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A B C MARTES 10 DE OCTUBRE DE i 9 o5. PÁG. 6 FRANCIA. INAUGURACIÓN DEL SANATORIO PARA TUBERCULOSOS EN MONTlGNY- EN- OSTREVEN LOS CONGRESISTAS QUE ACOMPAÑARON AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA VISITANDO EL ot Chusmean Klivens SANATORIO demonios tienen más mano allí para tentar (que se la debe de dar Dios) y en ésta me tentaron á mí, que nunca me vi más pusilánime y cobarde en mi vida que allí me hallé; yo, cierto, á mí mesma no me conocía. Y es muy de leer la descripción de las angustias pasadas en los viajes de la gloliosa carmelita, pues como había dado iodo el sol en los carros, era entrar en ellos como en un purgatorio y pensaba más tarde en el infierno, compadeciendo á sus habitantes al permanecer ella dentro de las casas henchidas de sol, que mejor parecía sufrir el sol del campo que el de aquella camarilla Pero donde las enseñanzas son preciosas, siquiera no suelen aprovechar ó es tarde ya para caer en la cuenta, es cuando afirma que en ciudades caudalosas y de gente tan rica como las andaluzas, es donde hasbía de hacer menor aparejo de fundar que todas las partes en que había estado De haber vivido en nuestros días la valerosa y santa señora, se habría desesperado ante los carros sucios, desgobernados, malolientes de las Compañías ferroviarias, donde los mixtos llevan nombre de expresos, sufriendo el mfeliz viajero ó el no menos mísero comerciante todos los vejámenes necesarios para probar la paciencia y ganar el cielo, amén de pequeñas y grandes raterías, debidas, si no á deliberado intento, á indolente descuido por lo menos. Pero lo que hubiese desesperado á la activa é incomparable fundadora, más que lo reseco de los corazones, aparentemente piadosos y caritativos, sería sin duda este desamparo sistemático del Gobierno hacia tantos desgraciados. ¡Qué cartas habría dirigido al prudentísimo señor, el rey Felipe 11, la indigna sierva y subdita de S. M recordándole que ningún otro amparo que él tenían en la tierra! En la actualidad no tenemos á quién encomendarnos. El hambre apremia; la tierra fecunda, aunque mal labrada, no produce lo bastante. Encárganse de pagar mal y tarde sus frutos los caciques campesinos; vuelve á encarecerse el pan al recargarse de nuevo el impuesto sobre harinas, y no contento el Estado con quitar fuerzas y dinero, nos roba el único oro que nos queda: el tiempo, tan necesario para realizar cosas útiles en la vida. Veamos cómo. Es indudable que mientras el sistema nervioso de un organismo funcione bien, hay esperanzas de que reaccione y se salve. La rapidez en la transmisión de las sensaciones es una garantía de integridad orgánica. En los pueblos, las comunicaciones rápidas simplifican la vida nacional, aumentan las energías, facilitan las funciones comerciales, hacen más conscientes las órdenes emanadas de los grandes centros directores, y son fuentes indudables de prosperidad. Abí se observa que todas las naciones civilizadas procuran la multiplicación de medios de transmisión de órdenes y misivas por correos frecuentes, dándose una importancia de primer orden á la telegrafía y á la telefonía. En España no es así, por culpa de los señores que manejan los hilos. Y aquí, como mejor proceda en derecho, parezco y digo: que cuanto escribo y pienso escribir no va dirigido al público con propósito d e mortificar ni herir á nadie. En el Cuerpo de Telégrafos, q u e merece todos mis respetos, tengo fraternales amigos; el Sr. Director general de Comunicaciones lo diputo como grande y perfecto caballero, y me. parece que lo son asimismo los oficiales, ordenanzas y bolones encargados de entregarnos a las veinticuatro ó á las cincuenta y ocho los ansiados papelitos azules. Pero es el caso, que el día 29 del próximo pasado, á las once y minutos de la mañana, la estación telefónica de Chipiona, sección de Cádiz, transmitía á Sanlúcar de Barrameda el telegrama número 63 j, del cual tengo recibo, en el que daba yo la orden á Madrid para que vi mese el día 1. como habíamos convenido, una persona de la Junta de Sanatorios cuya presencia era aquí indispensable. Por esperarla desistí de mi viaje á París para asistir al Congreso de la tuberculosis, perdiendo los billetes que obraban en mi poder. Hice, pues, un sacrificio verdadero en pro de esta obra tan digna oe mejor suerte. Y acruí entra lo sorprendente. Dicl imtínntirirw nníniri riimnhrtiimtflBsmlnRínirTiifffrrimttintE