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A l m a c é n K L I M P A K í I A r V i c t o r i a I.OOl Montera, 12, pral- 1 6o BlHLlOTtCA DH A B O) EL ROBO DE UN INVENTO 57 todo genero de detalles, y supongo que ya no se atreverá usted á proponerme que sea su esposa mientras conserve en su poder esos fondos tan mal adquiridos. Mientras eso no ocurra, no quiero escuchar ni una palabra más de sus labios. Durante los dos días subsiguientes á esta entrevista, la vida del joven faé un verdadero p u r g a t o r i o En su espíritu se trabó una lucha horrible entre la codicia y el deber. P e r o Hi rectitud logró imponerse al fin, y una mañana, sin decir una palabra á Fanny, sacó el dinero del Banco en que lo tenía depositado y. después de pedir un día de licencia, se encaminó al sitio en que habitaba el guardaagujas. M o o r e le reconoció en seguida desde el momento en que le divisó desde su caseta. P e r o antes de que pudiera decirle una palabra, Holloway le salió al paso dicicndole; -V e n g o á excusarme ante usted de todo el daño que le he hecho, y al propio tiempo le traigo una cantidad de importancia. Al decir. esto, sacó de la cartera un abultado fajo de billetes de Banco y se los entregó al anciano. -M e he portado muy mal con usted y lo siento muchísimo; fué un momento de debilidad, y el demonio me tentó, sugiriendo una ¡dea perversa en mi espíritu. P e r o aquí está hasta el iiltimo maravedí de lo que tan injustamente he adquirido y que le pertenece s usted en absoluto. Ahora solamente le ruego que me olvide. M o o r e permaneció callado varios instantes y después replicó: -M e- h a Causado usted un perjuicio verdaderamente enorme y es una cosa muy difícil la ci uc me pide, pero yo haré todo lo posible por olvidarle, no solamente por el arrepentimiento que demuestra en us palabras, sino por haber salvado la vida de mi hija. H o ü o w a y 2. cclamó algo sorprendido: ¿Qué quiere usted decir? J- -E s muy fácil que yo no hubiera puesto nunca en práctica la idea; yo soy muy p o b r e y si no hubiese sino Dor usted, n o se hubiera li. ccho nada. E! maquinista del primer tren cayó al suelo en estado apoplético c u a n d o se dio cuenta de la situación y el fogonero se quedó paralizado por el t e r r o r ¡Los pasajeros de ambos trenes estaban salvados! Fanny M o o r e que se había despertado repentinamente de su estado de ensueño amoroso, á consecuencia de la violenta parada, se asomó á la ventanilla con objeto de enterarse á qué era debido aquéllo. N o tardó en hacerse cargo del peligro de que tan milagrosamente había escapado. Una fuerte oleada de rubor tiñó intensamente su r o s t r o cuando oyó á uno de los empleados, que contestaba á un viajero en esta forma: -E l nuevo aparato sistema Holloway es lo que nos ha salvad o E s la primera vez que se emplea en el servicio público, y á no ser por él, todos nos hubiésemos estrellado. Aquella noche el guardaagujas de la pierna de madera, de la estación de Westbury, no se sentaba solo á su modesta mesa á la hora de cenar. Tenía una visita en el sitio opuesto al suyo, y aquella visita era su propia hija, Fanny M o o r e la única persona de su familia que le quedaba en el mundo. E n aquel momento, esta última estaba refiriendo á su padre la terrible aventura que la había sucedido durante su viaje. -L o extraño del caso- -añadió ruborizándose la joven- -es que yo conozco al inventor del aparato. ¿Cómo dices, hija mía? -exclamó el padre, no pudiendo ocultar un extraño movimiento de ansiedad. -Q u e yo conozco al inventor del aparato que ha detenido el tren. La angustia más horrible se pintó en el semblante del viejo. Alzando l o s b r a z o s y con las manos crispadas, rugió con voz tronca: -P u e s yo te mando terminantemente que no vuelvas á miraV á esc hombre á la cara ni á dirigirle más la palabra en su vida. F a n n y que no esperaba aquello, le miró sobresaltada y p r e guntó llena de espanto: ¿P o r qué, padre?