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A B C MIÉRCOLES 22 DE NOVIEMBRE DJb 190 FAQ. 8. EDICIÓN j C L Í ¿EY DE INCÓGNITO EN PARÍS. 19 Noviembre. París amanece envuelto en espesa y glacial bruma. Un cierzo crudo, penetrante, acompañado de lluvia fina y cristalina, capaz de helar los más ardientes entusiasmos y las curiosidades más recalcitrantes, nos invade. Son las siete; los bulevares están desiertos y tristes. Las tiendas permanecerán hoy cerradas, y los cafés aún no han abierto sus puertas. A la animación del sábado parisiense sucederá la invariable calma dominguera. Los mecheros de gas de las farolas nos orientan con sus tenues y vacilantes resplandores. Algunos taximéíres, envueltos en sus capotes de color café que la llovizna y la nieve han endurecido dándoles rigidez extraña, circuían inciertos sobre sus pes cantas al paso soñoliento de sus cabalgaduras. Solo en las calles y avenidas afluyentes á la estación del Este nótase extraño movimiento. Las gentes parecen marchar más apresuradas y en dirección uniforme. Numerosos carruajes cuyos cocheros, cubiertos de amplias y confortables pelerinas de pieles y ostentando en sus charolados sombreros la escarapela tricolor ó los colotes nacionales de España, nos indican que funcionarios oficiales y personas importantes abandonaron en hora tan matinal el mullido caliente lecho para recibir y dar la bienvenida al Monarca español. En efecto; el enorme horario de la monumental Gare de l Est nos dice que van á sonar las siete y media, y el lejano y estridente silbido de una sirena nos anuncia a mismo tiempo que el Oriente- expreso ha entrado en agujas. Las gentes curiosas que habíanse refugiado en los cafés vecinos los abandonan presurosas y vienen á formar larga fila en dirección de la rué d Alesia. La policía contiene á los impacientes, ordena á los recalcitrantes y vigila atentamente á los que parecen sospechosos. Personajes oficiales y distinguidos miembros de la colonia española dejan los salones de espera y marchan silenciosos y lentos hacia los muelles. Una dama esbelta y elegante dirige el cortejo; es la infanta Eulalia. El tren real avanza majestuoso bajo las férreas arcadas de la estación. La puerta del primer vagón se abre y la figura juvenil y simpática de D. Alfonso aparece á nuestra vista sonriente y alegre. Viste gabán gris de pieles, sombrero hongo negro, y en la mano izquierda un bastón con puño incrustado de oro. Con movimiento ágil y seguro desciende. La infanta Eulalia lo recibe en sus brazos y estampa cariñoso ósculo en la real mejíJla. Los saludos oficíales comienzan sin rigideces protocolarias. El Rey, siempre afable, siempre jovial risueño, tiene para todos frases amables, sonrisas francas y galantes propósitos. La recepción ha terminado; D. Alfonso, acompañado del marqués del Muni y del orímer secretario á la Embajada Sr. Riaño, dirígense en soberbio automóvil á la plaza de Vendóme. Y en ese largo trayecto, los parisienses, más tenaces que la lluvia, más obcecados que la bruma, esperan á pié quieto su paso para saludar con simpatía á le roí charmant qui aime Parts. F. MORA. proviso se pusiera gravt, nu quiere morir sin los auxilios de la religión. Tal es el género de vida que el 25 c sucesor del Pescador de Galilea lleva en el Vaticano, con la regularidad de trabajo y sencillez de vida que han sido siempre la norma invariable de su existencia. GACETILLA RIMADA. QUISICOSAS NUEVAS TíiUa, el vapor inglés, con furia loca ha chocado anteayer contra una roca; en medio de Madrid, hace unos días, han chocado asimismo dos tranvías, y ayer también un chulo y un soldado en los Cuatro Caminos han chocado. Después de una experiencia prolongada esto causa mi asombro más profundo. ¡Creí que, la verdad, no había nada capaz ya de chocar en este mundo! X El Manzanares sube considerablemente y hoy las autoridades, temiendo á la corriente, disponen que al instante, por medio de guindillas, se avise á los vecinos que están en las orillas. Costumbre es avisarles, mas no la entiendo bien. ¡Decirles que hay crecida! ¿Pero ellos no la ven? X Traería de su excursión Guitón, millones quizás, si hubieran dado á Gullón diez céntimos nada más por cada declaración. X Hoy leo en un telegrama: Ya en Varsovia no hayJfhueiguistas y sólo en San Petersburgo los farmacéuticos chillan. Ninguno de ellos trabaja. La ciudad está tranquila... jReconfucio! ¿No ha de estarlo sin temor á las boticas? X La mujer del cabo de Consumos Perico Bravo y su madre, al ver en vilo tal impuesto, están trinando. Y ayer las dos me decían con un humor de los diablos: ¡Ya verá usted, señorito, cómo nos chinchan al cabo! JUAN PÉREZ ZUÑ 1 GA COMO VIVE EL PAPA p 1 septuagenario pontífice Pío X es muy madrugador: á las cinco de la mañana y en el verano antes, deja el lecho y se viste sin ayuda de nadie. En seguida reza en su Breviario, paseando lentamente por las salas próximas al dormitorio ó por los jardines de Palacio, y á las seis celebra la misa asistido por sus secretarios íntimos y capellanes secretos, y oye después arrodillado la que uno de sus capellanes dice. Sigue el desayuno en el comedor de sus habitaciones privadas, en el tercer piso del Vaticano, y cuando sus hermanas y una de las sobrinas asisten á la misa le acompañan en el comedor. Esta es la única vez en que pueden ver en la intimidad á su adorado Beppo y aun ésta por breves instantes, pues el Papa las despide para continuar la lectura deJ Breviario y para meditar hasta las ocho en punto que se traslada á su gabinete de trabajo del segundo piso. Su secretario particular, monseñor Bjressan, le presenta entonces la correspondencia personal y después de un rápido despacho, recibe al secretario de Estado, monseñor Merry del Val, que le da cuenta de las notas de nuncios y emjabadores sobre los asuntos espirituales y temporales de 225 millones de católicos. A las diez y media recibe á los cardenales de las Congregaciones, que tienen un día de audiencia, y después á los que la han solicitado por medio del maestre de Cámajra de Su Santidad monseñor Bisleti. Las audiencias privadas concedidas á los obispos, hombres políticos y altos personajes, son las primeras, y las siguen las disiincta para grupos de tres ó cuatro personas. A las dos de la tarde terminan las audiencias, y Pío X come con monseñor Bressan, alterando la antigua costumbre pontificia de comer solo siempre el Papa. Pío X no duerme siesta. Pasea con su secretario por la galería de Rafael y atraviesa otras varias en las que esperan muchos fieles su bendición. Generalmente les dirige la palabra con cariño, dando pruebas de una paciencia verdaderamente infatigable. Si le queda tiempo, desciende el Papa á Jos jardines del Vaticano, y á las cinco y media vuelve á sus habitaciones y concede nuevas audiencias privadas. Queda luego solo y lee y esgribe hasta las nueve y media. Hace apuntaciones de los principales sucesos del día y da órdenes al secretario para el siguiente. A las diez despide á todos y después de rezar sus oraciones se acuesta. En una estancia próxima, duerme uno de sus capellanes, pues según sus propias palabras, el Papa debe dar el ejemplo, y ú de im- LAS GONGORAS p l barrio donde se alza el convento de las Góngoras, al que la reciente fuga de una monja ha dado carácter de actual) dad, tiene historia interesante, pues allí se alzó el palacio del duque de Frías, en el que durante mucho tiempo estuvo establecida la Embajada francesa. Hallándose cerrada ésta por el fallecimiento del embajador duque de Reyneral, ocurrido en La Granja, se sublevó en i83 j la Guardia Real que ocupaba el cuartel del Soldado, y los milicianos y paisanos armados ocuparon la Embajada para sofocar desde allí la rebelión. En 1745 el duque de Frías, D. Bernardino Fernández de Velasco, convirtió la sala- teatro de su palacio en iglesia aneja de la parroquia de San Luis, con el título de parroquia de San José. Dos monasterios de monjas había en