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A B C. MARTES 28 DE N O V I E M B R E T E i 9 o5. P A G j o EDTCION 1 a Con hacnas de las que usan los zapadores destrozaron las puertas, y en un minuto comentó á caer á la calle una lluvia de paquetes, de Jibros y periódicos. La pesada mesa de caoba de la redacción cayó estrepitosamente sobre el arroyo. Los tinteros, las sillas, todos los útiles que había en el local no tardaron en sufrir la misma suerte. Un oficial arrancaba las persianas, pero desde la calle le advirtieron que respetase todo aquello que no fuese propiedad del periódico, y desistió de su empeño. X X A ás hogueras. No tardaron en formarse con todos aquellos artefactos dos grandes hogueras, cuyas llamas llegaban á gran altura. Los militares aplaudían y no cesaban de dar gritos de ¡viva Españal y ¡viva Cataluña española! X ¡1 general Castellví. Cuando los militares abandonaban La Veu, se presentó el general Castellví vestido ie paisano. Algunos jefes que se apercibieron de su llegada le saludaron militarmente. El general Castellví, profundamente emocionado, les dijo: -Basta ya, señores; como jefe les ordeno que me sigan á la Capitanía. Un oficial le saludó respetuosamente, contestándole con voz entera: -General, defendemos el buen nombre de a Patria y del Ejército. El general calló, y seguido de numeroso grupo de oficiales se dirigió hacia Atarazanas. El gobernador continuaba á la cabeza de la manifestación esforzándose en calmar los Ánimos, X ¡n la plaza del Teatro. Al llegar á la plaza del Teatro, los militares que formaban la retaguardia de la manifestación gritaron: ¡A la calle de Escudillers! El objeto era asaltar la imprenta de LaVeu. El general Castellví y el gobernador civil se lanzaron á la cabeza de la manifestación, suplicando á los militares que se disolviesen. La mayoría gritaba: ¡Todavía no! Entonces el general Castellví hizo valer toda su influencia, diciendo: ¡Marido á ustedes que me sigan al Gobierno militar! Hubo un momento de indecisión; pero la mayoría optó por obedecer al gobernador militar. Un jefe gritó: ¡Por hoy basta! ¡Otra vez el escarmiento será mayor! X bedeciendo. En ordenado y compacto grupo siguieron por la Rambla de Santa Mónica, figurando á la cabeza de la comitiva el gobernador civil y el Sr. Castellví. En aquellos momentos el cortejo enardecido, aparecía imponente. X tárente á loveniut. Al pasar frente á la redacción del perió- dico catalanista Joventut, varias voces gritaron: ¡A ese periódico, que también es separatista! Inmediatamente formóse un grupo de militares, oponiéndose algunos de ellos á la destrucción del local, recomendando calma á los más exaltados. X Oigue la comitiva. Sin otros incidentes siguió entonces el cortejo hacia el Gobierno militar. La comitiva había aumentado de una manera enorme. Gran número de paisanos se incorporó á los militares, prorrumpiendo en ardorosos gritos de ¡viva Españal ¡viva Cataluña española! que se coreaban á continuación con otros frenéticos ¡vivas! X 1 f n detalle. A pesar del aspecto que presentaba la manifestación, verdaderamente poco tranquilizador, es de notar que casi ningún establecimiento de la Rambla de Santa Mónica cerró sus puertas, convencido, sin duda, el público de que los militares le respetarían. X j p n el Gobierno militar. Llegada la comitiva al Gobierno militar, el general Castellví volvió á suplicar á los oficiales que depusieran su actitud y penetraran en el edificio. Negáronse éstos, y á los ruegos del gobernador militar uniéronse los del gobernador civil, Sr. Fuentes, costando no pocos esfuerzos convencerles. Logróse al fin y fueron entrando en el edificio los militares, siendo necesario que muchos quedaran en la calle por deficiencia del local. Dentro de la casa, el Sr. Castellví arengó á los reunidos, manifestándoles cuánto sentía el acto que habían cometido, y rogándoles que nó pasaran adelante en sus intentos. No muy convencidos, los militares salieron á la calle, y, en actitud pacífica, volvieron otra vez á la Rambla. X p n las Ramblas. Ramblas arriba, hacia la plaza de Cataluña tomaron los manifestantes. Entre éstos corrían vientos de lucha. Unos proponían que se fuera á La Tralla. Otros pedían que se fuera al domicilio del Sr. Rusiño! en la calle de Diputación. Los más querían ir á ver al Sr. Bosch y Alsina. Pero se impusieron otra vez los que recomendaban templanza y no llevaron á vías de hecho su propósito. X umultos. Al llegar á la Virreina hubo varias Carreras por haber dado ciertos gritos algunos individuos, repartiéndose sablazos. Frente á Belén hubo también carreras á consecuencia de una alarma infundada. Ya en la plaza de Cataluña, fueron diseminándose los militares, quedándose muchos de ellos paseando por las Ramblas. X I 1 eridos y contusos. En el Dispensario de las Casas Consistoriales fue auxiliado un joven llamado Pedro Maná, herido gravemente en la cabeza y en una mano, en la Rambla de los Estudios. Fue conducido al Dispensario por los camilleros de la Cruz Roja. Momentos después fue conducido al mismo Dispensario otro herido, Miguel Casadesús, habitante en la calle de Aragón, núm. 312, cuarto, herido en un ojo, de un puñetazo, en uno de los tumultos de la Rambla. Los militares ligeramente heridos á consecuencia de la rotura de cristales, fueron varios, pero no tenemos noticia de que ninguno lo esté de gravedad. A las once y media de la noche, el presidente de la Diputación provincial, Sr. Sostres, el concejal Sr. Pella y Forgas y el Sr. Trías, estuvieron en el Dispensario de las Casas Consistoriales visitando á los heridos. La Cruz Roja quedóse de servicio en la Rambla de los Estudios, para el caso de que fueran necesarios sus auxilios. X a Guardia civil. Poco después de las once acudieron á las Ramblas numerosas fuerzas de la Guardia civil de infantería y caballería, las cuales se seccionaron, tomando militarmente las bocacalles de la ancha vía. Parejas de la Guardia civil montada comenzaron á patrullar en seguida desde la Puerta de la Paz hasta la plaza de Cataluña. Otras fuerzas se situaron frente á las redacciones de La Veu y Cu- Cul. X V el alcalde? Esta madrugada nada se sabía del señor Bosch y Alsina. Durante los sucesos de la noche se echó de menos en todas partes la presencia del señor Bosch, sobre todo en el local donde estaban los heridos, en el cual vimos á todas las autoridades y á no pocos concejales. X T espués de los sucesos. A media noche la animación en las Ramblas era realmente extraordinaria. El público, dividido en pequeños grupos, comentaba los sucesos ocurridos, oyéndose diversas versiones respecto á la forma en que se desarrollaron. La noticia de los acontecimientos llegó á los teatros y á los cafés, que bien pronto se quedaron en cuadro, pues mientras unos concurrentes salieron para informarse de lo ocurrido, otros, que iban acompañados de sus familias, se apresuraron á regresar á sus domicilios, temerosos de que los sucesos adquirieran mayor gravedad. -Pequeños grupos de oficiajes veíanse estacionados en distintos puntos de las Ramblas. La Guardia civil y la policía continuaban patrullando á la hora de la madrugada en que escribimos estas líneas. EN MADRID C n el Círculo Müitar. Los salones del Casino Militar estuvieron ayer durante toda la tarde llenos de oficiales de todas las armas. Poco antes de las cuatro celebróse una re unión, en la que se acordó bajar á la estación á despedir al ministro de la Guerra, porque á dicha hora no se sabía que el general Weyler no iba á Barcelona. Pronunciáronse varios discursos de tonos enérgicos y altamente patrióticos y se dieron muchos ¡vivas! al Rey y á España. Cuando los militares salieron del Centre del Ejército y la Armada, fueron aclamados por el público que, formando grupos numerosos, esperaba en la plaza del Ángel y calles adyacentes. En las del tránsito fueron también objeto los militares de análogas manifestaciones de simpatía, y por último, en la estación oyéronse á su llegada muchos ¡vivas! porque la gente esperaba aquel momento para significar su cariño y entusiasmo al Ejército. X T espedida al general Delgado. Al tenerse ayer noticia de que el genera) Weyler saldría de Madrid en el expreso de Barcelona, los amigos y compañeros del ministro de la Guerra y en general todos los jefes y oficiales de la guarnición, decidieron acudir á la estación del Mediodía á tributarle una despedida cariñosa. En las primeras horas de la tarde comenzó, sin embargo, á circular el rumor de que el viaje se había suspendido, pero como no se as guró de un modo absoluto y, sobre todo, no había medio de evitar la manifestación, comenzaron á llegar militares al andén en número tan crecido que poco antes de la salida del expreso era punto menos que imposible la entrada en la estación. Ya en ésta se supo que no era el ministro quien iba á Barcelona, sino el capitán general de Cataluña, Sr. Delgado Zuleta; y como este bizarro militar goza también grandes simpa- L