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A B C MIÉRCOLES a 5 DE OCTUBRE DE igo 5. PAQ. 4 Pero el panorama de la campiña madrileña pierden en lontananza las manchas negras de ha aparecido á nuestra vista. Nada más melan- los soldados. El montón de ios coches y de los cólico y desolador que este paisaje. Si e! día carros comienza á removerse. Y otra vez en es lluvioso, opaco y plomizo, como el presen- camino, en nuestro automóvil, de regreso á te, una sensación indefinible, de angustia, de Madrid, hemos vuelto á tener, al atravesar los opresión, de desesperanza, os sobrecoge ante suburbios de la ciudad, ante estos tipos popuesta llanura calva, rasa, sin verdores alegres, lares, ante estas viejas castañeras- -con su fuesin más notas diversas que, acá y allá, perdidos lle y su hogaril- -ajite estos arrieros de monteen la inmensidad, esfumados en la niebla blanra y bota, ante estos carromateros agresivos y cuzca, dos, cuatro ó seis manchones de árboles gritadores, ante estas comadres que nos minegros. El automóvil corre; atrás hemos deja- ran desde las puertas, ante estos taberneros do la ciudad. Desembocamos en la puente secon sus mandiles verdes, ante estos mendigos goviana; de bruces sobre sus pretiles de piedra ladinos y suspicaces, ante estos truhanes con borroqueña, hace dos ó tres siglos, gustaba de sus gorrillas y con sus tufos, ante estos afilafilosofar á sus anchas un gran pensador y amidores con su artefacto al hombro, ante estos go nuestro, hombre sesudo, espíritu sutil: el gitanos con sus varas largas; ante todo este escudero Marcos de Obregón. Todo- -diría mundo que vive y se rebulle en zahúrdas, tejaun pesimista- -está hoy como entonces; en esta res y chiscones; hemos vuelto á tener, repetimañana lluviosa, desfilan sobre su fondo plomos, la visión aguda de desgarramiento. de mizo, las campesinas rígidas, redondas, con tortura, de angulosidad, de energía dominadosus refajos de rojo obscuro, de sombrío verde ra y de tragedia que es la esencia de nuestro ó de enfoscado azul- -los colores del Greco, -arte y que ha hecho nacer la Vida inferior, de los cosarios, malignos y arriscados, los carretePalafox, las Escenas del Dos de Mayo, de Goya, ros, vociferadores y violentos, las largas, las y Yo y mi criado, de Larra. interminables reatas de muías que se pierden- -Señora- -le hemos dicho á la ilustre masonsoneando blandamente, en caminar eterno, dame Du Gast- -esta es España. por los llanos manchegos. Un campesino, á- -Está bien- -ha replicado ella. -Yo amo á nuestro paso, lanza un piropo estrepitoso y esta España. pintoresco á la insigne guiadora; luego levanta AZOR 1 N en lo alto una cumplida bota y deja caer el vino en su gaznate. ¿No hay algo, en toda esta masa popular nuestra, de enérgico, de intenso, de desgarrado, de trágico? ¿No es nuestro arte clásico, genuino, esto mismo que es nuestro pueblo y nuestro paisaje? No puede haber dos cosas más antagónicas, más diversas, que el espíritu literario francés y el espíritu literario a terminó el Congreso de la Tuberespañol; allí está la simetría, la proporción, la culosis, y por los artículos de colaboponderación, la justeza, la gracia, la ironía; ración de distinguidos médicos como Esaquí está la fuerza, lo inesperado, el ímpetu, pina y Verdes Montenegro, podemos la pasión, la arrogancia, la audacia. Esos homformar un aproximado concepto de lo bres admirables que se llaman Montaigne, La que fue la magna reunión, en la cual surFontaine, La Bruyére y Chamfort han vivido gió la consoladora promesa del doctor allí; y en esta tierra esos otros, únicos, varios, Behring- -respecto á la curación de la violentos, tempestuosos é indominables, que se han llamado Palafox, Teresa de Jesús, Mar- mortífera dolencia. chena, Larra... Las demás medidas de profilaxis allí DISPENSARIOS Y SANATORIOS Y Mas nuesiro vehículo continúa con su marcha ligera; se extiende á un lado y á otro del camino la llanura pelada; á trechos la tierra ondula s- lavemente con alterones y cuestas. Ruedan anchas nubes grises por el cielo. Son las diez cuando nos instalamos en la tribuna. No vemos aquí ni la multitud enorme, loca de entusiasmo, de ligereza y de ardimiento que acude á las revistas militares francesas; ni el maravilloso tapiz de césped verde, limitado por una tupida fronda en la lejanía, sobre el que desfilan con sus uniformes de escarlata las tropas de 1 nglaterra. Una llovizna sutil revuela en el aire; detrás de la fila de las tribunas medio vacías apenas se amontonan un centenar de coches. Hay un profundo, un insólito silencio en el ambiente, sólo turbado de tarde en tarde por el silbato de una locomotora ó el cascabeleo de un ómnibus. Y en la línea del horizonte, al final de esta campiña silenciosa y monótona, la neblina grisácea va velando el paisaje. De pronto suenan unos clarines lejanos; ¡a revista comienza. Avanza por la llanura un tropel de jinetes; detrás, un poco separados, viene la infantería con sus uniformes obscuros. Tocan las músicas y las cornetas; las banderas francesas y españolas flamean al viento. Y van desfilando los artilleros, los pontoneros, los ingenieros. De tarde en tarde se oye el vibrar de los clarines con una de esas melopeas largas, pausadas, de una bella é indefinible melancolía, de que se sirve nuestro Ejército... Y luego, cuando se han alejado los soldados de á pie, aparecen ligeros, en sus corceles trotadores, los de á caballo. Los perros de los regimientos- -fieles amigos- -caminan ante la tropa joviales, despreocupados. Y ya han desfilado infantes y jinetes; se preconizadas nos las sabíamos aquí de coro. Sin ir más lejos, en la Real Academia de Medicina de Madrid se puso sobre el tapete tan interesante tema hace dos cursos, y las conclusiones formuladas no difieren ni poco ni mucho de las que acaban de votar todos los insignes profesores en París. Es urgente criar fuerte al niño, educar á la mujer en el arte maternológico, higienizar las urbes, reconstruir las casas, abrir grandes vías inundadas de sol, mejorar la alimentación, castigar las sofisticaciones, fumigar y desinfectar; barrer mucho y barrer bien, como quería el pobre Delgado, sin levantar polvo, naturalmente, pues las polvaredas en todos los órdenes de la vida, según parece, son malsanas é inútiles; en una palabra, hemos convenido grandes cosas que exigen muchos millones, que se harán indudablemente á fuerza de años y de paciencia, cuando Dios quiera. Asimismo, para evitar el contagio se trató del beso, y este particular- ha servido para que los más conspicuos escritores luzcan sus talentos literarios y satíricos, y conviertan en paso de risa lo que será siempre paso de tragedia. En cambio observo con cierta pena que no se insiste lo bastante respecto al pobre enfermo atacado del mal ó predispuesto á él, y los unos afirman que el dispensario es el todo y el sanatorio no sirve para gran cosa, y viceversa, lo cual además de una solemne inexactitud es una tremenda injusticia. Cuando una idea nueva surge, y además de nueva es útil, y por añadidura está perfectamente sancionada por t o d o el mundo civilizado, lo primero que se les ocurre á los señores del margen zs ponerla á discusión, y mejor aún, discutir al que la inició. En todos los órdenes de la vida socia. se observa esta malsana crítica de comadre, que, como decía Moratín, todo! o gulusmea y todo lo fastidia. Trátese de comprar armamentos, barcos, máquinas, y el Estado, los Cuerpos consultivos y lo que es peor, la soberana masa analfabeta, discutirán la conveniencia, oportunidad, modelos, etc. y cuando se- acaerde la necesaria adquisición ya existirán, come es lógico, nuevos adelantos, y los sensatos exclamarán entonces muy ufanos: ¿Ven ustedes cómo conviene esperar? Total, que sólo cuando una guerra se viene encima ó no hay otro remedio, se adquiere, sin reparar en gastos, cosas y artefactos ya casi inútiles. Los que oigan á los modernos apóstoles de la tuberculosis desdeñar Jos dispensarios y los sanatorios y considerarlos como cosa de poca monta en la gran lucha internacional, podrán decirles: ¿Qué resultados obtuvieron, qué estadísticas pueden presentar, dónde se hallan establecidos esos centros curativos? Y aquí, en España, no tenemos para muestra sino unos botoncillos insignificantes, cosidos á fuerza de hilo propio por unos pobres sastres á quienes nadie hace caso. Ni para el tísico rico, ni para el tísico pobre hay un solo sanatorio que merezca tal nombre; es decir, una casa bien situa da en lugar adecuado que acoja con amor y caridad al infeliz á quien se! e ha dicho que padece la terrible peste, y, -por lo tanto, debe aislarse. Y ese desventurado, de quien tocios huyen, privado hasta de la piadosa caricia, que tanto agradece el que sufre, del bien familiar, no halla donde morir tranquilo y bien cuidado, como no traspase la frontera y cuente con dinero. El amigo Moliner, con su tenacidad admirable y su gran talento, se declara fracasado pero no vencido en PortaCceli. Ortega Morejón no pudo, que yo sepa, dar cima á su empresa en Las Navas, aun cuando cuenta con tan ilustres amigos, y sólo otro, más feliz, en medio de esta gran debacle de ilusiones, sostiene una humilde barquilla que flota hace trece años, olvidada de casi todos, pero donde flamea la bandera de los sanatorios. Los doctores Ulecia y Verdes que han abierto dispensarios, conocea las amarguras que se sufren para sostenerlos. Un buen amigo de los niños, Calatraveño, fundó hace años el primero y tuvo que sucumbir desanimado. No puede ser, no debe ser. Ya que el gran público no parece interesarse por estas cosas; ya que los grandes capitalistas no donan sumas, para ellos insignificantes, con desti no á leche para los niños, carne para las madres, creando casas- cunas para los hijos de los obreros,