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Sevilla BJBLIOTHCA DE A B O) VfNGiNZA DE UNA CRIOLLA lO Una vez uüi tomó asiento en una silla de bambú ¿hizo seña a mulato para que se acercase. ¿Desde cuándo sabes lo de la venta de la granja y cuándo te ha hablado el señor de su partida? -preguntó Jonama con ahogada voz. -Joiin no ¡o ha sabido hasta hoy, cuando el coronel se hizo conducir á Santa Danila en un bote- -contestó el criado. ¿y qué te dijo? -M i r a John, mañana me voy á E u r o p a- -m e dijo. -Hace un mes que he vendido la granja á M r Well Quecksaest, y si tú te decides á acompañarme á mi patria, te daré una carta de libertad, porque sin ese documento no puedes vivir en Inglaterra. Dicho esto, el mulato se puso á espiar el sendero del bosque lleno de sobresalto, y como no viera á nadie, prosiguió así su relato: -John se puso muy contento al oír esto, porque espera ver mucho y muy bueno en el país de la gente blanca, y dio un brinco de alegría después de besar la mano del coronel, el cual siguió en esta forma; -Esta noche volveré tarde de Santa D a nila; mientras tanto, empaqueta cuidadosamente mis ropas, lib r o s armas ¿instvutnentos. -Sí, sí- -replicó el negrito, -pero no tenemos suficientes cestas para guardar los efectos que lleve la señora para tan largo viaje. El coronel dirigió entonces una mirada á las ventanas de su dormitorio y replicó: -Te equivocas; Jonama no viene con nosotros; se quedará aquí, pues pertenece en propiedad al nuevo dueño de la granja. Los dientes de! a hermosa joven rechinaron de rabia al oír estas palabras y sus manos se crisparon nerviosamente. John, sin darse cuenta de aquella impresión, continuó así: -E l coronel amenazó á John con un fuerte castigo si revelaba algo de esto. -H a s hecho bien en decírmelo. -S í pero John se puso triste, muy triste y no supo callar; p e r o si tú traicionas al pobre John, será pegado fuertemente con el látigo y atado a! tronco de una palmera. Jonama se puso en pie. -No tengas cuidado- e diio, ya repuesta de su emoción. Sujeta á dos j almeras de elevado tronco hallábase suspendida ma hamaca que se mecía pausadamente; por uno de sus bordes asomaba un diminuto pie, aprisionado en una zapatilla de raso, primorosamente bordada. Un atrevido rayo de sol iba á proyectarse sobre un brazo Dronuncíadamente moreno, de exuberante y plástica forma, en cuyo extremo una mano, pequeña también como el pie y llena de sortijas cuajadas de piedras preciosas, sostenía un abanico de plumas que agitaba reposadamente, siguiendo er sus movimientos el acompasado balanceo de la hamaca. M a n o y pie pertenecían á una linda y esbelta joven, cuyos negros ojos trataban de escudriñar el sendero cercano, con visibles señales de impaciencia. ¡Con qué gracia agitaba su pequeña mano el abanico y con qué vigor empujaba con su diminuto pie el tronco de la pal mera, con el fin de acelerar el movimiento de la hamaca! Apoyaba su gentil cabeza, orlada de negra y abundosa ca bellera, en su brazo izquierdo, y su postura revelaba una gra cia y una distinción que no sería seguramente superada p o r h más encopetada y elegante dama de las capitales europeas. Y sin embargo, esta hermosa criatura era una mujer de color una mestiza, hija de padre blanco y de madre criolla. Se llamaba Jonama. E n el instante á que nos referimos, alzó ligeramente su herniosa cabeza porque había oído ruido en los matorrales p r o xiinos. Después de fijarse un poco, notó que el que producía aquel ruido era el mulato John, criado de la granja. ¿Qué quieres, John? -le preguntó con afabilidad la joven. El mulato escudriñó atentamente el sendero del bosque, y al no encontrar nada de extraño, fijó sus grandes ojos en su señora. -John está muy triste- -exclamó en voz baja. Jonama se incorporó en su hamaca y preguntó sorprendida. ¿P o r qué estas triste John, qué te falta? Habla. -John te contempla hoy por última vez, señora. ¿Cómo es eso? -Mañana se hallará John surcando la inmensidad del mar f