerte, el señor Moret hacía en el Congreso una calurosa y elocuente defensa de la persona de su caballeresco y generoso antecesor en la presidencia del Consejo de ministros. Pero, en ambos Cuerpos colegisladores la impresión dominante es que el proyecto de ley para extender el fuero de guerra á los delitos contra el Ejército y contra la Patria, no pasará. La resolución está en todos los ánimos; porque en ello va, no sólo un retroceso histórico que nos dejaría en mal lugar ante el mundo civilizado, sino la dignidad del Parlamento. En la seguridad de que así sucederá han renunciado en el Congreso á la interpelación el Sr. Soriano y el Sr. Nougués. Pero, no renunc; a en el Senado el señor Montero Ríos. MANUEL TROYANO DICIEMBRE DE 1905. NÚMERO SUELTO, 5 CÉNS las empresas de los teatros que empiezar y acaban tarde las funciones. La obra del Sr. Ruiz Jiménez es de las que aplaude el público, pidiendo al final ¡el autor! AEMECE I O INESPERADO. Se vive actual mente en la política en medio de una confusión tan tenebrosa, que, no ya lo que sucederá al día siguiente, lo que ha de ocurrir dentro de una hora es imposible de prever. Lo inesperado ha venido á ser el factor más constante de los asuntos públicos. Ayer se esperaba que la íuestión militar fuese discutida en el Congreso, y surgió en el Senado. Se daba por segura la iniciativa del diputado menos sujeto á compromisos y más resuelto delante de la responsabilidad, y en la alta Cámara, en la mansión de la circunspección y de la prudencia, planteó la cuestión un anciano, que es quien mayores responsabilidades tiene en la situación presente y quien en cien ocasiones ha so lido arrostrarlas con problemática entereza. Este hecho es la más acabada muestra de un estado de cosas, en el cual parece que á tientas andamos todos. Se oye hablar, con imperturbabilidad maravillosa, de prepósitos de combinaciones que en otra época habrían dejado al auditorio estupefacto, sin acertar si ¡o que escuchaba era un fenómeno mental del sujeto ó de los sujetos de la referencia, ó de quien ¡a transmitía. No ya la conciencia- -esto viene ae largo- -se halla obscurecida en. tre nosotros, en relación con la vida pública; sino que hemos perdido también la memoria. La certidumbre de que esta enfermedad es la que induce á proceder sin contar con los demás en cuanto al recuerdo y sus naturales consecuencias ha venido á ser primera materia explotable. Esto explica muchas cosas, y una de ellas la actitud del Sr. Montero Ríos en la sesión de ayer del Seftado. Porque, aquélla suponía que nadie se acordaba ya de la última crisis y de los sucesos que la precedieron. No desde los escaños rojos, sino desde el banco azul debió exponer el asunto quien era jefe del Ministerio en aquellos días. Ahora, si el problema se complica y se agrava y se amaKgna, las responsabilidades recaerán sobre quien siempre recaen en tales casos, sobre quien ejerce el Gobierno. La cuestión ha de venir; pero que venga por sus pasos contados. El Sr. Montero precipita el alumbramiento. La parte de responsabilidad, que pesa en circunstancias semejantes sobre un señor, que- ha venido á ser un sujeto particular, no abruma con su pesadumbre, y permite actitudes gallardas, que parecerían hasta heroicas á quien no estuviera n el secreto. ¡Pero, la gente lo está! El Sr. Montero Ríos es quien no se percata de! estado de ánimo de la gente, y cree posiblcsmaniobras, cual la de aver, IMPRESIONES PARLAMENTARIAS I ND 1 GNAC 1O N Cuando nosotros hemos Y TRISTEZA echado la v i s t a por e 1 salón hemos visto que el Sr. Moret y el señor Silvela (D. Eugenio) platicaban misteriosa, confidencialmente; la conferencia se alargaba; algunos oradores pedían cosas desde sus escaños á los diversos ministros que se hallaban sentados en el banco azul; veíamos accionar al Sr. Silvela, con el busto inclinado sobre el pupitre del diván ministerial; observábamos cómo gesticulaba el Sr. Moret. Y por fin, la charla ha terminado y el Sr. Silvela se ha encaminado hacia su asiento. Ya en su asiento, el Sr. Silvela ha dejado sobre él escaño un cartapacic rojo, terrible, y se ha puesto á examinar varios papeles. Después el Sr. Silvela ha pedide un vaso de agua y ha comenzado á beber el líquido elemento con verdadera avidez. Continuaban discurseando algunos oradores y el señor Silvela no dejaba de sorber agua. Esto nos inquietaba un poco. El Sr. Silvela estaba nervioso; nosotros sabíamos que el Sr. Silvela había de explanar una interpelación. Pero los oradores que pedían cosas no concluían de pedirlas, y nosotros comenzábamos á participar de la nerviosidad y de la exasoeración del señor Silvela. Y por fin, el señor conde de la Bobadilla ha concedido la palabra al Sr. Silvela. Entonces ha habido un momento de moción en ia Cámara; el Sr. Süvela, de pie ante su asiento, tenía cierto aspecto trágico, siniestro. ¿Qué anatemas fulminantes, desconcertadores, van á surgir de los labios del Sr. Silvela? El señor Silvela, con ese sosiego de un hombre decidí- do á hacer una cosa sonada, va dejando caer las palabras una á una. No conviene precipitarse. El Sr. Silvela desea saber ante todo si el Gobierno ha designado al Sr. Montero Ríos para presidir la Conferencia de Afgeciras; cuando el Sr. Silvela sepa á qué atenerse sobre esto, nosotros veremos de qué es capaz el Sr. Silvela. Y el Sr. Moret se pone de pie. En efecto, Sr. Silvela- -dice sonriendo afablemente el señor Moret; -en efecto, el Gobierno ha invitado al Sr. Montero Ríos á que acepte la presidencia, y ha tenido el gusto de recibir su aceptación. No nos detendremos en pintar el efecto que estas palabras han producido en el Sr, Silvela; ha sido sencillamente deplorable. En ese caso- -ha replicado el Sr. Silvela sobreponiéndose á la terrible emoción; -en ese caso anuncio desde luego una interpelación, fundándola en que ese nombramiento es una desgracia nacional. Puesto que S. S. ha empleado ese calificativo- -ha argüido el Sr. Moret, un poco contristado, -yo acepto la interpelación de S. S. Un silencio penoso ha seguido á estas palabras; el Sr. Silvela se hallaba en el paroxismo de su furor. Antes de explanar esta interpelación, señores diputados- -ha dicho al cabo el Sr. Silvela- -he dudado mucho; yo no me juzgaba con autoridad bastante para tratar este asunto. Sin embar- MADRID AL DÍA jM o celebra Madrid, como las provincias, la suprimida fiesta del segundo día de Pascua; así es que la villa y corte recobró su aspecto y su vida de ordinario. De madrugada ingresó en la cárcel el infeliz y hambriento maestro de escuela- -siendo maestro se adivinaba lo de hambriento y lo de infeliz- -que celebró la Navidad en Fornos cenando opíparamente, y confesó después que no tenía un céntimo. Acusado de estafa ingresó en la prisión; sabe- Dios lo que le aguarda. ¡Más le hubiera valido al mísero tenerrenta estampillada! Otra habría sido su digestión y otra su suerte. Las Cortes reanudaron sus amenas sesiones. Con los dos días de descanso, los reverendos padres de la Patüa han cobrado fuerzas. Así fueron ellos ayer á la lid. ¡Qué manera de apretar! En el Senado, Montero Ríos y los suyos; en el Congreso, á Montero Ríos y los suyos. No eran menester las discusiones y las rencillas de familia para advertir en el ambiente político barruntos de tempestad. Lo que sea sonará, y, según se afirma, sonará pronto. Se supo, con sorpresa general, que había terminado la huelga de obreros confiteros, sorpresa justificada porque nadie, juzgando por las muchas golosinas que estos días se han comido, podría sospechar que los encargados de elaborarlas estaban en huelga. No pasóla fiesta pascual sin que lana- v. aja y el vino hicieran de las suyas. Ello fue anoche; y como siempre, hubo heridos graves, y como casi siempre, agresores desaparecidos. El gobernador civil siguió multando á