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A B C D O M I N G O 32 D E N O V I E M B R E D E i 9 o 5 P A G 4. E D I C I Ó N i. cerrada se la debería declarar, si á ustedes les parece, monumento nacional. Hubo gran animación por asistir á la sesión del Congreso. Para entrar en la tribuna pública se formó cola, como si dentro fuesen á repartir confites. Hubo devotos del régimen parlamentario que dieron dos ó tres pesetas por un puesto, casi lo mismo que vale el sistema tal como lo van dejando los que le practican. N o hubo ayer decepción. El escándalo fue grande, aunque pudo serlo mayor, á juicio de los prácticos en estas materias, y los Sres. Salmerón y García Prieto se pelearon como dos gallos ingleses, conquistando el segundo nombre de hábil y razonador. Ya en Ja sesión anterior demostró también que en zafarranchos parlamentarios no se ve el hombre tan prieto como su segundo apellido puede hacer creer. Los estudiantes se manifestaron más tranquilos, y por la mañana se dedicaron á la dulce y española tarea de perorar, porque aquí todo se arregla con hablar mucho, y cuando de estudiantes se trata, con no asistir á clase. Y á todo esto los profesores siguen residenciados por los estudiantes. A éstos nadie ios residencia. Hubo anoche veladas en el Centro de Instrucción Comercia y en el Industrial. Y la hubo también en otros Centros que no son comerciales ni regionales, pero de los cuales saldrán hoy en cortejo macabro los innumerables difuntos que voten y las disciplinadas huestes de Frégoíis dispuestas á transformarse tres ó cuatro veces durante el día y emitir el sufragio otras tantas con nombres supuestos y módica remuneración. AEMECE tivos de! a pasión, que bien podemos decir que pocas veces se ha presenciado en nuestra Cámara un espectáculo de más intensa emoción estética. rLa fuerza armada- -ariíaba el orab O dor- -acometió ala multitud indefensa! Y no ordenó el ataque el gobernador, no lo ordenó el ministro de la Gobernación. ¿Quién, pues, hizo que se acometiera á Ja muchedumbre inerme? Al llegar aquí el orador hacía una breve pausa; en el salón reinaba una ansiedad profunda. Y el Sr. Salmerón erguía el busto y decía lentamente, dejando caer la frase letra por letra: ¡Conteste quien sea y no se oculte en las sombras! Y por exigencias de la discusión el ilustre repúblico entra luego á examinar detalles aritméticos de censo y votaciones. No es posible expresar en pocas palabras el estado de espíritu, la psicología especialísima de un orador como el Sr. Salmerón en estos momentos; el insigne repúbiieo no es un orador en frío, lo es en caliente, de inspiración, de arrebato súbito, Y cuando este instante ¡lega, todo parece que vibra al unísono en su persona; el organismo entero sufre una especie de hiperestesia, de aumento momentáneo y agudo de sensibilidad, y ¡os gestos, los movimientos, Jas palabras son dictadas por ¡a fuerza inexplorada y poderosa de ¡o subconsciente. El orador va á citar hechos concretos y cifras de la elección; los papeles que tiene en su mano temblotean. Y voy á citar estos números- -ex ciama el Sr. Salmerón con frase limpiamente castiza- -para que veáis hasta dónde llega la inaprensión aparejada con la torpeza No le seguiremos en estos abstrusos razonamientos. Quiero que queden grabadas estas cifras en el Diario de Sesiones- -dice el orador- -para que sea eso corno la expresión perdurable de Ja conciencia pública. Y el Sr. SJmerón termina haciendo constar que él no pide que sean proclamados los candidatos republicanos, sino que se declaren graves todas ias actas. ¡Y si eso no lo hacéis- -grita- -diremos que habréis llevado en holocausto á la Monarquía la falsía, el engaño y la estafa No nos toca á nosotros, meros espectadores, aprobar ó reprobar las duras frases empleadas por s! ilustre orador en su discurso. El señor ministro de la Gobernación se ha levantado á contestarle: Bi abus de léxico que S. S. ha hecho, Sr. Salmerón- -decía el señor García Prieto- -daña acaso más a! que lo pone en práctica que á aquel contra quien va dirigido. Y aparte dz esLO, el ministro de la Gobernación, siguiendo por el mismo camino que el Sr. Salmerón, oodría mostrar á la Cámara recortes de periódicos en que se dice que el ilustre repúbiieo no les va en zaga á aquellos á quienes censura. Se dice- -añade el orador- -que el Censo electoral estaba viciado. Nosotros- -añade el Sr. García Prieto- -no podía raos menos de servirnos de él, puesto que no había tiempo para depurarlo. Se acusa á la fuerza pública de haber disparado contra la multitud. No fue sólo la fuerza la que disparó sus armas- -dice el ministro. -Algunos brillantes oficiales de artillería se presentaron espontáneamente en el Juzgado y declararon que ellos habían visto hacer disparos á ¡os paisanos. La palabra del Sr. García Prieto es sobria y persuasiva: no hubiéramos querido verle, sin embargo, apasionarse en ciertos momentos; en estas discusiones, cuando se contesta á un orador como el Sr. Salmerón, es preciso situarse en otra esfera- -en la de la ímpasibídad perfecta- -puesto que de situarnos en la misma vía suya, en la de ardimiento grandilocuente, hemos por fuerza de quedar por debajo de él, ya que la atención del auditorio está enteramente aprisionada por estos resortes de que él se ha valido. El Sr. -Sánchez de Toca- -impasible entre ¡os impasibles- -entenderá seguramente lo que queremos decir. E M O R A B L E La sesión de ayer poE N S E Ñ A N Z A demos marcarla con piedra blanca: pondremos toda nuestra ecuanimidad al relatarla. A primera hora de la tarde el Sr. Salmerón se ha levantado á hablar. El señor Salmerón declara, ante todo, que siente repugnancia al ocuparse de estos hechos de que se va á ocupar. Se trata de las coacciones electorales. Poco á poco la voz serena del orador se va enardeciendo. ¡Digamos sin rebozo- -exclama el Sr. Salmerón un momento después de haber comenzado- -que de todo lo que ha ido apareciendo resulta que los que van á representar al país en las Cortes con unos verdaderos estafadores! -Y ya estas palabras del insigne repúblico motivan unas protestas tibias en la mayoría parlamentaria. ¡Eso es injusto! gritan en los bancos ministeriales. Y el Sr. Salmerón se yergue, sacude la cabeza, extiende los brazos y clama con voz sonora y poderosa que retumba en toda la Cámara: ¡Esa es la opinión que ha traspasado la frontera! El orador se encuentra ya en la cúspide cíe su oratoria; de aquí en adelante todo su discurso va á ser una maravillosa, una soberbia oración parlamentaria, dicha- -en Ja más peregrina de todas las dicciones- -en este tono ardoroso, potente y avasallador. La Cámara escucha subyugada: el S r Salmerón relata las mil peripecias de la ¡ornada electoral. Y luego cuando entra á tratar de los sucesos del día 8- -el tumulto en las Cuatro Calles- -su voz tiene tal entereza y tal convicción, el gesto es tan justo, tan enérgico y tan sobrio, son tales los movimientos instin- Y ya en esta relación Je toca el turno al señor Gálvez Holguín: no leñemos ninguna prevención contra este diputado; sabemos- -porque hemos ¡eído un poco de historia- ¡o falaces é infundados que suelen ser los criterios colectivos, de ¡a muchedumbre. Y luego no queremos pasar porque a! socaire de una de estas reputaciones, sobre las que se atrae hábilmente la atención de la masa, pretendan coJarse en la estimación pública otros señores que acaso no lo merecen. El Sr. Gálvez Holguín ha hecho un discurso en que se sinceraba de este prejuicio que se pretende lanzar sobre él. ¿Cómo se explica- -decía el orador- -que en tanto que se habla de esa desestima popular, se me ofrezca, como ha sucedido en estos días, una comida en que figuran j. 288 comensales con establecimientos abiertos en Madrid? Y en cuanto al Sr. Salmerón, yo deseo- -concluía el orador- -yo deseo para bien de esas mismas instituciones á hs que él combate que dure mucho tiempo en la jefatura del partido republicano. Y ya, á partir de este momento, terminado este discurso, ha entrado la Asamblea en una verdadera y epiléptica agitación. Las vociferaciones, las protestas, los golpazos furibundos sobre ios pupitres resuenan atronadores á cada momento. El Sr. Alba pretende que se lea una proposición; se opone la mayoría; ss levanta furioso el Sr. Romeo; grita el Sr. Sánchez Guerra en medio dsi estrépito pidiendo la lectura de un artícu o del reglamento; hace sonar el presidente furiosamente la campanilla. Nad e oye á nadie; habla el Sr. Alba, lo hace luego el Sr. Sánchez Guerra, lo hace después, vibrando de pasión, el señor conde de Romanones. Y el Sr. Bores Romero se pone de píe de pronto, exaltado. Y los gritos, ¡os golpes, los campanillazos tornan á resonar. Y el señor Alba pretende á toda costa hablar. ¡No, nob) cJama el Sr. Romeo. ¡Fuera, fuera! -gritara en la mayoría. ¡Quz calle! Que se vaya! Y ios recios volúmenes de! Diario de Sesiones corren por el salón de mano en mano. Tod? esta larca algarabía, todos estos ardorosos dí 00 mes y diretes, todo este apasionamiento es pot la interpretación de un artículo del reglamento. Y todo esto ha durpdo dos ó tres horasHemos asistido fríamente á esía d scusíón. -tinos, señores, han acusado á otros de tales ó cuales manejos; los otros han acusado á éstos de ios mismos procedimientos. Tal vez un espíritu observador hubiera sacado de esta charla la enseñanza de que todos son unos y los mismos... AZORIN Es el público que acude á Lara la noche de los sábados, un público formado en su mayoría de jóvenes morenas y rubias, bellas y risueñas todas, ataviadas con telas de colores pálidos y delicados como sus rostros. Anoche, S. A. la infanta Isabel, i. quien acompañaban ¡a marquesa de Nájera y el señor Coello, aplaudió á los actores de este teatro y con ellos al arte exquisito con que representan sus farsas. ¿Se prepara algo nuevo; -Sí 5 Til pan nuestro de cada día... de Ramos Carríón, que irá probablemente el viernes, ¿Nada más? Los malhechores del bien, dos actos que ensaya Benavente y que se estrenarán cuando estén preparados. ¡Es mucho Benavente! ¿No me dice usted nada más que pueda interesar á los lectores de A B C? -Que hoy ha leído Linares Rivas un acto titulado En cuarto creciente. y que Jos lunes está esto espléndido. N. LOS SÁBADOS D E LARA rtüi nuriintnrnnnmi runa