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A B C. DO r íGO 24 DE DICIEMBRE DE 1905. PAG. 7. EDICIÓN jes que, sin orgullo, con afabilidad excesiva recibían á toda clase de gentes, tratando de obsequiarlas con mano generosa y cordial. No apetecieron títulos ni honores; la fortuna vino á ellos, ciega, loca, enamorada, con ímpetu de torrente. El dinero surgió de minas, de fábricas, de negocios mil; todos ellos fecundos. Ellos supieron encauzarle, recogerle á manera de molineros sagaces que convierten la rápida corriente en presa mansa, inmensa, de la cual cae, formando amplia y hermosa cascada, lo sobrante, que discretamente aprovechado, aún riega, fertiliza y esparce la vida y el bienestar por campos y tierras. Trabajaron mucho; trabajaban siempre. El único dolor de su vida fue! a muerte de la Nena, acaecida cuando la suerte rondaba la casa modesta. Para ella fue el mausoleo; en el palacio vivía inmortalizada por los grandes artistas que copiaron su rostro y sus gráciles formas en la el más ilustre compositor contemporáneo, cantados por los mejores artistas. Y junto á estos veíanse hombres de estado, ministros, sabios, escritores... todas las fuerzas vivas del país. El palacio resplandecía como un horno inmenso que fundiera oro á quintales; el fulgor, que cegaba, reflejábase en la nieve y en el cielo plomizo; de lejos parecía un colosal incendio, sin llamas; las nubes blancas se deshacían en cobrizos vellones, como si estuviera cayendo del cielo más oro, oro siempre, para que la insaciable hoguera no se extinguiese. Empezó la cena con universal regocijo. La alegría era sana y comunicativa, no permitiendo en aquel sonreír de rostros y almas que apuntasen la maledicencia ni la sátira. De pronto, cuando cada uno de aquellos ingenios pensaba en lucir sus dotes oratorias ó poéticas, las luces todas parpadearon intensamente, enrojeciéronse los millares de bombique adornaba la mesa, á la niña muerta que les decía: ¡Ya estoy aquí otra vez! Y, por alucinación bien explicable, se les aparecía fría y muertecita como la noche en que, acongojados, la velaron. El Prelado se vio de nuevo en la humilde celda del convento y comparó su antigua y feliz pobreza con las angustias doradas del presente. El General, recordábala sorpresa en el campamento, donde ganó la laureada; su mujer, modesta costurerilla encumbrada por e! azar, sus noches de hambre y trabajo en la guardilla; y periodistas, escritores, artistas, sabios, volvieron á ssntir reproducidas todas las pequeñas cosas de la vida triste: la casa fríe de antaño, el estudio sin pan, las noches de guardia en el Hospital, los penosos trabajos de la mina, a tempestad en el mar y, sobre todo. esto, la muerte, la triste muerte, inevitable, traidora, que apaga la vida, como aquella luz se había extinguido súbitamente en medio de 1. W y Tr M V Í S i Mwiíttflm T J T Tpmr r IB EL ENTIERRO DEL POPULAR ACTOk PEPE KlQUELME DESFILANDO EN LA TARDE DE ÁYHR DtíLANTE DEL TEATRO DE APOLO Fot, Goüi. mayor parte de las obras que embellecían la capilla y los salones todos. Era un culto místicoprofano el de aquellos buenos señores que no concebían virgen, ninfa ni diosa que no se pareciese ala inolvidable criatura. Después de muchos preparativos, ensayos y disposiciones, se abrieron las puertas de la encantada mansión el día de Nochebuena, con misa del Gallo, cena, seguida de fiesta mundana. Belén, con figuras de movimiento para la gente menuda á primer hora de la tarde, árbol Noel para grandes y chicos. Era preciso que todos gozasen en el santo y memorable día; los asilos, los hospitales, los pobres, recibieron donativos, obsequios y socorros. ¡Meluia, ateluia! ¡Gloria á Dios en el cielo y paz á los hombres en la tierra! Este precisamente fue el tema de la plática del Prelado que dijo la misa solemne; ese fue el motivo musical de los coros dirigidos por lias y el palacio entero quedó sumido en tinieblas. Todos callaron como si un súbito espanto les hubiese ahogado; pero- bien pronto se oyó la voz de D. José María, gritando: Luces, velas, traed las de la capilla, las del nacimiento! Como fuegos fatuos encendieron cerillas algunos comensales, trajeron los aturdidos criados los cirios del altar; le portero proporcionó unas humildes palmatorias, y mientras tanto el ingeniero de la Compañía eléctrica, pegado al teléfono, ronco, irritado, pedía hombres, dictaba órdenes, pateando y blasfemando. El cuadro ofreció un aspecto fúnebre. Los comensales trataban en vano de animarse de nuevo; la vista dé aquellos cirios que chirriaban y disipaban poco á poco los penetrantes perfumes de las damas con su aliento acre y céreo, fue causa de que todos recordasen lo pasado. Los dueños veían en la figulina de alabastro la alegría, de los goces, de la dichaque parecían inagotables. EJ llanto imposible de restañar de la noble señora, la escena tiernísima de los viejos invocando IaJVena, abrazados, olvidando á sus invitados, fue la señal de desbandada. Algunos espíritus prácticos trataron en vano de contener á la mayoría. Fueron desfilando presurosos sin hacer caso del al ingeniero que con una briaada de obreros, buscaba las causas del conflicto pavoroso. Alumbrados con hachones que iluminaban con ráfagas rojizas la nieve, fueron saliendo y dispersándose aquellos seres envidiados por la muchedumbre, que rodeaba la verja monumental, y cuando ya no quedaba ningún invitado en el palacio, volvió á brillar la hoguera dorada, dentro de la cual se deshacían en llanto unos pobrecitos viejos sin hijos. EL DOCTOR FAUSTO