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ÉAÑO TRES. NU 3O K CRÓ- NOVIEMBRE DE ¡9o5. NÚMERO SUELTO, 5 CÉNS. grandecimiento y por el Rey terminando cada palabra con una ligera inclinación de cabeza, como suprema cortesía. Con la mano derecha apoyada sobre la mesa y conservando cogida una punta de la servilleta con la siniestra, hace una breve interrupción, y en un silencio augusto, sigue el Kaiser sus entusiastas elogios á la nación española. Su gesto altivo y solemne da mayor vigor á sus frases. Recuerda las grandezas de nuestra Historia, e 3 glorioso pasado, renueva efemérides brillantes de nuestro Ejército, y termina gallardamente diciendo: Me enorgullece vestir el uniforme español. Ambos soberaaos chocan sus copas y beben. Os juro que es un momento solemne, el más solemne quizá que en mi vida he presenciado, y palpitante, conteniendo la respiración he aguardado á que la banda tocase el último acorde de la Marcha Real española. D. Alfonso va á contestar. Sin querer he dirigido una mirada á ese Si Gullón tan venerable, tan poquita cosa y le he visto encorvado al lado de la arrogante talla del canciller Bulow. El Rey en tanto ha sacado de debajo del plato, que delante tenía, una cuartilla de papel. La desdobla y lee: Señor ...Modestamente, sin arrogancias, pero con voz muy firme, muy entera, muy de hombre D. Alfonso agradece al Kaiser sus votos en nombre del pueblo español. LJama grandiosa á la nación alemana y elogia al ejército prusiano. Su voz no tiembla, no es encogido, habla seguro y con convencimiento; pero ya no hay más, chocan otra vez sus copas los soberanos y se sientan. El momento solemne ha pasado ya, y salgo de Palacio conservando todavía en los oídos el eco del acento breve y seco del Kaiser y la voz armoniosa, segura y firme de D. Alfonso. Conforme me dirijo al telégrafo, voy recordando las palabras que acabo de escuchar; voy pensando en este instante solemne; pero antes de abandonar la Sala Blanca, Todavía he mirado por última vez compasivamente á este pobrecito señor Gullón, tan excelente persona, tan po quita cosa y le he dejado allí, encorvado sobre los manjai- es que constantemente sirven Jos criados imperiales, de plateada casaca, rojo calzón, media color carne y reluciente zapato. nunciado la frase de ritual, sólo había un diputado en la Cámara: el Sr. Junoy. El Sr. Garnica- -buen amigo nuestro- -ha ido leyendo con cierto desmayo, también en él habitual, el acta de la sesión anterior. Y poco á poco han ido penetrando más señores en el salón. Y el Sr. Junoy se ha puesto en pie. El Sr. Junoy tiene la palabra ha dicho el señor presidente. Y el Sr. Junoy, que tenía un pequeño papel en la mano, ha permanecido un momento en silencio, distraído, doblando y volviendo á doblar el papelillo, y luego, tras una larga pausa, ha comenzado su discurso. Nosotros admirábamos la tranquilidad, el sosiego, la paz interior que nuestro estimado amigo ha adquirido en su ya larga vida parlamentaria. El señor Junoy va á indignarse esta tarde, como todas las tardes, pero esto no le impide el hacer, de pie, en su escaño y antes de lanzar foribundos anatemas, uno de estos lindos artificios de papel que el maestro línamuno nos recomienda en su Ti atado de cocotología. Y ¿cuáles son las causas que el señot J unoy tenía para encenderse en noble ira en la tarde de ayer? Sencillamente un s cosas extrañas que ha llevado á cabo un notario de Algeciras. Se presentó por este distrito un señor liberal y se presentó también otro señor republicano. Peto al señor liberal, llegado el día de la elección, tuvo más votos que el republicano, y entonces el republicano dijo que sí, que eso era cierto, que aparecían másvo tos en favor de su contrario, pero que eso se debía á algunos actos torpes y feos que se habían, cometido en los comicios. Y como no bastaba que estas cosas fueran dichas de palabra, sino que era preciso probarlo, el señor republicano, á fin de que nadie pudiera negar luego la evidencia de los hechos, requirió previamente á un notario y le hizo levantar acta punte por punto de todo lo ocurrido. Y ya estaba con esto satisfecho el señor republicano. Creo- -pensaría él- -que lo que un notario atestigua con su firma no podrá negarlo nadie Y así hubiera sucedido; pero este señor republicano no cayó en la cuenta de que este notario tenía algunos asuntos urgentes fuera de la población de Aigeciras. Y estos asuntos le hacían ausentarse de la ciudad precisamente en el mismo día en que el señor republicano iba á pedirle las actas levantadas. Algo estupefacto se quedó el señor republicano ante esta rápida marcha del notario. Pero en fin- -tornaría él á pensar- -la a usencia no puede du rar mucho; ya volverá Volvió en efecto, á diferencia de aquellas golondrinas que hacían llorar á nuestras madres y que no volvían nunca; volvió en efecto, pero cabalmente la mañana ó la tarde en qje fue el señor republicano á reclamar las actas, este extraña notario se veía obli- NICA UNIVER- SAL ILUSTRADA. i- H L CRÓNICA TELEGRÁFICA DE NUESTRO CORRESPONSAL ESPECIAL, ESCRITA EN BERLÍN EN LA MADRUGADA DE HOY BERLÍN, 7 1 Al. E L BANQUETE Todavía resuena en DE GALA mis oídos el acento corlado y seco del Kaiser en el momento solemne. Y no quiero hablaros de otra cosa más que de esto, pues los telegramas dan cuenta ya del brillante recibimiento que Berlín ha hecho al Rey de España. El banquete ha sido la nota de hoy: la más importante, la de mayor sensación. Cuando D. Alfonso penetró en la Sala Blanca, dando el brazo á la Emperatriz, que le contemplaba con aire maternal, la figura gallavda del joven Monarca conquistó á todos... Entró después el Kaiser, siguieron los pajes vestidos de rojo, y cada cual ocupó su asiento. La comida empezó con mucha animación. Mientras la orquesta ejecutaba la romanza de Mig on, yo observaba que el Kaiser y D. Alfonso apenas probaban bocado de Jos platos que les servían; tan interesados estaban en la conversación que sostenían. E! dorado techo de la Sala blanca despedía reflejos brillantes; resplandecía también la mesa, que adornaban orquídeas y crisantemos; y cegaban los uniformes, las placas, los bordados, las condecoraciones... Pero he aquí que cuando más absorto estaba en la contemplación de tanta suntuosidad, se hace, de pronto, el silencio; un murmullo recorre las largas mesas, callan todas las conversaciones, la embajadora de España- -la gentil señora de Ruata- -suspende su animado coloquio con el Kronprinz... Es el momento solemne, y todos, en pie, nos disponemos á escuchar. El Kaiser apoya en la mesa la mano derecha, conservando en la izquierda la servilleta, y mira á D. Alfonso con cierta severidad no exenta de dulzura. El joven Monarca, en pie también, coloca ambas manos sobre la empuñadura del sable y escucha al Kaiser, resistiendo su mirada sin arrogancia, con admiración y con respeto. Y el Kaiser habla con el tono del oficial prusiano cortado y seco, diGUILLERMO SILVA KEMPER. ciéndole al Rey que su casa y su pueblo le acojen con sincera y viva simpatía, con generosa hospitalidad. La voz del Emperador alpronunciar estas palabras parecía más afectuosa; después de una pausa como para acomodar mejor OS TERRORES DE A las tres y mesu pensamiento, poniendo la mirada en el UN NOTARIO dia se ha abierRey, añadió que hacía solemnes votos to la sesión ayer tarde. Cuando el señor por la prosperidad de España, por su en- marqués de la Vega de Armijo ha pro- L