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H A Ñ Q TRES, NUMERO 3 ¡7 CRÓ- ¿MADR 1 D, 2 3 DE NOVIEMBRE DE i9o5. NUMERO SUELTO, 5 CÉNS. NICA UNIVER- SAL ILUSTRADA. ¿SE CASA EL REY? MADRID AL D 3 A písía pregunta hicimos ayerá quien podía contestarnos, si no autorizadamente, en el sentido literal de la palabra, con la autoridad que puede tener el juicio de persona que conoce las interioridades de los asuntos de Estado y las prácticas de las Cancillerías europeas. -Se casa el Rey- -nos contestó. ¿Cuándo? ¿Con quién? Estas preguntas son de más difícil contestación. Se habla de la princesa de Battenberg, á quien, por cierto, designó como futura Reina de España el voto popular en aquel plebiscito que ustedes abrieron en A B C Veremos si esta vez la voz del pueblo es la voz de Dios. Muy posible es que lo sea. La gentil Princesa inglesa reúne merecimientos bastantes para ser nuestra Reina. Acaso lo sea. Ni niego ni afirmo. Mucho se ha escrito de poco tiempo á esta parte sobre la r ¿gia boda. Algo muy reciente eomo definitivo. No diré que sea rectificable. Tampoco afirmo que haya sido oportuno. Per de lo más ¡nexacto é injusto que se ha escrito, es lo referente á la archiduquesa Gabriela, quien nunca pensó, á buen seguro, en tales proyectos matrimoniales, ni su nombre figuró en esa especie de candidatura que se supone formada para elegir. ¿Cómo se explica- -interrogamos nosotros- -que siendo la princesa de Battenberg protestante y como tal bautizada, mañana hará precisamente dieciocho años (j) tenga por madrina á una católica, tan católica como la emperatriz Eugenia? -Es sn detalle que tiene precedentes y pue 4o citar uno de éstos, que no deja Jugar á. duda. La madrina de la Princesa hija de los emperadores de Alemania, protestante la Princesa y protestantes, hasta más no poder, los padres, es nuestra muy católica Reina doña María Cristina. -Entonces, ¿irá el Rey á Roma? -Si va, será por esas razones diplomática que regulan los viajes de los Soberanos á las cortes extranjeras, no porque necesite ir para casarse con una princesa protestante, en el caso de que lo sea la elegida de su corazón. Por si la ¡pregunta tuviese otra intención, diré tami ién que. el Kaiser ha estado en Roma, sin ocasionar conflicto alguno para las dos cortes de aquella capital. Nada más nos dijo el personaje á quien interrogamos, y nos separamos con la impresión de que, efectivamente, una vez stnás el proverbio latino reflejado en el plebiscito de A B C tendrá confirmación. C fy En este mista número publicamos un arijcííi á jfíepesrte de este hecho. p n las últimas horas de la madrugada, en plena obscuridad para que nadie pudiese ver la tramoya, se verificó la mutación. Lo mismo que en los teatros modernos: dejando sin luz á los espectadores, para que cuando la claridad vuelva á reinar, la decoración haya variado. Así los tramoyistas de la naturaleza aprovecharon los últimos momentos de noche para descolgar celajes, desmontar bastidores grises y tender el telón de terciopelo azul con un sol de oro bruñido campando por él; y Madrid, que el martes entró en la obscuridad impresionado con el espectáculo de nieves, vio ayer, al recobrar la luz, un cuadro de risueño otoño con horizonte despejado y triunfando sobre él el soberbio astro del día. Diríase que todo se había dispuesto para recibir al Rey. Volvía de un viaje durante el cual ha visto poco sol, muchas nubes y mucha nieve. Acaso se haya exagerado en esto como en la crónica de las cacerías al consignar inverosímil número de disparos y no menos inverosímil número de piezas cobradas. Ello es que el tiempo lució espléndido y que Madrid recibió al Rey del modo que más grato debe ser para quien viene de lejanos países, de ver nieve y brumas: con cielo y sol madrileños que son el cielo y el sol más alegres de la tierra. Los músicos celebraron á su patrona, Santa Cecilia, y hube en el Conservatorio solemne reparto de los premios alcanzados en el curso anterior. Los ferroviarios siguieron discutiendo en su Asamblea como si no fuese la festividad de Santa Cecilia y como si no estuviesen obligados en algo á guardar esa fiesta ya que, según algunos de los que deliberan en tal Congreso, mucho de io que dicen, piden y proponen será finalmente música celestial. Los diputados provinciales celebraron sesión, que fue agitada como cualquier medicamento de uso externo. Sino que no se trataba de remedio alguno ni cosa que se le parezca, sino de las obras que se han hecho en aquella casa con el consiguiente aderezo de abusos, etc. El asunto quedó sobre la mesa; con dejarlo debajo de ella, hubiera sido bastante. También la sesión de) Congreso fue agitada. Los diputados catalanistas, al esplicar los actos de sus correligionarios ó cuando menos sus electores en Barcelona, hicieron recordar muchas frases gráficas de las que cuenta nuestro rico idioma, los cerros de Ubeda las coplas de Calaínos entre otras, y aunque algo de palinodia hubo al final, hizo el efecto de haber sido entonado con la boca chica. Lo que hace falta es que la repitan en Barcelona. Pero á grito pelado. AEMECE IMPRESIONES PARLAMENTARIAS I OS REGIÓN ALISTAS. Hemos de ser parcos y desapasionados al reseñar la se sión de ayer tarde: pocas veces hemos tenido como ayer un sentimiento de tristeza al ver llevada y traída la tierra española- -que tanto amamos- -por unos y por otros. El Sr. Junoy habló en primer lugar: cuenta este señor diputado con simpatías en todos los lados de la Cámara, y ha llegado, en fuerza de ejercicio, á poseer una de las palabras más sencillas, más amenas y más dóciles al intelecto de cuantas resuenan en el Congreso. E! Sr. Junoy comenzó previniéndonos que deseaba poner moderación y prudencia en su discurso. En Barcelona- -dice el orador- -los catalanistas sacaron en las pasadas elecciones de concejales 12 candidatos triunfantes; nosotros, los republicanos, obtuvimos el éxito para J 4 de nuestros partidarios. Y como á los catalanistas- -añadía el Sr. Junoy- -les pareció que esto era una victoria magnífica, acordaron celebrarla con un banquete. A este banquete asistió el alcalde de la ciudad condal; este alcalde, como todos los alcaldes, es representante del jefe del Estado español. Y este alcalde levantó su copa en el banquete regionalista- -decía el orador- -no por la unión de todos los españoles, sino por la unión de todos los catalanes. Y luego, cuando los comensales que habían asistido á este festín salieron de él, un grupo de gente tumultuaria se dirigió á un Círculo republicano y ante él profirió gritos de ¡muera España! ¿No dejó este alcalde de Barcelona, representante del Rey de España, su vara á la puerta de la sala en que se celebraba el banquete? -preguntaba el orador. ¿No hizo tácita dejación de este símbolo del poder central al incorporarse á esa comida y hablar en ella COTIO habló? Y no sólo se dio este espectáculo en Barcelona: se vio algo más que esto; se vio algo más también que la hostilidad contra el centro republicano; se vio una turba desenfrenada dar ¡vivas! á Cuba libre ante el Consulado de esta nación y proferir allí también los gritos atentatorios á la Patria. Y el Sr. Junoy se preguntaba: c ¿Qué va á hacer el Gobierno con el alcalde de Barcelona? ¿Cuál es la actitud de los diputados regionalistas frente á estos sucesos? La Cámara ha oído con gran interés el sencillo, sentido y coherente discurso de señor Junoy: la coherencia no ha brillado ciertamente en ios demás discursos. Y el Sr. Rahola se ha levantado á replicar al Sr. Junoy. El señor Rahola es un espíritu culto, templado, ponderado; no tenemos derecho para sospechar de su patriotismo; recientemente este señor diputado ha recorrido gran parte de la América española en cumplimiento de una misión de progreso, de expansión nacional y de cultura que los buenos españoles hemos de agradecer. El señor Rahola, ante el estado de excitación de la Caraara, adesea que sus palabras lleven la paz y la concordia á sus espíritus ¿Habían de ser por fuerza amigos nuestros- -pregunta el orador- -los que profirieran los gritos que todos lamentamos? ¿No podrían ser elementos perturbadores entremetidos entre nuestros amigos? Y el orador, al llegar á este punto, se aparta del debate é intenta leer un documento relativo á la crisis andaluza: es tal en estos instantes la ansiedad de la Cámara, que esta digresión que el Sr. Rahola inicia promueve un