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A B C SÁBADO 21 DE OCTUBRE DE i 9 o5. PAG. e 1 Sr. Burell escribió y que se titula Cristo en Fornos. 9 No vemos claramente la congruencia; pero el orador dice que en aquella página se fustiga á la burguesía y que ahora el Sr. Burell la representa. Y el Sr. Junoy, un tanto laxo, un tanto desvaído, agrega que los ministros se parecen á la antigua Roma, puesto que esta antigua Roma dividía las provincias conquistadas entre sus caudillos- -lo cual nos parece lógico, -y que los ministros reparten los distritos entre sus amigos- -cosa que tampoco encontramos absurda. -Y á continuación el Sr. Junoy intenta indignarse un poco. Los electores de Linares deseaban justicia, redención; se les puso en la mano una candidatura republicana; esta candidatura- -grita el orador- -era como un rayo de luz, como una esperanza; los electores marchaban á los comicios con este rayo de luz en la mano, pero las coacciones y los atropellos frustran sus deseos, sus ansias. ¿No es este un cuadro digno de la brillante pluma del insigne periodista? Hemos dicho que el orador intenta entusiasmarse; sus brazos se agitan en el aire al hablar del rayo de luz que los electores de Baeza llevaban en la mano; su voz se elevaba hasta un grado agudo; mas todos los. representantes del país miraban atentamente al Sr. Junoy, tan afable, tan ameno, y lejos de sentirse indignados ante este despojo que se ha heoho de sus rayos de luz á los electores de Baeza, sonreían plácidamente, con benevolencia, como sonreímos ante una persona á quien queremos y que está contando algo en que no creemos. No se ha esforzado mucho en suN réplica el Sr. Candías. Este señor tenía ciertos escrúpulos; él ha sido amigo del Sr. Burell cuando el ilustre periodista comenzaba su carrera; eran aquellos los tiempos de El Progreso, en que escribían los Sres. Solís, Malagarriga y Burell; el Sr. Candías fue llamado por ellos para que les defendiese en un proceso sobre cosas de imprenta. ¿No parecería- -dice el orador; -no parecería que, al abogar ahora por el Sr. Burell, sería tachado de parcialidad mi discurso? El Sr. Burell- -dice sin embargo el orador- -ha tenido una mayoría sobre su contrario de más de 4.000 votos; en su acta no figura ni una sola protesta. Y una larga experiencia me ha enseñado- -añade el Sr. Cañellas- -que cuando no hay protestas en un acta, esta acta es perfectamente limpia. Por esta última declaración del Sr. Candías comprendemos que este correcto diputado es un buen amigo y admirador de Pecuchet, Homais y M Jourdain. Le felicitamos sinceramente. El Sr. Burell ha usado de la palabra á continuación del Sr. Cañellas. Conocemos y hemos seguido en sus trabajos á este insigne periodista desde su larga, interminable Oda á Tassara, de que él tal vez ya no se acuerda- -y hace perfectamente- -hasta sus actúa es fondos de El Imparcial. El Sr. Burell ha pronunciado en la tarde de ayer un sobrio y persuasivo discurso; no ha habido en gritos extemporáneos ni ademanes violentos. Yo, señores diputados- -ha dicho el Sr. Burell- -he ido al distrito de Linares, un distrito obrero, porque de acuerdo con mis antecedentes personales, con mi historia democrática, de la que no he cercenado un ápice, de mis ideales y de mis preferencias, entendía que podía solicitar honradamente el voto de aquella masa de obreros. El Sr. Burell ha sido gobernador de Jaén; hallándose desempeñando este cargo surgió una grave crisis obrera en Linares; 20.000 hombres habían abandonado el trabajo; tenían estos obreros un deseo justísimo: el de que se les aumentara el salario. En tales graves circunstancias el Sr. Burell fue solicitado para que solucionase el conflicto; el Sr. Burell marchó á Linares, se negó rotundamente á que interviniese la fuerza pública y en pocos días restableció la paz. ¿Sabe S. S. Sr. Junoy- -exclama el orador- -cómo terminó el conflicto? Elevándose el salario de los 20.000 obreros con arreglo á sus peticiones. La Cámara escucha atenta y complacida las palabras parcas y persuasivas del orador. Tiempo después de esto que acabamos de oír, el Sr. Burell fue á Linares; no era entonces gobernador; era un particular que hacía un viaje. Cuando el tren avanzaba por los andenes de la estación- -dice el orador- -me sorprendió un rumor de muchedumbre. El señor Burell se asomó á la ventanilla, y entonces vio á la antigua masa de obreros, por quien él había abogado, que ahora, agradecida, salía á recibirle y aclamarle Y ante esta muchedumbre es ante quien el Sr. Burel) ha presentado su candidatura en las pasadas elecciones. ¿Podía ser para estos obreros el Sr. Burell un desconocido, un advenedizo? Y conste para terminar- -ha concluido diciendo el orador- -que en mi deseo, en mi pensamiento, en mis predilecciones, en mi alma entera está y estará siempre mi propósito inquebrantable de responder con mi palabra y con mis iniciativas en el Parlamento á las aspiraciones de aquella clase obrera No podemos menos de aplaudir estas bellas promesas de un querido colega nuestro. Y otro eminente compañero en la Prensa, el Sr. Romeo, ha dirigido ayer su palabra á la Asamblea. El Sr. Romeo hacía su debut en el Parlamento. Se trataba de las incompatibilidades; estaba ya muy avanzada la sesión; habían hablado ya los Sres. Maura, García Prieto y Suárez Inclán; el auditorio estaba un poco fatigado. Y en tales condiciones, que arredrarían á un parlamentario ducho, que harían vacilar á un orador experto; en tales condiciones se levantó á solicitar la atención de la Cámara el Sr. Romeo. Y hemos de decir que salió victorioso de esta dura prueba á que él mismo, sin que mediara alusión alguna, se había sometido. La palabra del Sr. Romeo es fluida y nerviosa. Y sospechamos que no hemos de equivocarnos si decimos que este estimado compañero nuestro llevará á la Cámara popular la ¡veza, el ímpetu en el ataque, la flexibilidad que caracterizan su labor periodística, y será en ella lo que más halaga en un Parlamento: un hábil, un temible polemista. AZO 1 Í 1 N 4 tituido antes del 10 de NoviemBre, toda i ¿que, si bien ayer se notó una mayor actividad en la aprobación de actas, hoy se acordará el interregno parlamentario con motivo de H visita de M r Loubet, y luego vendrá la diS cusión de las actas de Madrid, discusión que, promete ser detenida y amplia. NI VERSAR O DE TRAFALf GAR. LA LEVITA DE NELSON CONSEJO DE MINISTROS A las cinco de la tarde de ayer se celebró Consejo de ministros en la Presidencia. Esta reunión estuvo dedicada casi exclusivamente á ultimar los detalles relacionados con la próxima visita de M r Loubet. Terminó el Consejo á las siete y cuarto, y de las manifestaciones que algunos ministros hicieron, se desprende lo siguiente: Tratóse primeramente de las exposiciones presentadas al jefe del Gobierno para propagar el turismo de los americanos del Sur á España, asunto relacionado con el establecimiento de la línea de vapores de Buenos Aires- Vigo. En las exposiciones aludidas se piden varias ventajas, como rebaja en los billetes de ferrocarriles, de los derechos de aduanas, etc. Se ocupó el Consejo de los detalles referentes al viaje del Rey al extranjero, quedando ultimado el itinerario. También se trató por última vez del viaje de M r Loubet á Madrid y de los detalles con él relacionados. Finalmente, y con cierta extensión, se ocuparon los ministros en plan parlamentario, calculando la fecha en que el Congreso podrá quedar constituido y cambiando impresiones acerca de la duración que en el Senado podrá tener el debate político. Seguramente el Congreso no quedará cons- Los ingleses sienten verdadera acforaci- on por la memoria del famoso almirante que, como un héroe de las leyendas antiguas, entregó su vida en holocausto de la Patria. Horacio Nelson y Bronte había ingresado i los doce años en la Marina británica, distin guiéndose en todos los servicios por sus espe cíales aptitudes. La vida del célebre marino, accidentada y aventurera como las de todos los militares de su época, tiene episodios novelescos que demuestran hasta qué punto depende de una singular casualidad el destino de los hombres y de los pueblos. Sus amores con Lady Hamilton Je inclina ron á otros pensamientos muy lejanos de la guerra, y sin una reacción poderosa de su ge nio, tal vez el nombre de Trafalgar quedar? como antes desconocido. Los biógrafos mencionan con dureza esta debilidad de Nelson por una mujer cuya corrupción era tan grande como s u hermo sura. Uno de ellos dice con agrio desenfado: Y mientras el Almirantazgo tomaba las disposiciones convenidas, Nelson fue á instalarse en, la quinta de la mujer á quien había rendido su impetuoso corazón. Nelson había vuelto después de cinco años á la intimidad de Lady Hamilton. Ninguna consideración social le detuvo para satisfacer todos los caprichos de su pasión, olvidándose de su prestigio y de la confianza que en su nombre había puesto Inglaterra. Pero un día se presenta en Ñapóles un oficial inglés anunciando á Nelson ta entrada de la escuadra franco- española en el puerto de Cádiz. El almirante, impulsado por la fascinación de la gloria, se dispone presuroso á volver á Londres, y vistiendo el uniforme de los días de combate acude á despedirse de Lady Ha- mi ton. La bella Lady enmudece de sorpresa, y á la vista del severo uniforme, deslumbrada ante el brillo de las condecoraciones que cubren la levita desde la charretera hasta el peeho, siente 1 un vago y doloroso presagio, la visión siniestra de una batalla brutal y despiadada. Es una inmensa llanura de agua que se confunde con el cielo; en la lejanía, débiles contornos de costas se desdibujan entre la bruma. Dos flotas, compuestas de los buques más bellos que hayan navegado en tos mares, hienden las olas embravecidas, y los velámenes, hinchados por el viente, acortan cada vez más las distancias Las dos escuadras se encuentran; los gigantes navios atruenan el espacio disparando sus andanadas, y desde entonces el fuego no se interrumpe en muchas horas. Aquellas ciudades flotantes, suspendidas en el abismo por un milagro de equilibrio, se inclinan bien pronto desmanteladas, y lentamente empiezan á descender kilómetros de agua hacia la noche sombría de las profundidades submarinas, donde la luz no llega nunca, donde los animales no tienen ojos... Descienden con sus tesoros, con sus hombres, heridos ó muertos, hundiendo en las tinieblas hasta las huellas de la tragedia. Y esta visión lúgubre del tremendo comba