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Clac, á 30 Vea usted nuestros escapara tes, que son constante exposición de cuanto nuevo y bueno existe en el articulo. 144 BIBLIOTECA DE A B C EL PRECIO OE U N A VIDA 141 -HoHoway es un muchacho que vale mucho- -decía el r e dactor jefe al director; -debemos de conservarle á toda costa. -Pues eso sólo se consigue teniéndolo contento- -respondió t i director sin levantar siquiera la vista de unas pruebas que estaba corrigiendo. Había, pues, una perspectiva de subida de sueldo para E r nesto, y ya se comprenderá que no le disgustaría la noticia aJ interesado cuando la conociese. P e r o volvamos otra vez á éste y á su excursión. Casi á punto de expirar su licencia, una tarde se interno bastante p o r e! campo, cuando de repente le sorprendió una h o r r o rosa tormenta. Pedaleó con toda la rapidez que sus fuerzas le permitieron para buscar un asilo en donde refugiarse, encontrando en una de las revueltas del camino un paso á nivel sobre la vía férrea, con su correspondiente caseta de madera para el guardaagujas y con la casa d e éste un poco más lejos. Se dispuso á subir la cuesta que le separaba de la caseta, con objeto de cobijarse él y de preservar á su bicicleta de la lluvia. -E n t r e usted, caballero- -exclamó el guardián; -siéntese flquí y seqúese como pueda, porque lumbre no puedo ofrecerle. E r a un hombre de unos cincuenta á sesenta aiios, de aspecto simpático y de rostro inteligente. Tenía una pierna d e madera, y en aquel momento abría las puertas del paso á nivel, porque acababa de pasar un tren po eos minutos antes. Cuando voJvió el guarda, el joven periodista le ofreció su petaca y entabló conversación con él con el fin de ver si podía obtener algunas impresiones dignas de ser publicadas en su diario. -S í esta es una vida bastante aburrida- -dijo el guardabarrera encendiendo su p i p a -p e r o diez años son más que suficientes para que uno se acostumbre á ella. A h o r a ya soy viejo y no t e n g o más remedio que acabar aquí mis días. Eso quiere decir que se encuentra usted resignado. -A la s v z a Si ahora me volviera joven, ya sería o t r a d a r t fue colocado en los altos muros del templo para enseñanza de las futuras generaciones. Aquel día fué para el viejo comandante uno de los más licr mosos y solemnes de toda la vida. Sir G e r a r d o habíase hecho gran amigo suyo durante aquel iempo. ¡A y sir Gerardo! -decía el veterano. -Tal vez crea usted que me he vuelto tonto ó que estoy hecho un niño, ¡pero si supiese usted la alegría que produce en un soldado viejo como yo la vista de ese trapo de colores, á cuya sombra he luchado exponiéndome tantas veces á la muerte, no le parecería á usted eso! -N o me parece nada de eso- -añadió el joven s o n r i e n d o -antes p o r el contrario, me parece muy justo porque yo también tengo cariño á esa bandera. ¿A esa bandera? -S í á esa. ¿Y por qué? -P o r q u e también he ganado algo á su sombra gloriosa. Entonces M r Ashford abrió desmesuradamente los ojos. El era el que creía ahora que sir Gerai- dó se había vuelto loco ó que se burlaba de él. -P u e s amigo mío- -añadió, -como no se explique usted mejor no sé qué es lo que quiere decir. -Q u i e r o decir- -replicó el joven- -que miss A s h f o r d ha, ganado mi corazón y que y o he ganado el suyo. Sólo necesitamos el consentimiento de usted, y yo se lo pido en nombre de los dos para que podamos marchar unidos á la victoria. El comandante se quedó pensativo durante varios instantes y después, tendiéndole la mano, exclamó: -Cásese usted con ella y sean muy felices; se la cedo gustoso; después de t o d o para mí vale tanto como una de aquellas ciudades p o r cuya conquista nos rompíamos la crisma en los campos de batalla. Usted es digno de ella y y o veo con mucho júbilo esa uniór. i FIN r