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A B C V I E R N E S i5 DE D I C I E M B R E D E i 9 o 5 P A G 5. E D I C I Ó N i. LOS BATTENBERG EN ESPAÑA p ECUERDOS DE Corría el año i876. ACTUALIDAD El tono grana de una Jucha cruenta y dolorosa se esfumaba en el horizonte de la patria. Del Norte venía la paz. La cizaña estaba ahogada en los estremecidos campos de Levante. La nación, sobrecogida quizá todavía de espanto, esperanzada ya, ponía sus ojos en aquel Rey Pacificador, de arres- Sospechábase que el Rey tenía ya in pello la persona augusta que con él habría de compartir el Trono. El pueblo no es adivino, no contrasta su pensar con la realidad: procede y se significa por sentimiento, por simpatías, por mero instinto. Clavó sus ojos sencillos en el joven Soberano y nada vislumbró en su mirada. Mas el afán seguía despierto. D a s t ó una ocasión, un pretexto, una fiesta, la frase de un cronista cayendo de lleno como la luminaria de un reflector más, en la descripción de la fiesta, en! as consideraciones apuntadas en una crónica. La publicaba el periódico del conde de Casa Sedaño; la había escrito, sin firmarla, una gentil poetisa gaditana. Elía nos lo ha contado donosamente. La suposición no era absurda. Nuestro pueblo no se cuidó de más y la especie entonces circuló de boca en boca, y pronto la Prensa francesa la difundía como un hecho indubitable. Pero seria y sólidamente nada la abonaba. NUEVA YORK. MANIFESTACIÓN POPULAR ORGANIZADA EN LAS CALLES DE LA GRAN CAPITAL PARA PROTESTAR CONTRA LOS ASESINATOS EN RUSIA hoto N uvellcs tos juveniles, de corazón magnánimo, de inteligencia vivaz, que gallardo jinete en su caballo, entraba y avanzaba emocionado por las calles de Madrid y restauraba en la plaza de Oriente el trono de sus abuelos. La guerra carlista había terminado. Por la pizarra negra de los rencores y amarguras de otros días pasaba D Alfonso la esponja de un generoso olvido. La nueva Constitución estaba promulgada. Había que afianzar Ja paz, había que asegurar la sucesión directa á la Corona. Era el anhelo de todos. Instintivamente el pueblo pensó en la boda del Rey, cuando aún dormitaban las Cancillerías. Era conveniente, era preciso que se casase. Mas ¿con quién? ¿Dónde estaba la elección? ¿Dónde el acierto? ¿Cómo excrutar el pensamiento del Monarca? ¿Coincidirían los impulsos del corazón y la razón de Estado? sobre el homenaje cortés de una escuadra extranjera, para que la imaginación popular, irreflexiva y pronta, se adelantase á los acontecimientos, despeñándose por la pendiente peligrosa de las conjeturas. Por aquellos días visitaba Alfonso XI 1 á Andalucía y ¡legaba hasta Cádiz. Con repetidas salvas atronaban el espacio y hacían retemblar la ciudad los buques británicos surtos en aquel puerto. Por tal homenaje testimoniaban el afecto y respetuosa consideración de su Reina al augusto adolescente. En su honor daba la escuadra un banquete esplendidísimo. Y entre los ¡hurrahs! y aclamaciones de entusiasmo, en medio de protestas de cordialidad entre ambos pueblos, acaso cruzó por el pensamiento de alguien, como ráfaga luminosa, un recuerdo: el de la princesa Beatriz, el de la hija inseparable de la Soberana de Inglaterra. La conjetura tomó cuerpo, sin más ni Alfonso XII no había tenido tiempo de pensar fuera de Sevilla. Antes de llegar á Cádiz había pasado por la capital de Andalucía, y allá, en los salones del palacio de San Telmo, en sus jardines que el azahar aromatiza, cautiváronle los ojos y el alma. A Igunos años más tarde, precisamente el mismo en que moría Alfonso XII, la bella y virtuosa princesa Beatriz enlazábase con el príncipe Enrique de Battenberg, y al siguiente venía al mundo, despejando el horizonte anubarrado y triste de la Patria, el heredero en el Trono de aquel Monarca generoso y simpático. Estaba escrito dirán hoy los fata listas. El rey D Alfonso X I I I ha dicho ahora el telégrafo extranjero, irá á CapMartín en el m: s actual y tendrá una entrevista con la princesa Victoria Eugenia