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gAÑQ TRES. NUMERO 292. CRÓNICA UN 1 VERSAL ILUSTRADA. SéMADRID, 29 DE OCTUBRE i9o5. DE NÚMERO SUELTO, 5 CÉNS. ¡Cuan poco dura la alegría en casa del pobre! Habíamos tenido algunos días de grata expansión con la visita de monsieur Loubet. Ayer se anublaron los corazones con la noticia del naufragio del Cardenal Cisneros. Presagio funesto parece; porque cuando la terrible y misteriosa catástrofe del T eina Jfegente comen 7 zó la horrenda época de desdichas que vino á acabar en el vencimiento y despojo de nuestra pobre nación. Por suerte parece que no hay víctimas. Pero la vida inipone hasta al pesar sus exigencias. Lloremos el infortunio y hablemos de la crisis. Los trabajos para resolverla continúan. El Sr. Montero Ríos tiene que rectificar la obra que hizo tan á la ligera, ha cuatro meses. Cae ahora en el extremo contrario de aquel en qae incurrió por esa fecha. Entonces quiso foi- mar un Ministerio á su solo y exclusivo gusto; ahora quiere rehacerlo á gusto de todos los magnates del partido. Entonces, con excepción de uno ó dos personajes, á quien impuso el propio mérito ó la necesidad, suprimió la talla; ahora eleva ésta, cual si hubiera de constituir un Gabinete de granaderos intelectuales. Entonces no midió la magnitud de los problemas planteados, ni la comparó con la fuerza de quienes deberían resolverlos; ahora trata de que le sobre substancia, poniendo toda la carne en ei asador como decirse suele. Los peligros que Ja composición de las actuales Cortes ofrece, imagina el señor Montero Ríos conjurarlos con un Ministerio grande. El riesgo de una crisis, durante ¡a ausencia del Rey, lo considera ei excelentísimo señor, desvanecido con ese recurso. Ha cambiado radicalmente de método. La mitad de! camino la ha andado cuesta abajo; la otra mitad la quiere andar cuesta arriba. Lo mismo se rueda por una pendiente que se baja, que por una empinada ladera que se sube. La seguridad está en las piernas del que hace tales ejercicios. Falta saber si la gente no continuará como antes esperando de un instante á otro la caída. Los Ministerios grandes, es decir, Jos formados con los primates de un partido, no han sido los más sólidos ni fecundos aun en las épocas en que las ambiciones no se mostraban tan excitadas y sueltas como lo están al presente. Lejos de ser sencillamente la suma de grandes fuerzas, éstas se suelen perder en rozamientos interiores. En e l l o s la discordia hace pronto su nido. Un conjunto de acciones contrapuestas y q u e recíprocamente se anulan da una pobrísima resultante de energías. E L MINISTERIO GRANDE Recuérdese, por ser de los más característicos, el caso de 1802 cuando, á Ja caída de D Antonio Cánovas por la disidencia de Di Francisco Silvela, se constituyó el Gobierno liberal dejiotables. Pocas veces se habrá visto un M i nisterio de tanta altura. Entraron en él, bajo Ja presidencia de Sagasta, el marqués de la Vega de Armijo, el propio Sr. Montero Ríos, D Germán Gamazo, D Antonio Maura, el Sr. Moret, don Venancio González y el general López Domínguez. ¿Cuando volverá á reunirse otro de talla igual? Para los que esperan el milagro de los Gabinetes magnos aquél equivalía á un ideal realizado. Sin embargo, los rozamientos comenzaron al siguiente día de haber empezado á funcionar el nuevo Gobierno. Don Germán Gamazo, el hombre que había ido allí con pensamientos y propósitos más determinados y concretos, el del arreglo de Ja desquiciada Hacienda, empujado por una caudalosa corriente de opinión sintió que las dificultades brotaban bajo sus pies. Sagasta- -y esto no lo habrá olvidado el Sr. Montero Ríos- -se sirvió de Jos mutuos antagonismos, para ir desplazando poco á poco á unos y otros personajes. lina serie de crisis parciales dejó al Gabinete tan desmantelado que nadie lo habría conocido, y el Sr. Maura, cuyas previsoras reformas de Cuba encallaron en esos bajos, llegó á decir que en el Consejo de ministros tendría, el día menos pensado, que intervenir el Juzgado de guardia. Tal fue el éxito del Ministerio de notables, más notable, que se ha constituído en España desde la restauración. Aún se podría añadir á esta memoria Ja de aquel otro formado en las postrimerías de 1902 por el Sr. Silvela. ¿Será preciso ser un vidente para vaticinar Ja suerte que ha de correr el Gobierno de conspicuos que se trata de constituir en estos momentos? ¡Conteste el piadoso lector! MANUEL TROYANO serenos. Y es verdad. Empezamos por no tener ministros de Marina. Hace mucho tiempo que los usamos de quita y pon. Pocos departamentos como el de Marina habrán visto desfilar más jefes. Entra uno, y cuando ha empezado á darse cuenta de lo que le rodea, surge Ja crisis y le sustituye otro ministro que tiene que empezar por enterarse de todo. Y no ha concluido esta tarea, cuando tiene que dejar el puesto á su sustituto para que haga lo mismo. De esto á no tener ministros, hay poca diferencia. Si no hay ministros; si no hayapenas barcos, y de los que quedan, unos se pierden, otros se arrinconan por inútiles, y nuevas escuadras no se construyen, ¿á qué viene el lujo de tener un ministerio de Marina? Así discurría mucha gente al conocer ayer Ja triste nueva de Ja catástrofe del Cardenal Cisneros. De amenizar el día se encargaron los estudiantes, revolviéndose contra algunos profesores que reprobaron su actitud, y reuniéndose después en asamblea para pedir la suspensión de c ases mientras no se resuelva el conflicto de borrar las faltas de asistencia impuestas á algunos escolares y el nombramiento de un profesor auxiliar á gusto del consumidor. Con este motivo, llegó á decirse anoche que el Gobierno está dispuesto á cerrar la Universidad; pero los incrédulos se sonreían, pensando que para eso sería preciso que hubiese Gobierno y no Je hay, no porque está en crisis, sino porque hace tiempo que para Jos efectos de la energía no hay Gobiernos en España. También amenizó la jornada el espectáculo de la crisis, pero de tanto prodi- garse va aburriendo á Jos morenos N o sería inverosímil, ó por Jo menos parecería lógico, si pudiese haber Jógíca en esta tierra, que esas reprises casi diarias acabasen con Jo que en Ja jerga de entre bastidores se llama una pateadura AEMECE IMPRESJONES COLABORACIÓN I N É S P E R A- Todos DA D E U N P R E C E D E N T E a n d á bamos perplejos, indecisos, un poco mohínos, á primera hora de la tarde, por los pasillos de la Cámara popular. N o sabíamos á qué atenernos; consultábamos y volvíamos á consultar unos con otros, y acabábamos por encogernos de hombros y declarar modestamente nuestra ignorancia. ¿Oee usted que se ddben suspender las sesiones? -Yo no io sé. Y usted, ¿qué opina? -Yo no sé qué pensar. El caso es el siguiente: se halla el Gobierno en crisis. Cuando ocurre una crisis, ias Qámaras, en íanto que ésta se resuelve, suspenden sus tareas. Pero ocurre aquí ahora que el Congreso no está constituido, que los trabajos en que a! presente se ocupa son puramente I a noticia cayó como una bomba. Era a hora precisa de llenarse los cafés y los Círculos de gente que todo lo comenta y que luego se desparrama por las calles y paseos de la villa, llevando á todas partes la nueva y el comentario. La impresión producida fue dolorosa, abrumadoi- a. La pérdida de un barco de guerra, malo y todo como el que ha ido á estrellarse en las costas de Galicia, descorazona á cualquiera. ¿Es que pesa una maldición gitana sobre nuestra armada? -decían los supersticiosos. ¿Es que estamos predestinados á carecer de barcos de guerra? -pensaban tristemente los más