Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C LUNES 4 DE DICIEMBRE DE i 9 o5. PAG. 6. EDICIÓN se cotizan en baja, menos el Riotinto, que vak 1682 y gana 28 francos, animado por el alza del cobre en Londres. Nuestro Exterior no pierde terreno, si comparamos su último precio con el de hace ocho días; pero si tenemos en cuenta el cambio cotizado el miércoles, cuando compras incesantes de la especulación alemana le hicieron alcanzar el precio de 5) 4,20, resulta que ha bajado 70 céntimos. El 3 por 100 francés pierde 20 céntimos y queda á 99,72, alejándose de la par que había vuelto á alcanzar el viernes. El turco pierde todo el terreno ganado al principio de la semana, y vale 91,10. Nuestras acciones ferroviarias bajan también, obedeciendo á la general tendencia é influidas también por las bajas continuas de la recaudación; los Nortes cotizan el sábado á 164 y los Zaragozas á 289; 4 y 6 francos de pérdida respectivamente. Las minas de oro también bajan; la Goldfields, que es la que más interesa á la especulación española, vale 148 y pierde 6 francos. En Londres ha habido varias quiebras de casas interesadas en el mercado de minas; esas quiebras han influido de rechazo en París. Mientras no se tranquilice la Bolsa, será difícil emitir con éxito el empréstito japonés, A París le tocarán 3oo millones lanzados al mercado por la casa Rothschild. Lo más probable es que se aplace la operación. más, llevando el hilo de la pequeña intriga, un joven tímido enamorado de una de las tiples, que para cortejarla pretendía ingresar e n la compañía, á quien hacían ensayar en son de burla y que, por azar, tomaba parte en el estreno del engendro que se preparaba; y, por último, un señor de pueblo (el señor Felipe) que pedía vales para ver gratis la función y se perdía en el dédalo de galerías y pasillos interiores sin dar jamás con la salida. Todo ello no valía nada ó valía muy poco. La obra se vino abajo desde las primeras escenas, por falta de interés, por deslavazada y por sosa. La intención era buena, como llevo dicho; pero en el teatro la intención no basta; es preciso, además, saber manejar los muñecos. Y el fracaso fue grande; pero el escándalo que le siguió, y que se recordará durante muchos años porque ninguno le ha superado jamás, fue excesivo, injustificado, y en mi opinión, sincera aunque interesada, nó es posible hallarle disculpa. E l público tiene derecho, aun en los contados casos en que pudiera no tener razón, para rechazar las obras que no le gusten. Para lo que no tiene derecho es para alborotar, quedándose en el teatro una hora después de terminar la obra rechazada, ni para gritar que le han estafado y que le devuelvan el dinero. No; el autor no estafa al público aunque le ofrezca un parto de su ingenio malo de remate, puesío que le creía bueno seguramente, y el primer perjudicado es él si se equivoca. Él espectador paga por juzgar, no porque el autor acierte á la fuerza. En cuanto juzga debe irse. Pudo, pues, patear, silbar, hundir en el foso La obra de la temporada si la creía meredora de tal castigo, pero debió retirarse después haciendo cuanto ruido quisiera y hasta pidiendo mi cabeza si se le antojaba, porque ya sabemos que todo ello es pura broma, y no debió, de ninguna manera, obstinarse en pedir que representaran, para su solaz y recreo, otra, pieza porque aquélla no se había acabado. Sí, se había acabado. El cartel anunciaba que la zarzuela que iba á estrenarse tenía cinco cuadros, y los cinco se ejecutaron al pie de la letra sin suprimir una sola línea. Véase cómo: Cuadro primero: el saloncillo de un teatro donde se presentaban los personajes y se iniciaba la acción. Cuadro segundo: pasillo del mismo teatro, en el cual se explicaba claramente la tesis. Cuadro tercero: z escenario en un ensayo, con unos toques de saínete que, si de algo pecaban, era de manoseados y vulgares. Cuadro cuarto: telón de cuadro, delante del cual aparecía Pinedo y recitaba un monólogo bastante largo, diciendo que uno de los actores no había parecido y que en el estreno tenía que sustituirle de repente un joven aficionado que se había prestado á ello... El recurso será inocente, pero el monólogo, que se decía en sitio distinto de jas decoraciones anterior y posterior, constituía un cuadro hecho y derecho. TEATRO. CAPITULO XXIV M 1 EL ENTRENO DE LA OBRA DE LA TEMPORADA on la dimisión de la Junta y con mi retirada definitiva, se restableció la normalidad como por encanto; volvieron á trabajar tranquilos los autores y tornaron á estrenarse las obras sin otros riesgos que los ordinarios. Creyendo que también conmigo rezaba la amnistía, acepté n Marzo de 1904 el encargo que, como de costumbre, me hizo la notable tiple de Apolo doña Joaquina Pino, la cual, desde años atrás, me honraba pidiéndome una zarzuelita para su beneficio. Ocurrióseme desarrollar un asunto bajo el titulito aquél de La obra de la temporada, con el cual había pensado atraer sobre mí la tempestad en los días de efervescencia; pero no ya con intentos de combate, sino porque le creí bastante sugestivo para atraer al estreno mucha gente, que era lo que yo debía procurar en obsequio á Ja beneficiada. El fin que me propuse en la obra fue únicamente el de fustigar la manía de algunos empresarios, que se empeñan en creer que as obras artísticas y de buen gusto no dan dinero nunca, y prefieren hacer verdaderas mamarrachadas con muchos trajes y muchas decoraciones. M e parece que el propósito no podía ser mejor ni más sano. PaVa llevarle á la práctica, suponía yo que en un teatro se ensayaba un esperpento de esos, considerado como la obra de la teníporada y la salvación de la Empresa efectivamente. Con este motivo hacía desfilar por la escena, con algunas alusiones y picardigüelas sin hiél ni veneno (sátira barata, que dijeron luego los críticos) unas tiples picajosas enemigas entre sí, una característica que se quejaba de todo, un barítono catalán que se empeñaba en que los demás hablasen claro, un actor tumbón que no llegaba nunca á tiempo, etc. etc. Intervenían ade- Cuadro quinto: el mismo escenario del tercero, pero con una decoración de selva fantástica en la cual se desarrollaba la primera parte de la revista bufa cuyo estreno se suponía. ¿Cuántos son? ¿Cuatro ó cinco? Cinco, ¿verdad? Pues la gente no quiso contar por los dedos y se empeñó en que eran cuatro y en que habían de darle á la fuerza el que faltaba, aunque los anteriores no le habían gustado poco ni mucho. ¡Quería seguir sufriendo una obra que le parecía insoportable! Contribuyó al error el modo de terminar la zarzuela, que era el siguiente: Carreras (el aficionado) vestido de príncipe oriental y rodeado de guerreros, estaba en escena precisamente sobre el escotillón, cuando venía Mesejo padre (el señor Felipe) que se había extraviado en los pasillos buscando la salida y, empujando una puerta que en la decoración figuraba unas rocas, a p a r e c í a inopinadamente. Atortolado por la luz y por el gentío de la sala, pretendía huir; Carreras, incomodado porque le echaban á perder el debut, le decía cuatro frescas; el otro se enfurruñaba y acabábase la discusión á cachetes. En la zarzuela fingida había de jugar el escotillón cuando se oyese una palmada, y como uno de los bofetones sonaba mucho, los carpinteros cumplían sumisión y hacían descender al foso á Carreras y Mesejo. El recurso, como se ve, no popodía ser más candoroso. El señor Felipe, creyendo que aquello era la muerte, se hundía gritando: ¡Señor gobernador, socorro! y los personajes que estaban en escena no sabían GÓmo salir del apuro, hasta que aparecía un guardia, falso por supuesto, que ordenaba suspender la representación por haber mentado á la autoridad. El representante de la Empresa, fingido también, añadía en vista de eso dirigiéndose al público: Como ustedes comprenderán, en estas condiciones no puede continuar el estreno. Perdonen ustedes, etc. etc. Y así acababa la obra... porque no había más remedio. No de otro modo termina Tin drama nuevo, aunque la comparación sea irrespetuosa. D e r o el público se llamó á engaño. En cuanto cayó el telón empezaron 3 desgañitarsevarios espectadores profiriendo denuestos y amenazas: ¡Allí faltaba un cuadro! ¡Aquello era una, estafa! ¡Ladrones! ¡Que nos devuelvan el dinero... Y nadie se movía de su sitio; el estruendo crecía, el auténtico delegado del gobernador verdadero no sabía qué partido tomar; transcurría el tiempo y aquello no se acababa nunca. Entretanto los artistas, cansados de oír la algarabía de fuera, se habían retirado á sus cuartos á vestirse para Ja secciór siguiente; los carpinteros habían cambiado la decoración de mi último cuadro pot la de El género ínfimo y dormitaban tranquilamente en las sillas que habían de aparecer en escena... Solos quedábamos tras el telón el empresario y yo, esperando en vano que pasara la nube, aunque fuera descargando granizo. Pero ¡qué había de pasar! LaE voce de ¡estafa! ¡ladrones! eran cada vez li