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A B C JUEVES 12 DE OCTUBRE DE 1905. PAG. banco ministerial, aparece otra diminuta mesa puesto en pie. ¿Sentaos! grita con voz so- y otros sillones. No comprendemos nada de ñora el Rey. Y un viejecito- -con la barba y el esto: miramos á todos los lados de la Cámara. pelo blancos- -se inclina tímidamente ante é) y Las tribunas se muestran repletas; de tarde en le ofrece un papel. El Rey lo coge con un motarde, en el salón, se entreabre el cortinaje vimiento desenvuelto y ligero. ¿No es un esdel fondo y aparece una cara curiosa que ob- pectáculo siempre nuevo, de honda y perduserva un momento y deja caer otra vez el recio rable psicología, el del contraste entre estos paramento... gestos apocados, tímidos, opacos, de los homSon las dos y media. Un señor acaba de pe- bres que rodean á un Rey, y el gesto audaz, netrar en el hemiciclo: es el primero que llega espontáneo, natural, elegante, de este rey que á aposentarse en los bancos. ¿No es nuestro manda y es la fuerza? Señores senadores y amigo el Sr. Danvila? ¿No este excelente autor diputados: -lee el Rey- -en cumplimiento de de los catorce infolios que componen la Histo- mis deberes constitucionales... Poco á poco ria del poder civil en España y que por un des- se va deslizando la prosa optimista de este discuido no hemos leído? Detrás de este discreto curso. Cuando la lectura ha concluido, el viesenador aparece el Sr. López Muñoz; y poco jecito de la barba de plata se adelanta un poco á poco van poblándose los escaños con señores en el estrado y dice: a El rey manda que deque llevan fracs un poco anticuados, un tanto clare que se tengan por abiertas las Cortes de 1905 Resuenan unos ¡vivas! á las personas desvaídos, y que cruzan sus pechos con bandas reales. Todos se marchan. Primero sale la inamarillas, rojas, verdes, azules. De pronto en fanta Isabel; luego, con cortos intervalos, la la muchedumbre femenina de las tribunas se hace un clamoroso murmullo; acaba de hacer infanta María Teresa- -que hace sus bellas, su aparición el príncipe de Baviera. El prínci- amables cortesías, -el príncipe, la Reina, con pe es delgado, rubio, limpio de cara; sobre la sus impertinentes de concha, á través de los blancura de su uniforme resaltan las charrete- cuales ha estado mirando discretamente á la concurrencia, -y el Rey, con su paso largo, ras de oro; y un refulgente casco de plata, con penacho de plumas, brilla en su mano izquier- firme y decidido. da. Cortesanos y diplomáticos le rodean; uno En un instante quedó vacío el salón. Y unos á uno van siéndole todos presentados; el prín- hombres que no llevan bandas, ni bordados, cipe, á cada presentación, se inclina levemente, ni cruces- -pero que merecen también nuestra sonríe, y luego se adelanta un poco hacia la estimación- -entran rápidamente en él y copersona presentada y le dirige estas corteses mienzan á dar martillazos, desenroscar torniy discretas palabras que los príncipes deben de llos y desclavar maderas. pronunciar para que nos quede de ellos un reAZORJN cuerdo agradable. Transcurren los minutos. Ya el príncipe ha sonreído y charlado con todos los señores que íe rodean: ahora, de pie, inmóvil, calla y mira con vaguedad á las tribunas. ¿Pesa acaso sobre su espíritu el tedio? ¿No es esta una situación un poco molesta? ¿No es el aburrimiento un nivelador, un revolucionario implacable y universal? Pero un acontecimiento inaudito, inesperado viene á sacarnos de nuestro cansancio: por la puerta de la izquierda acaba de penetrar tin anciano vestido de general y rodeado de varios jóvenes. ¿Adonde van estos señores? ¿Qué cosas estupendas van á realizar ante nosotros? Di ríase, á juzgar por sus gestos cohibidos, por su manera de andar lacia, que no tienen humor para hacer nada y sin embargo, por fuerza, han de hacer algo. Este anciano es el general López Domínguez; él y sus acompañantes se sientan ante la mesilla que se halla á un lado del hemiciclo. Y cuando ya se han arrellanado en los sillones, el Sr. López Domínguez toca suavemente la campanilla y exclama: ¡Ábrese la sesión! Y esto trae el asombro á nuestros espíritus, ¿Qué sesión es la que se abre? ¿La del Senado ó la del Congreso? Y si es la del Congreso, ¿cómo va á abrir el Rey después una cosa que ya está abierta? Nosotros observamos que todos estos señores que se han arrellanado en los sillones están un poco violentos; todos están sentados de medio lado, con las manos robre los muslos, como los actores se ponen cuando quieren ridiculizar á los provincianos. Y pasa el tiempo en silencio. El reloj marca las dos y media. Un murmullo lejano llega hasta nosotros; se acerca el Rey. Los hujieres abren el cortinón del fondo. Y en este instante aparecen por la puerta de la izquierda la infanta Isabel, la infanta Matía Teresa y el príncipe D Carlos. Todos hacen dos profundas inclinaciones- -una á la Asamblea, otra á os diplomáticos- -y se sientan en los sillones. El cronista dirá que esta gentil infanta María Teresa es la que más gracia y más afabilidad ha puesto en sus cortesías... Y ya, después de un breve instante, comienzan á entrar por la puerta de en medio los cortesanos, los reyes de armas, los ministros. La reina, con un soberbio traje de joyante seda lila, viene después; tras ella el Rey. La concurrencia se ha 4 sas y buenas que yo he conocido, y entre ellas descuella la figura tierna y delicada de aquella Infanta de España que un día al despuntar la aurora llevaron á que durmiese para siempre en el panteón del Escorial, amortajada con el primer vestido largo que la pusieron. Y mis homenajes van al hogar feliz donde entre las sonrisas de sus nietos vive una Pilar respetable, la señora viuda de García Torres, convocando á sus amigas para que cosan las camisas de los pobres, para que confeccionen las prendas de abrigo para los ancianos, las blusas para los obreros, los delantalitos para los huérfanos. Y traspasan la frontera para ir á saludar en su accidental residencia de París á otra Pilar ilustre, la marquesa de Squilache, que tan frecuentemente da á conocer con rasgos generosos que crean escuelas, que fomentan asilos, que socorren desgracias, la grandeza de su alma. Marquesa de Monistrol, Pilar Mora, duquesa de Sessa, Pilarcita Lora, ¡muy felices! KASABAL POSTALES EUROPEAS París, Octubre. LA VIRGEN DE CAMILO Ustedes LAS BOTASDESMOUL 1 NS han teniDEL PILAR do ocasión de ver en estas mismas pági- 1 a fiesta de la Virgen del Pilar que hoy nas un grabado representando la estatua se celebra es eminentemente españo- con que la República francesa ha querido la. En pocos hogares de esta querida pa- honrar la memoria del célebre convenciotria dejará de alzarse bajo el fanal de nal y gran revolucionario Camilo Descristal y sobre la peana de ébano la ima- moulins. Lo que tal vez ignoren ustedes es gen de la Virgen que áe venera en la ciu- el conflicto que ha provocado la que á dad heroica, que enardece los sentimien- todos nos pareció una bella escultura. tos de religión y de patriotismo arraiga- Según la crítica, esa eterna é impertinendos en los corazones de los que hemos te señora, resulta que la estatua es un sido educados- en la veneración al Pilar y insulto á la historia- -no hay que alaren la admiración á Zaragoza. marse: se trata de la historia del traje. -Pilar es un nombre suave y delicado Las botas del marido de Lucila Duplespropio de la oración y del cantar; de la sis y el amplio carrick que lo cubre son oración que aprendimos de niños de la- otros tantos anacronismos. El autor de bios de nuestra madre y que repetíamos la estatua- -dice un crítico- -ha creído cuando el reloj daba la hora, y del cantar sin duda que Desmoulins, en su calidad enamorado que alegraba nuestra alma de de revolucionario, no obedecía á las leyes jóvenes con los entusiasmos de la jota. de la moda... ¡Error, grandísimo error. La Virgen del Pilar, las orillitas del Los más terribles sectarios instauraron Ebro, la Virgen que quería ser capitana el régimen del Terror, pero por nada del de la tropa aragonesa, y cuyo nombre mundo se hubieran puesto unas aristocrábendito invocaron tantos héroes al dar ticas botas de campana, cuando el gusto su vida, pereciendo entre los muros de del día entre los sans culones era el zapatp su casa, por la independencia de la patria, de hebilla. todo eso forma áurea leyenda que nos Verdaderamente el asunto es grave. acompaña durante toda la existencia, j Si no se obligara á los escultores á vesuniéndose á nuestros más puros y delica- tir á sus personajes con vestidos congruendos sentimientos. tes, el día menos pensado nos pudieran Hoy somos muchos los que vemos con presentar una doña Urraca con bolero, el alma á Zaragoza y asistimos á aquellas un D. Fernando el Santo con sombrero solemnidades en que el entusiasmo y la de copa ó un D. Ramiro con cazadora. devoción de una comarca entera se expre- Mas en este caso Boverie, autor de la san de un modo vehemente, y vemos la estatua de Desmoulins, pudiera muy bien iglesia llena de fieles, el camarín divino argüir que el Napoleón que corona la co resplandeciente de luces, y el Rosario en lumna de Vendóme viste como vestían los que parece que bajan á la tierra las estre- emperadores romanos, que el genera! llas del cielo para formar el cortejo de la Hoche, de Versalles, está medio desnuPatrona excelsa. do, y, en fin, que en la Plaza de las VictoPostrado en mi sillón de inválido sigo rias hay un Luis XIV luciendo sus robusyo aquellas oraciones dulcísimas y llegan tas nalgas y calzando sandalias. Si está á mi alma los ecos de aquellos cantos va- permitido ser reaccionario en escultura, roniles, y recuerdo á las Pilares hermo- no veo por qué á Boverie no se le ha de