Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
A B C LUNES 16 DE OCTUBRE Dh i9 p 5. PAG. 5 í a desaparición de un gran artista, de un hombre eminente, cuando muere joven, en los comienzos de su carrera, al través de pórticos triunfales erigidos á lo largo de su vida, provoca, en cuantos le ven partir, sentimientos de piadosa lástima que se deshojan suaves sobre su sepultura. Nadie piensa en lo que deja el muerto, sino en lo que pudo dejar. A nadie se le ocurre pensar que los vislumbres de la Gloria pueden iluminar con aureolas de luz las tinieblas del No- Ser en el instante mismo en que el nimbo déla inmortalidad rodea la cabeza del moribundo. Morir joven es, acaso, una solución qus puede, evitar la caída vertical en el fracaso definitivo... ffSi á los treinta años el muerto subió tan alto, ¿adonde hubiera llegado si sigue viviendo? Esta es la general exclamación, sin que nadie arguya, acaso por temor á la irreverencia, que, de seguir viviendo, quizá el muerto hubiese ido cayendo y tropezando de desastre en torpeza, hasta sumirse silenciosamente en las aguas muertas del olvido de sus contemporáneos. Lo difícil es, ser y persistir. Por algo se asigna la existencia eterna, sin principio ni fin, como atributo privatitivo de la Divinidad. Tomar carrera y llegar á una meta, es fácil en la vida cuando los músculos son recios y el fuelle pulmonar enrojece la sangre con regularidad. Lo difícil es mantenerse allá en lo alto sin sufrir el vértigo de la decadencia, los bamboleos del uso y el calambre de la crispadura constante. Y lo extraordinario es seguir ascendiendo en espirales infinitas, siempre hacia arriba, hacia la región de lo Sublime, hasta sentirse envuelto y arrastrado por la frenética cabalgada que conduce á los Héroes á la Walhalla, allí donde acaba la Vida y empieza la Gloria... Lu) s PARÍS Sí, señores, sí; las nubes de que hablé al final del capítulo anterior, avanzaban cargadas de odio. Los mismos autores que habían pensado primero en ofrecerme una pluma de oro de las que se otorgan como segundo premio en los juegos florales, y después en erigirme por suscripción una estatua con una porción de cadenas rotas al pie... me aborrecían cordialmente. ¿A qué obedecía esa repentina mudanza de opinión? ¡Ah! Eso es lo que no supe entonces, por más que hice por averiguarlo, y lo que no he podido saber nunca. Porque, no está bien que yo lo diga, pero ¡qué diablos! bien reciente estaba lo que se había hecho, y saltaba á la vista que no siendo yo, como no era y consta en autos, autor dramático bueno ni malo, tuerto ni derecho, mal podían alcanzarme las ventajas del triunfo, que los demás estaban en el caso de recoger pacíficamente. ¿Que qué ventajas eran éstas? ¡Ah! Muchas. Enumeraré las principales, y perdón por la pesadez, que es absolutamente necesaria. C 1 servicio de materiales de orquesta, que antes de la unificación se hacía con las consiguientes dilaciones y trabas, empezó á verificarse con extraordinaria rapidez, por razones que no se le ocultartn al más topo: la ganancia, que antes era individual, se había tornado colectiva, y como el pumento de la riqueza había de depender no tanto del producto del archivo como de los derechos de representación que de él se derivan, claro es que en el interés de todos estaba que las demandas de ¡as empresas fuesen atendidas bien y pronto. Más de sesenta copistas trabajaron día y noche durante algunos meses para que ninguna lista de pedido quedase incompleta; y para simplificar la tarea y duplicar el trabajo, la Sociedad adquirió en trece mil pesetas una máquina litográfica con motor eléctrico, que quedó instalada inmediatamente. Púsosela por nombre Chapí, bautizándola con toda solemnidad la señorita doña Joaquina Pino en nombre y representación de todas las tiples españolas, y asistiendo al acto nutrida representación de autores, empresarios, actores y coristas. En el modesto gaudeamus con que dio fin la fiesta, según costumbre en casos tales, Fiscowich dio una nueva prueba de su habilidad y su talento. Alzó la copa y brindó... ¡por la prosperidad de los autores libres! felicitándose de haber guerreado contra ellos bravamente, puesto que su resistencia tenaz les había servido de acicate para llevar á feliz término empresa tan grande y tan hermosa. Tan elocuente estuvo y tal acento de siwceridad dio á sus palabras, que los mismos que meses antes le hubieran descuartizado ferozmente, le aclamaron con estruendo y le alzaron sobre el pavés, ebrios de entusiasmo. ¡Creo que se emocionaron de veras hasta Paso y García AJvarez! Sirvió desde aquel instante la máquina para que las obras de éxito verdadero, las que podían formar 1 a base para defender los negocios teatrales en provinJ. as, llegasen á manos de las empresas ocho días después de su estreno, mientras los copistas, sin dar paz á las manos, despachaban hoy diez, m- jíuna veinte, los materiales de las demás obras que habían de constituir el relleno de la temporada. Todas las zar ¿uelas, pues, hasta las silbadas con razón, podían salir á probar fortuna ante público diferente. Compárese esto con lo que ocurría en tiempos de los archivos múltiples primero y en los de Fiscowich después, y se verá clara y patente la ventaja que la fusión produjo á los autores. O e r o no fue esta sola. Desde que empezó á estar en auge el llamado género chico, algunos teatros de Buenos Aires andaban á la greña por adquirir el material indispensable para representar zarzuelitas. Agentes misteriosos copiaban música y libreto y los enviaban secretamente como mejor podían; la competencia llegó á adquirir propor iones terribles y se dieron infinitos casos de estrenar las obras en la capital de la República Argentina el mismo día en que llegaba el correo que conducía los ingredientes, y de instrumentar de prisa y corriendo aquéllas de que sólo se había podido adquirir la parte de apuntar. I El desbarajuste era enorme; con el pugilato se volvían locos ios empresarios bonaerenses, y... los autores no veían jamás una peseta. El material de la Verbena de la Paloma costó mil duros; la obra dio un dineral en Buenos Aires, y Vega y Bretón se quedaron per islam. Había, pues, que poner mano en aquéllo. Después de varias tentativas infructuosas que se estrellaban ante la falta de tratado con la República y ante el gusto de no pagar, demasiado generalizado en ambos continentes, pudimos por fin conseguir algo, aunque no mucho. La cuestión estaba en adelantarse á los que enviaban la música clandestinamente, y la Sociedad podía hacerlo con un poco de buena voluntad de los autoresGracias á la habilidad y al tacto desplegados por D Eduardo Siver, representante en Buenos Aires de la casa Berard y C. a de Valencia, que entendió y siguió admirablemente mis instrucciones, la empresa del teatro Mayo, que allá cultiva el género de zarzuela chica, comprendió al cabo sus intereses y se comprometió á pagar cincuenta pesos diarios á la Sociedad de Autores, si ésta le enviaba las obras con la anticipación necesaria para que ningún otro teatro pudleía adelantársele. Se logró cortar de raíz la importación fraudulenta, y desde entonces acá los autores de España reparten entre sí cinco mil pesetas mensuales, sin tratado de reconocimiento de la propiedad intelectual ni cosa que lo valga. Tengo la satisfacción de haber proporcionado también á mis compañeros esa utilidad, que no es moco de pavo, sin que á mí lleguen más que las migajas del festín. Casi todas mis obras son rechazadas por el público de América como por el de Europa, y generalmente no 1 TEATRO. CAPITULO XVI 3I LOS GALEOTES. yo con la ingratitud humana- ¡por algo va teniendo uno cierta experiencia! -y así lo había hecho constar oportunamente en una luminosa M e moria; pero contaba con ella un poco más tarde. Porque es defecto inherente á nuestra naturaleza el olvido de los favores, cuya importancia achica el tiempo y generalmente aminora la distancia; pero es defecto disculpable. ¿Qué mucho que se borre de la memoria de los mortales infortunados el recuerdo de las mercedes recibidas, si de ella desaparecen también los de las penas que sacuden el corazón y los de los placeres que hacen vibrar los nervios? Costumbre es también, y esta no tiene tan fácil disculpa, la de arrojar lejos de sí la escalera que sirvió para llegar á la cumbre de donde no se cree tener que bajar; pero olvidar los beneficios, y hasta considerarlos ofensas en el momento mismo de disfrutarlos, y tirar la escala sin haber llegado arriba, son cosas tan incomprensibles y desusadas, que sólo pudieron ocurrir en aquella novelesca aventura de la Sociedad de Autores, en que fue todo grande y todo extraordinario.