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A las cuati y media: La ducha. -Biblioteca popular. -Los nervios, ÓMICO. -A LAS OCHO Y media: El arta de sor bonita. -A las nij eve y media: La buena sombra. -A las diez y tres cuartos: El general. -A las once y tras cuartos: Bl arte de ser borita. A las cuatro y media: El túnel. -La buena sombra. -El arte dfi ser borita. E OMEA. -TODAS LAS N 0 ches. -GraD osito de los duettistas Georgos Lys, Miss Stafford, Lucinette. Laurency, Keyra, Sister tí- ordon, la Crioll Enriqueta Sivard, y las obras La Cachunda y Ñoche de vela. R conciertos por los más eminentes pianistas. Representación exclusiva, CasaDotesio, 3 J. Carrera San Jerónimo, y 5. I ro ciados, y en Bilbao. Barcelona y Santander. U I T A E E A JLETODO flamexxeo- (música y cifra) por B. Marín. Circulares detalle. Administración, Moríitín, 7, ó Sociedad A u t o r e s Arenal, 20. 3 PBISTO ASA GEXEH eS DE PUNto, los almacenes de Eugenio González Sudón, Calle y Plaza de Pontejos, 1. 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Todas las mañanas venía del demos de Falero, donde vivía con sus padres, al templo en construcción, y todas las mañanas disfrutaba fantaseando á solas por ef camino. Aquel joven, de pequeña estatura, de ojos pardos, que se guiñaban con una dulce expresión de curiosidad, era un artista. Desde el umbral de su casa empezaba á imaginar mi! graciosas quimeras, á las cuales servían de fondo ía pureza del cielo, la transparencia del aire, ia gracia de las colinas que se esfumaban en el horizonte, los perfumes y los ligeros ruidos que son como la respiración natura! de tas cosas. i Con una sola palabra que pronunciaba en voz baja, fijaba cada día el tema de su ensueño. Hoy se veía convertido en héroe que había salvado á la patria en alguna batalla, de la cual volvía herido, entve hermosas jóvenes que agitaban palmas. Otras veces era actor de un gran teatro en día de solemne fiesta. Otras, imaginaba la llegada de una cautiva hermosísima que un barco maravilloso había traíd. 0 ai Píreo, y cuyo lenguaje nadie sino él entendía. i Pero á esta diversidad de fantasías, incesantemente renovadas, había cierta unidad constante. Las mujeres que en los ensueños de Cebes figuraban, se pai- ecíare esencialmente, ó, por mejor decir, se parecían todas á urt ideal superior, eran este mismo ideal. Y este ideal vivía en- Atenas, en una. calle por donde todos ¡os días tenía que pasar el escultor al ir al trabajo- Mucho antes de llegar á casa de ella, advertíala Cebes en el umbral de su puerta ó en la azotea. Desde que emprendía el camino se decía á sí mismo, que Foidisa, la extranjera, estaría ausente ó durmiendo; que las EL ESCULTOR 1 3 puertas y ventanas de su casa estarían cerradas, que no tenis que molestarse en levantar la vista. Su corazón palpitaba, sin embargo, y cuando veía á Foidisa sentía como una herida suave por donde se infiltrara en su ser, á torrentes, la felicidad para todo el día, ¿Hablarla? ¡No! ¡Para qué! Bastaba con amarla. En eJ primer amor de an artista, verdaderamente grande, se revela una abnegación que es lo más casto y lo más fecundo de la tierrai Erí cuanto llegaba á la cabana, Cebes se quitaba su túnica y permanecía un instante gozando de las cosas. Luego contemplaba el modefa de barro moldeado por la sabia mano de su maestro Hegesias, cogía cincel y martillo y empezaba á trabajar, A su alrededor Tos demás obreros iban y venían, disputaban, cantaban ó reían, pero Cebes no tomaba parte nunca en estas expansiones y continuaba trabajando. Serena y majestuosa, la cariátide iba saliendo de la piedra como una visión primavera! AI principio, el escultor Hegesias iba á ver cómo ík aba Cebes- el- tfabajo y aplaudía el celo de! joven. Se aseguraba que allá en lo profundo de su inteligencia é! el célebre artista cuyas obras producían extraordinaria admiración, había pensado que aquel joven podría ser maestro andando el tiempo. Caminando, con los dedos escondidos en su barba gris, Hegesias había ensayado á decir en voz baja: Cebes el escultor y comparaba la frase con esta otra: el escultor Hegesias En este trabajo mental estaba cuando llegó á casa de su amada Foidisa, en quien él admiraba la armonía del cuerpo escultural, que. encarnaba el canon de belleza de los más entendidos estatuarios. En esto era inferior á su discípulo Cebes, que admiraba en Foidisa, sobre todo, el alma. Una tarde de verano Foidisa llamó la atención de Hegesias hacia el joven escultor que pasaba ante ellos. ¿Verdad que es muy simpático? -le dijo. í- -No me he fijado- -contestó Hegesias mirando á Cebes. Cebes no olvidaba á Foidisa ni aun cuando trabajaba. Hasta tal punto, que, sin, él darse cuenta al pronto, la figura de mujer que tenía que reproducir en la piedra iba resultando con 5 ss rasgos, ¡a expresión, el parecido exseto de Foidisa,