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Hacía nueve ó diez semanas que M a r c o s no había recibido ningún testimonio de recuerdo; por esto sentía más impaciencia p o r volver á verla, pero sin dudar de lo más mínimo de su fidelidad: jeso nunca! La sección de repatriación debía embarcarse en Cotonon a b o r d o del Taygéte, y allí nos encontramos. Hace exactamente tres semanas de esto. Recuerdo que mi primera frase al verle fué: ¡Está bien, está bien! ¡Ha engordado usted allá abajo! L o dije como una broma, y en el acto comprendí lo horrible de la situación. -N o se burle usted, comandante, me contestó, hace tres días que me noto más grueso, y esta hinchazón crece y crece. D e una hora á otra tengo que aflojarme un punto el cinturón. ¿Sabe usted lo que esto significa? a La angustia demudaba su faz y ponía sus ojos vidriosos. i N o le contesté porque comprendí la alusión y previ el fatal d Cnlace, r- -El doiing- kono, estoy seguro. ¡No hay remedio para ntíl M i r é á Lambíin como interrogándole. ¿N o adivinas el papel que puede haber representado una muñeca vieja en la vida de un teniente de artillería? El hermano mayor era jovial y el pequeño sentimental; la diferencia de temperamento no ha evitado que ambos encontraran una muerte igualmente desastrosa, uno entre los tablones de un vagón destrozado, al regreso de unvi excursión de placer; el o t r o á b o r d o de un buque dahomeyano, á pesar de aquella muñeca amuleto que le recordaba constantemente el amor linico y casto que conmovió su corazón de militar b i z a r r o Sólo esperaba ascender á capitán para casarse con ella con la mujer á quien adoraba desde su adolescencia, y ella era quien le había dado como prenda simbólica para ambos aquel ser dislocado de serrín y porcelana. Para ella había recibido yo de M a r c o s e! encargo de decirle que le había consagrado su último pensamiento y sus últimas palabras. Pues bien, la he visto. N o ha sido una entrevista fácil ni agradable, y el papel que he representado deja bastante que desear. Desconozco los laberintos de la sensibilidad. Para embajador de M a r c o s hubiera sido necesario un hombre de mund o diplomático, psicólogo, conocedor de la sutileza femenina; pero me eligió á mí, que he vivido durante más de veinte años entre salvajes y en los campamentos de las expediciones coloniales. Cierto que á b o r d o del buque no tenía mucho donde elegir, y además prefirió confiarse á un antiguo compañero de su hermano, que también á él le quería bien. Sentía el p o b r e M a r c o s la necesidad imperiosa de contárselo todo á im hombre que no se echara á llorar al oir el relato de su infortunio, ni se sonriera al conocer su pasión; que le oyera con atención y con interés. Nada de enternecimientos debilitadores, nada de molestas filosofías, pero todo lo ibie de simpatía sincera. Y en estas condiciones yo era el hombre conveniente, sencillo y r u d o que haría cuanto él quisiese, sin discutir, y á condición de cjue la promesa le ayudase á morir tranquilamente, -Pero no me has dicho aún lo que le pasó. ¿L o que le pasó? Es muy sencillo, Lo que les pasa allá abajo á muchos extranjeros ó indígenas cuando quiere desembarazarse de ellos p o r interés, j or venganza ó p o r odio uno de