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LAS OCHO T Jnan. 29, Madrid. go Artiíicial, tomada anel impuesto del Timbre. tres cuartos: Los giiapos. -tes de comer, produce una pery tres fecta digestión. Caja, 7,50 y 4 A las nueveenferma! cuartos: CUKIOSSOADES ¡La peseta- -A las GENERO SJWB PUNTO pesetas farmacias y Arenal, 2. diez y tres cuartos: La tremenAEA GÉNEROS DE PUNURIOSIDADES GALANda. -A las once y tres cuartos: to, los almacenes de EuESPECTÁCULOS tes sin iguales, fotograLa tonta de capirote (reprise) genio González Sudón, Calle y fías, libros- alegres, etc. CatáPlaza de Pontejos, 1. EspeciaA E A -A LAS OCHO Y logos con 50 muestras escogiÓMICO- -A LAS OCHO Y lidad en trajes de lana, Manmedia: Modas. -A las nuedas, 3 pesetas en sellos Huntmedia: El túnel. -A las tas, Mantones, Pañuelos seda zinger. Calle de Torija, 90, Ma- ve y media: (Sección doble) nueve y media: La reina de y Géneros blancos. 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Gratis Brasil fam labradoras. Faencarra! 5, pl. 138 BIBLIOTECA DE A B C EL PRECIO DE UNA VIDA i39 -Yo sí; se trataba sencülamente de la hija de un antiguo comandante del regimiento. Si creo que le conocerá usted de ftombre: M r Ashford, que es casi nuestro vecino. -Bueno; ¿y qué pasó? -Nada, que fueron pujando, y que aquel trapero era tan obstinado, que siempre iba aumentando las cantidades que ofrecía la muchacha, con el inocente propósito de quedarse é! con el objeto y revendérselo después por más precio para hacerla pagar su noble deseo; así se pusieron las cosas, hasta que llegó á ofrecer el malvado i 5 libras; y yo, que no podía presenciar ya aquel espectáculo con calma, ofrecí 5o y me quedé con la bandera. -Sí, todo eso lo comprendo, I te quedaste con ella; ¿pero con qué objeto? -Porque me remordía la conciencia de que se abusase en aquella forma de la infeliz, y pensaba regalársela en cuanto la viese. -Pensarías eso, pero no lo has hecho, por lo que veo. -Debió escabullirse entre el público, y cuando salí á la calle la perdí de vista; así es que no he tenido más remedio que quedarme con el estandarte. ¿Y era bonita miss Ashford? -interrumpió la dama. Glady no pudo escuchar ya más, y levantándose exclamó: -Perdónenme ustedes; durante el curso de la conversación he oído pronunciar varias veces el nombre de Ashford, y yo soy Glady Ashford. Al decir esto se levantó, descubriéndose el velíto que llevaba en la cara, y se puso de modo que la señora pudiera verla eJ rostro. El joven, lanzó una exclamación de asombro. La señora, después de contemplar á la joven con detenimiento, la tendió la mano con semblante benévolo. -Señorita, tengo mucho gusto en conocer á usted y en saludarla; crea usted que se lo digo con toda sinceridad. Yo soy Jady Gertrevor, y este caballero es mi hijo sir Gerardo. El joven se inclinó. Sir Gerardo era una persona que tenía perfecto dominio de sí mismo, pero nunca se habrá sentido tan confuso como entonces. Después de aquella escena se quedó pensativo y absorto en la contemplación del paisaje, sin hablar apenas. En cambio lady Gertrevor no dejó de hablar un solo momento. Repitiendo lo que antes le había referido su hijo, explicó la presencia de éste en el salón de la subasta y lo que- había hecho, manifestando estar en un todo conforme con todos sus actos, añadiendo que ella hubiera deseado haber estado allí para hacer lo propio. -De buena gana- -repuso- -le hubiese dicho cuatro frescas á aquel desalmado que quería explotar ¡a desgracia de usted. -Muchísimas gracias, señora; usted me confunde con todas sus atenciones. -Nada de eso, querida; lo que hace falta es Hevar cuanto antes esa bandera á su pobre padre; nuestro coche nos espera en la estación; vendrá usted con nosotros y ¡a llevaremos á su casa. Glady trató de excusarse. -No, no; nada de excusas; no me perdonaría el no habet podido contribuir á que su padre tenga cuanto antes esta reliquia que en tanta estimación tiene. Miss Ashford no tuvo más remedio que aceptar. Al llegar á la estación montó en el coche de sus generosos compañeros de viaje, y al llegar á fa puerta d e sur domicilio, llena de júbilo y de impaciencia se despidió de elíos, agradeciéndoles efusivamente las inestimables bondades que la habían dispensado. Subió precipitadamente las escaleras y se dirigió derecha al cuarto de su padre. No hay para qué describir la interesante escena que se desa- rrolló entre ellos. El veterano cogió la bandera, la besó, la abrazó con efusión, mojando los pliegues con sus lágrimas. Cuando ya se hubo tranquilizado algo y cuando se calmó la explosión de su alegría, se puso á escuchar el detallado relato que su hija le hizo de todo lo ocurrido.