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ARTES 14 DE NOVIEMBRE DE s 9 o5. PAG. n EDICIÓN 2. a Eí suceso electora POIÍ rEL ¿GRA r 5 Iprabajos electorale; Yaliadoiid, i 3 10? Ei juzgado que interviene en e! suceso electoral ocurrido ayer, y del que di cuenta, ha orden? do ía detención de! os individuos que formaban h mesa de! colegio en donde ocurrió 2 quéi y la de dos guardias municipales que tomaron parte en ¡a ¡ucha. En las diligencias interviene ei fiscal de la Audiencia. Hasta ahora los trabajos judiciales no han puesto en claro quién fue el autor de los disparos. Mañana será enterrada la víctima del suceso. El gobernador ha negado ¡a autorización para- la manifestación que ios republicanos pensaban realizar con motivo del entierro. -1 id Sucursal del Banco, robada POR TELÉGRAFO Oegovia, i 3 6 t. Esta mañana se ha descu bierto en la caja de la sucursal de! Banco de España un robo importante 570.775 pesetas en billetes. Se asegura que no hay señales de fractura en la caja, en la cerradura ni en la puerta. Sospéchase de un ordenanza del Banco llamado Cortés, que después de haber hecho la guardia que le correspondía, pidió permiso para marchar á Madrid. ¡TEATRO. CAPITULO XXI. EL ESTRENO DE LA CHICA DEL MAESTRO Antes de pasar adelante debo hacer algunas advertencias, aunque sea anticipando los acontecimientos. La cuestión del dominio público, de que he dado una vaga idea en el capítulo anterior, la resolvía, y la resuelve, la Sociedad de Autores españoles imitando á la de autores franceses. Allí, como aquí, no se concede á las empresas el oportuno permiso para representar ías obras del repertorio si no firman previamente un contrato obligándose á pagar una cantidad determinada por cada función, sea cualquiera la obra que se ejecute. Esc contrato no sólo obedece á un principio de justicia y de protección á los autores que tienen que vivir de su trabajo, sino que es perfecta y absolutamente legai en todas sus partes. Por defenderle á rajatabla, por creer que con él se cortaban de raíz innumerables abusos y se amparaba debidamente el derecho del autor, se me echó encima medio mundo y me arrojaron de la Sociedad poco menos que á puntapiés. ¿Que no? ¡El pretexto fue ese! Pues bien, á ia junta directiva, á que tuve el honor de pertenecer, han sucedido otra y otras, muchas, ¡demasiadas! formadas todas por hombres prudentes, graves, serios, dignos, y desde luegomuchísime más inteligentes que yo. Nunca á ninguno se le ha ocurrido variar el sistema, y las empresas siguen firmando los contratos dichosos y pagando los derechos de todas las obras que representan, sean 3 as que fueren. A la Sociedad pertenecen ya muchos de ¡os que me combatieron rudamente por esía causa, y en n nguna Junta general han pedido, que yo sepa, qaz ni se firme ni se cobre... De donde se deduce que, ó aquí hemos perdido la cabeza todos, ó ¡o que en mí parecía mal en los demás parece de perlas, ó mi derrota se ha convertido en un triunío, ó me voy pareciendo un poco al Cid Rodrigo de Vivar en que gano batallas después de muerto. Escojan ustedes lo que quieran, y vamos andando. omentos antes de levantarse el telón del teatro de la Zarzuela para el estreno de La chica del maestro, entramos en el palco destinado á la Junta iirectiva Serafín Quintero y yo; los primeros que llegamos. En seguida se dirigieron á nosotros las miradas de todos los concurrentes; miradas de curiosidad agresiva, de aborrecimiento colectivo... ¡la opinión pública estaba en punto de caramelo! Tan en punto estaba, que de la galería principal, en nuestras mismas barbas ó poco menos, salió una voz aflautada que dijo clara y distintamente: ¡Ladrones! ¿Quién era el de la voz aflautada? ¡Cualquiera! Un espectador honrado y sencillo que se atrevía á expresar de aquel modo la idea general. Aquel mismo día le habrían dado paño de Tarrasa diciéndole que era inglés legítimo, y habría tomado chocolate sin cacao, y se habría llevado á casa un kilo de garbanzos con doscientos gramos de menos, y hasta se habría bebido una botella del vinillo agrio de mi país, pagándolo como Burdeos de la mejor marca... Pero todo ello le parecería cosa natural y corriente. Lo qae no podía tolerar era que la Sociedad de Autores, representada por Quintero y por mí en aquel instante, hiciera pagar á los empresarios las obras de D Ramón de la Cruz, para no perjudicar á Ricardo de la Vega. ¡Eso era un crimen! Claro estaba que ni á é! ni al vecino, ni á nadie les quitaban un céntimo; pero el escandaloso abuso déla Sociedad de Autores era evidente. ¿Por qué? ¿Cómo? No lo sabía de cierto ni le importaba; lo leía en letras de molde á todas horas y bastaba con eso. La gente no necesitaba pruebas para creer lo malo; para lo que las necesita es para asegurar que alguien ha hecho algo bueno. Dos y dos pueden ser cinco para demostrar matemáticamente una canallada; á duras penas son cuatro para probar una acción meritoria. I a obra, á pesar de todo, pasó sin icopiezos. Riéronse de buena gana los espectadores con algunas escenas graciosas y movidas, se aplaudieron mucho dos ó tres números de ¡música de Chapí, verdaderamente deliciosos, y al final, sin protestas de ningún género, salieron los autores cinco ó seis veces, cogidos de la mano como es uso y costumbre, á dar las gracias á Dios y al público, emocionados y contentos. Total: no un éxito colosal de los que hacen época, pero sí un éxito regular de los que traen aparejadas cincuenta representaciones... y aquí paz y después gloria. Había caído por última vez el telón y empezaba á desaparecer lentamente el concurso, cuando en las últimas filas de butacas surgió una disputa sobre el mérito de la obra. Al. finaljáe todosjos es- 1 renos suele pasar lo mismo y en circunstancias normales la cosa cartee de importancia, pero entonces una chispa bastaba y sobraba para producir un incendio. Oyéronse palabras duras, ejigrosó más de lo debido ei grupo en que se discutía, salieron á relucir la Pre ic a, la Sociedad, los archivos y ei domi. iío público... y se enarboiaron los bastones. La gente que se marchaba tomó parte en la gres ca, jaleando á los que gritaban, con pataleos y silbidos... pero los acomodadores empezaron á hacer la requisa y se, despejó la sala sin otras graves consecuencias Esto es lo que pasó y no más. ¿Había alguna razón para que 3 a obra se retirase del cartel? N o no había nin guna. Si ustedes han tenido la comodidad de fijarse, no habrán podido menos de notar, desde entonces, que de cada diez obras que se estrenan, chicas ó grandes, ocho dan lugar á protestas y alborotos y se rechazan con todo el ruido posible. Lo cual no es obstáculo para que al día siguiente las empresas, con la frescura del mundo, las anuncien con letras rojas, digan que han sido extraordinariamente aplaudidas, y hasta las hagan representar dos veces en la misma noche, como si les corriera mucha prisa sacarlas el jugo... Y el público se aguanta y la Prensa no se enfurruña. Pero entonces, cuando no tenían razón precisamente, se incomodó el público y se enfurruñó la Prensa. Los periódicos dieron grandísimas proporciones al escándalo, dijeron en todos los tonos que aquello de representar una obra silbada obedecía á imposiciones de una camarilla insolente; esgrimiéronse, para salvar á la patria y ai arte de tan ominoso yugo, las mejor cortadas plumas, y tirios y troyanos excitaron el celo de las autoridades para que sentaran la mano á los acaparadores atrevidos y acabaran de una vez, manu militan, con semejante estado de cosas Un cronista insigne, de ordinario bonachón y cariñoso, y antiguo amigo mío por añadidura, deslizó suavemente la idea ele que ei público podía intervenir en el asunto, y de que no estaría mal del todo un final trágico y sangriento. ¿Se ríen ustedes? Pues sí, sangriento. Mas claro, y hablando en plata: que siendo los rrasíornos obra de una empecatada camarilla, y siendo yo ia cabeza visible de la camarilla aquélla... tal vez sería un acto de justicia coserme á puñaladas y arrastrarme por ¡as calles en un serón, como á don Rafael del Riego, por haber entonado un himno á la libertad, que aquí suena siempre á música de los demonios. En esta nuestra bendita tierra, esas ideas de los navajazos y ei serón cuajan con facilidad asombrosa; y he aquí por qué á la segunda representación de La chica del maestro, que se dio porque debía darse, acudió la gente con el decidido propósito de hacer una barrabasada. Y la hizo, y gorda. No se había indignado antes ni se indignó después ante la repetición de miles y miles de esperpentos sin gracia y sin sentido común, y se enfureció entonces contra una obra aceptable y pasadera,