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A B C MARTES 24 DE OCTUBRE DE gO 5. PAG. 8 grita su madre levantándolo en alto. Se aqerca el son de los clarines; los soldados cftie bordean la acera han cogido sus fusiles con las dos manos y los sostienen ante el pecho. El viento mueve blandamente las hojas de los árboles; rasgan los aires pregones agudos de vendedores que ofrecen pañuelos, postales, periódicos. ¡Ahí está, ahí esta! se oye decir de, pronto; los cuellos se alargan; todos los rostros, como movidos por un resorte mágico, se vuelven hacia el paseo. Y lentamente aparecen en sus caballos altos los coraceros de la Escolta, con sus petos brillantes, lucidores, con sus penachos blancos. Rompe con las notas de la Marcha Real una música; entre la Escolta, de pie en un coche con cuatro, con seis ca- -Eso había de ser: absoluto- -asiente profundamente convencido uno de los labriegos. Un obrero que ha estado absorto leyendo un periódico, levanta 1? cabeza y mira en silencio a los interlocutores. Torna á llorar desesperadamente el niño, que había callado durante un momento, mientras pasaba la comitiva. ¡Calla, calla, que vasa conocer al presidente de la República francesa! le grita de nuevo su madre. Se ha perdido en la lejanía el cortejo, acompañado por el sonar valiente de los clarines. El cielo se ha vuelto más gris; de rato en rato, por el centro del paseo, cruza rápido un coche ó un militar con la El otro campesino permanece un mo mentó indeciso; el obrero que l? ía el periódico levanta la cabeza y pronuncia con voz firme: ¡Comerciante! Retumban lejanas, apagadas, casi imperceptibles, con largas pausas, unas salvas de artillería. ¡Ya ha llegado, ya ha llegado! se grita. Los clarines tornan á sonar; la multitud se apretuja sobre las filas de los soldados. En la lejanía, flotando sobre el negro manchón de los espectadores, aparecen unos penachos blancos que van acercándose despacio. Suena la Marsellesa; una vibración de entusia mo sacude todos los nervios. Se oye un aplauso inmenso, formidable. Y á poco comienza el desfile de los coraceros, de y: f t f -JtJ. i í fcr i. H I í EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA EN LA ESTACIÓN ATOCHA PASANDO REVISTA A LA COMPAÑÍA QUE IZO LOS HONORES A LA LLEGADA DEL TREN bot Ingoyen ballos, aparece el Rey, inmóvil, rígido, con la mano derecha puesta en la visera de su cascjo. Luego se sienta y sonríe... ¿Se ríe, se ríe? -pregunta la viejecita, que no ha podido á pesar de todos sus esfuerzos ver al Monarca. ¡Es un barbián! -exclama el labriego. ¡Pero un barbián de primer orden! -corrobora otro campesino. ¿Cree usted que hará algo? -pregunta el hombre del hongo sucio. ¡Ya lo creo! Ahora no lo dejarán; pero ya llegará la hora en que él se canse y diga: Caballeros, aquí el que manda soy yo. -Para eso- -replica la viejecita con cierta tristeza; -para eso se necesitaría que fuera absoluto. brillante espada en el aire hace caracolear su caballo. -Pero Loubet, ¿no habrá sido siempre Presidente? ¡Ca, no! Desde hace tres años. ¿Habrá llegado ahí por su talento? -Ya lo creo; por su talento. -Así debían ser todos. ¿Qué dice usted, Antonio? -pregunta la viejecita tendiendo la oreja hacia uno de los campesinos. -Que Loubet- -contesta éste chillando; -que Loubet hace tres años que es Presidente y que ha llegado ahí por su talento. -Bien, bien- -dice complacida la viejecita. -Y ¿qué era antes? ¿Qué era antes? -dice el labriego I volviéndose hacia su compañero los caballerizos, de los generales. Y entre las corazas rutilantes se columbra la cara de un anciano, bonachona, risueña, y un brazo que agita blandamente un sombrero de copa. El Presidente ha pasado. Ya es eí buen anciano nuestro huésped. Señor: seáis bien venido á la vieja tierra de España. J aime de passion les espagnols; c est le seul peuple aujourd hui qui ose faire ce qui lui plait, sans songer aux spectateurs- -ha dicho el más grande psicólogo de la Francia contemporánea: Enrique Beyle. Vuestro país, señor tiene la libertad escrita en las páginas de sus códigos; nosotros, como acabáis de oír en vuestra lengua, la tenemos en laa eostumbres. AZOR 1 N il ii. nin innatanrmiumia tuililUülláll ¡M 1 HUM; IIMI